¿Qué ha pasado con la iglesia

en la segunda mitad del siglo XX?

 

 

 

Pilar Sánchez Álvarez

Para hacer un análisis de la situación de la Iglesia, Olegario González de Cardedal toma como punto de referencia desde el año 1960, porque se inicia un nuevo pontificado, hay un concilio en perspectiva, un cambio de la percepción de ella misma en la historia, se empieza el dialogo con los no católicos y hay una voluntad de reforma evidente entre el clero y los laicos.

Aparecen una serie de pioneros que después de reflexionar  sobre la situación de la Iglesia bajo la represión modernista, y al término de la II guerra mundial, hacen florecer la teología sobre todo en el campo bíblico, ecuménico y litúrgico, muy sensibles a la nueva cultura, haciendo a la Iglesia más humilde y cercana a los hombre, situación que culmina en el Concilio.

Al hablar del posconcilio el teólogo alza su voz profética a favor de pobres, siendo estos todos aquellos privados de su dignidad humana: Una fecunda siembra de ideas e ideales; una Iglesia más transparente, humana, popular, celebrativa y solidaria; más simplicidad y más libre, más cercana a la experiencia que hicieron los discípulos de Jesús, más «compadeciente» de los hombres, preocupada por su pan y por su paz, su hambre y su desesperanza; solidaria de la situación de los individuos y masas humanas, de los millones que pagan su hambre con los presupuestos de armamento, y de los continentes que son víctimas de las superpotencias.

Por otro lado, una Iglesia menos compacta y uniformada, menos institu-cionalizada y orgullosa de su santidad, a la vez que más sensible para sus propios pecados y complicidades, sus distancias y sus concesiones. Las teologías políticas, de la revolución y liberación, dieron cauce a esas pasiones evangélicas, a esos resquemores respecto de la anterior historia de la Iglesia, a esa solidaridad obligada con los depauperados, con todo aquellos cuyos derechos humanos son violados, con todos los grupos, etnias, regiones y religiones marginada o sacrificadas al progreso del Primer Mundo.

Ya no se da la uniformidad eclesial por lo que se vuelve más cauta en relación con las grandes declaraciones realizadas en épocas anteriores. Esta situación creó desconcierto en los fieles, porque cambiaban muchos esquemas mentales hasta ahora inamovible, unido a la falta de catequesis para cambiar actitudes y formas de pensar, lo que dio lugar, en unos al rechazo y en  otros al desengaño.

            Se olvidaron que el cristianismo fue en su origen y ha de permanecer siempre una religión de encarnación.

Uno de los mayores logros de este siglo es redescubrir la bidimensionalidad humana, el yo constituido por un tú, la interioridad nacida al contacto y en relación con la exterioridad. Esto ya lo decía Santo Tomás: Toda la verdad la recibe el hombre de los demás: del maestro que se la enseña por fuera; del Espíritu que se la inspira por dentro, o de las cosas en las que mirando y confiriendo, la lee[1].

Ante la concepción de una Iglesia que consideraba al mundo malo (enemigo del hombre) y a la vez obsesionada por el poder,  se da un vuelco, una inversión en su postura ante el mundo, y  ante  “esa superioridad moral y  seguridad dogmática del cristiano” se ha pasado “a la duda universal como obligada expresión de una fe agónica, que no sería verdadera, si no fuese sudada, angustiada y desesperada fe de cada día”.

González de Cardedal afirma que la Iglesia quiere descubrir con el mundo, no sin él,  al único Dios y realizar juntos con todos los demás hombres su reino. Realiza una crítica constructiva y afirmando la buena intencionalidad, sobre instituciones eclesiásticas que han pretendido el poder, bien como integrismo, bien con tintes progresistas, (“Compañía y Obra”).

El cambio de postura ante el mundo obliga a los cristianos a una nueva interpretación de la sociedad. Al presentar los distintos modelos de estas relaciones establece cuatro[2]:

1º)  Modelo de Unificación de la sociedad civil a la Iglesia.

2º) Modelo del testimonio de cristianos al mundo de los valores evangélicos sin interferencia en el entramado civil.

3º)  Modelo de conciencia crítica. La iglesia presente en la sociedad no como portadora de valores, sino como subversiva a toda realización de la sociedad, de toda pretensión absoluta de cualquier filosofía.

4º)  Modelo de colaboración activa, ofertando medios concretos.

Cuanto más se acerquen a este último, es decir, “recuperación de la exterioridad, de la proximidad, del sentido de la historia particular y del prójimo concreto como lugar de la presencia de Cristo y por ello camino obligado de la Iglesia”, el teólogo lo considera un logro importante, aunque advierte que esa apertura puede ser también una trampa si no se considera la bidimensionalidad, de Dios a la sociedad, y de la sociedad a Dios.

Cuando se produce esa interioridad subjetiva a una exterioridad histórica, cuando esa tierra nueva no se convierte en alternativa a la fe en el Misterio de Dios, entonces es un éxito para las generaciones venideras[3].

El autor previene de la sospecha de algunos sobre si una Iglesia, con su constitución dogmática, jurídica y moral, tiene capacidad de estar presente en este mundo, y creyendo que no sería posible, optan por adherirse a otro tipo de comunidades más humanas, dando primacía a los problemas inmediatos de la historia dejando la confesión de fe en silencio, quizás como reacción a la formación recibida de aislamiento del mundo, bien por el descubrimiento de un mundo nuevo, bien por la diferencia social existente en España. González de Cardedal escribe:

Se traspasó la confianza de lo particular cristiano a lo universal humano, de lo católico específico a lo común cristiano, de lo cristiano a lo religioso, de lo religioso a lo simbólico, y finalmente a lo místico indiferenciado o a lo místico universal[4].

¿Y qué pasó entonces? Que muchos se adhirieron al marxismo, o a proyectos sociales y humanos, y fue precisamente en España donde se produjeron más abandonos  de la Iglesia, bien porque pensaron que la nueva Iglesia no cumplía con su misión, bien porque desde fuera de ella inyectaron esperanzas y contenidos ajenos.

González de Cardedal manifiesta que la Iglesia necesita  para ser fiel y fecunda tanto la interioridad como la exterioridad, como una abierta comunidad de vivos solidarios. “La Iglesia no es fruto de una convocatoria humana, sino del amor de Dios, que en Jesús nos convoca a estar con El, a ser sus amigos y testificarle en el mundo”.

Y un cristiano requiere voluntad, inteligencia, pasión por la verdad y la racionalidad, coraje de vida e historia, voluntad de ser y de hacer[5].

El hombre debe salir de si mismo, dejar de  preocuparse solo de su finitud, de sus gozos, y pensar en Él y a través de Él en el prójimo, tener coraje para ser, para buscar la verdad, respetando la naturaleza, haciendo las ciudades más humanas, cambiando la sospecha por confianza, y siendo solidarios con los más desfavorecidos, acogiendo y entregándose al Misterio que lo llama, viviendo delante de Dios filialmente y creando comunidad para liberar de soledades, exilios y marginaciones. El autor aclara:

Intentar lograr una síntesis de esas múltiples exigencias: voluntad de humanidad, actitud creyente, confesión cristiana, adhesión católica, solidaridad universal, realismo cuotidiano, voluntad liberadora y misionera, cultivo de las grandes utopías y ganancia del pan de cada día.

 

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