Abbá-Immá.

Historia de Dios en la Biblia.

                                                                      Xabier Pikaza

El ensayo que presentamos es una síntesis sistemática sobre Dios. El tema lo ha tratado Pikaza varias veces en sus numerosas obras exegéticas y dogmáticas. En esta ocasión ofrece una síntesis según la historia de la salvación judeocristiana, donde la figura paterna de Dios se matiza y se revela habida cuenta también con relación a la figura materna. Un padre sin relación con la madre se convierte en dominador cruel de sus hijos, como en las religiones una imagen paterna de Dios, al margen de la relación materna, se transforma en un dios violento; como si se adora exclusivamente una divinidad materna se vuelve, a su vez, en una realidad dominadora que extirpa de libertad a su descendencia.

Vistas así las cosas, Pikaza se adentra en la revelación del AT. Desde el Dios de la Alianza al Padre poderoso con los signos maternos que se ofrecen en la literatura profética, Israel experimenta a Dios como Padre, con las reservas propias que tiene por la imagen antropológica que se daba en las religiones vecinas. Los rasgos fundamentales de la paternidad divina comienzan  por su trascendencia. Dios existe por sí mismo al margen del cosmos y de la historia humana; pero ha decidido establecer una relación con su creación, donde se comunica como persona a sus criaturas. En este sentido se distancia de los ídolos hechos por manos humanas, o de su identificación con montes o con animales. Al contrario, es una persona que conoce y ama, y nos capacita para que podamos establecer relaciones personales con Él. Por otro lado, la creación lleva consigo la imagen y semejanza divina; aunque Israel es su hijo amado, a quien ha elegido para manifestarse por su mediación a todos los pueblos. Con todo, la revelación divina está abierta a ulteriores revelaciones que abrirán la historia humana a una plenitud que está en el mismo contenido de las promesas hechas a Israel. Se da, pues, una dialéctica entre la trascendencia y cercanía divina. No se pueden hacer imágenes de Dios, para no dominarlo, pero su trascendencia y amor le deja la libertad de vivir en la proximidad y cercanía de la vida humana.

Jesús descubre la forma de relacionarse del Padre con sus criaturas, con sus hijos. Jesús desvela al Padre en su experiencia personal y en su entrega sin límites a su pueblo. Distanciándose del Dios juez de Juan el Bautista, o del Dios sabio del judaísmo heleno, o de la Ley como presencia histórica de su voluntad salvadora, Jesús, a través del Dios del Reino, estructura la historia como una fraternidad divina, y una fraternidad que la constituyen los marginados de la historia: pobres, niños, enfermos, endemoniados; etc.; gente sin libertad y sin una vida digna. Desde aquí, Jesús enseña que Dios es Abbá, y es Abbá (cf Mc 14,36; Rom 8,14; Gál 6,4) porque enseña su nombre y contenido desde su experiencia materna, Immá. Es precisamente la madre quien instruye a sus hijos a pronunciar el nombre del padre. Por eso las dos palabras y las experiencias que muestran están unidas en Jesús y en todo el NT (85). Porque también están unidas en la dimensión antropológica: los hijos dicen el nombre de padre —abbá—siempre en relación con el de la madre, de forma que encuentra en su unión el origen de la vida, su conservación y su finalidad.  Y en esta perspectiva hay que pensar que Jesús la vive y expresa; nunca aislada, sino con relación a Immá: «Su madre María le ha enseñado a decir Abbá, y en el abbá familiar (José) ha podido descubrir el rostro de Dios Abbá, un Padre con madre o, mejor dicho, desde la madre» (88).

Al Padre se le reza en la comunidad para respetar su nombre, para obedecerle y para que proteja la vida de sus hijos en las tres dimensiones que la forman: alimento, fraternidad y  protección del mal (cf Padrenuestro). Para Jesús, además, Dios Padre-Madre se da en su nacimiento y está presente en la historia (cf Lc 1,35); un Padre- Madre que Jesús ha obedecido y, por consiguiente, revelado a lo largo de toda su vida, comenzando por una experiencia personal en el bautismo por Juan (cf Mc 1,9-11); además, Dios es Padre porque le ha acogido en su muerte, muerte buscada por los responsables religiosos de Israel y ejecutada por el poder romano, y le ha resucitado dándole la vida gloriosa definitiva. Dios es Padre de Nuestro Señor Jesucristo. Jesús, pues, se relaciona con el Padre más allá de la historia, en la misma vida divina, y se relaciona con el Padre como hombre, en la historia humana, y en la que se le dará el título de Señor y al que se le debe el honor correspondiente a su filiación divina(126).

Es un bello y preciso ensayo sobre la identidad de Dios en nuestra tradición religiosa y muestra la madurez teológica y creyente de nuestro querido Xabier Pikaza.

PPC, Madrid 2017, 158 pp., 12 x 19 cm. (Las palabras y los días, 1).

 

 

 

 

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