FRAY LEÓN, “OVEJUELA DE DIOS”

        Pedro Riquelme Oliva OFM

 Fray León es el más célebre de los compañeros de San Francisco. Era sacerdote. Debido a su gran pureza de alma y a su sencillez, Francisco lo escogía con frecuencia como compañero y le hacía confidente de sus secretos. Le llamaba «ovejuela de Dios». Era su confesor, su secretario y también su enfermero. Debió de unirse a la fraternidad de San Francisco en 1210 y vivió hasta 1271. Gran parte de las fuentes biográficas sobre el Poverello de Asís, desde la Vida segunda de Celano, en adelante, se inspiran en los recuerdos que dejó escritos el hermano León. “Fue el más simple y puro entre los compañeros de San Francisco” y su “intérprete más fiel” y el único testigo de la estigmatización de San Francisco en el monte Alvernia. De él recibió el conocido autógrafo con la Bendición y las Alabanzas de Dios, que llevó siempre junto al pecho como reliquia preciosa, lo mismo que la Carta de libertad evangélica, que se halla entre los escritos del Santo (L. Iriarte).

            Entre todas las páginas del franciscanismo primitivo, no habrá otra que le gane en celebridad a la del Diálogo de la perfecta alegría. Ese diálogo se da entre San Francisco y el hermano León. Quizá también, por eso, este hermano León sea el más universalmente conocido y amado entre los compañeros de San Francisco (Flor 8).

Entre Francisco y León se dio una confidencialidad recíproca durante más de sesenta años. Si Francisco desahogaba su espíritu en el hermano León, no era menos la intimidad espiritual de éste con aquél. Se cuenta que Fray León, atormentado por una terrible tentación, guardaba la esperanza de que las palabras del Señor junto a algún manuscrito del Seráfico Padre le devolvieran la paz. El Espíritu de Dios inspiró a Francisco a escribir y a entregarle las siguientes palabras:

– “El Señor te bendiga y te guarde; te muestre su faz y tenga misericordia de ti.            – Vuelva su rostro a ti y te dé la paz.

– El Señor te bendiga Fray León”.

En otro momento, con motivo de una consulta en el modo de proceder en su vida de perfección evangélica, le responde San Francisco con otra carta autógrafa, conocida como la Carta de la libertad de espíritu, tan peculiar del alma franciscana:

“Hermano León, tu hermano Francisco, Salud y paz.

– De veras te hablo, hijo mío, como una madre: porque todas las palabras que hemos hablado en el camino, brevemente en esta palabra dispongo y aconsejo –y si después tú necesitas venir a mí por consejo- porque de veras te aconsejo:

– De cualquier modo te parece mejor que agrades al Señor Dios y sigas us huellas y pobreza, hacedlo con la bendición del Señor Dios y con mi obediencia.

– Y, si te es necesario en cuanto a tu alma, por causa de otra consolación tuya,  y quieres, León, venir a mí, ven”.

Fray León siguió acompañando fielmente a San Francisco en las circunstancias cruciales de su vida, incluso cuando, casi ciego, compuso el Cántico de las Criaturas. Estuvo a su lado en su último regreso a la Porciúncula. Francisco, celoso de que nadie se percatara del privilegio que significaban sus llagas, llegó a tener con el hermano León esta delicadeza excepcional: una vez, colocó con amor su mano llagada sobre el corazón del hermano León; y éste, respirando admiración y estupor, prorrumpió en entrecortados sollozos.

En el momento de la muerte de Francisco, acaecida al atardecer del 3 de octubre de 1226, fue al hermano León y al hermano Ángel Tancredi a quienes les pidió que entonaran el Cántico de las Criaturas, con el estreno de la estrofa que compuso para aquel momento sobre “su hermana muerte”.

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