FRAY MASEO

 

 Pedro Riquelme Oliva OFM

Fray Maseo era natural de Marignano (Asís). Uno de los primeros compañeros de San Francisco, que entró en la Orden el mismo año que Fray Junípero, en 1210. Una de las figuras más populares del primitivo franciscanismo. «Su presencia agradable y sus finos modales, junto con su conversación elegante y devota», era preferido por Francisco. Por lo mismo que era humanamente bien dotado, trabajó durante toda su vida por adquirir la virtud de la humildad Murió nonagenario en 1280. (Espejo de Perfección, 85).

Veamos cinco estampas de la humildad de Fray Maseo.

Primera: Como era tan notable en lo físico y en lo temperamental, los otros frailes se fijaban en él. Comía una sola vez al día, y eso al atardecer. Se retiraba luego a la celda para un breve sueño. Se levantaba a la media noche, y el resto del tiempo lo pasaba en vela, orando con fervor y pronunciando, con abundantes lágrimas, estas palabras: «Señor mío, concédeme un verdadero dolor de mis pecados, y la gracia de enmendar mi vida según tu voluntad». Al amanecer, participaba en la Eucaristía, regresaba a su celda y se ponía a cantar a media voz: «Señor, Dios mío, haz que te conozca, y te reverencie, y te ame de todo corazón».

Segunda. En ese tono de la humildad iban también sus sencillas conversaciones. «Para cada uno, lo mejor es aquello que más bien le hace». En el convento de Cibotola tenían los frailes un señor que les ayudaba con gusto y desinterés, pero era muy murmurador, y metía en el convento los chismes de fuera. Y eso disgustaba al Fray Maseo. Un día le aconsejó: «Hijo, te ruego que pienses siempre en las buenas obras de los hombres, y, así, de malo te harás bueno, y de bueno óptimo. Pero, si estás siempre fijándote en las cosas malas, y dándoles vueltas en tu mente, y contándoselas a los demás, de bueno te harás malo, y de malo pésimo».

Tercera. «San Francisco gustaba de humillar al hermano Maseo, con el fin de que las gracias que Dios le daba no le hiciesen envanecerse, sino, más bien, le hiciesen crecer en la virtud a base de humildad. Una vez estando en un eremitorio con sus primeros compañeros, entre los que estaba el hermano Maseo, le dijo un día:

— Hermano Maseo, todos estos compañeros tuyos tienen la gracia de la contemplación y de la oración; tú, en cambio, tienes la gracia de la predicación y el don de agradar a la gente. Quiero, pues, que, para que ellos puedan darse a la contemplación, te encargues tú de atender a la puerta, a la limosna y a la cocina. Cuando los demás hermanos estén comiendo, tú comerás a la puerta del convento, de manera que los que vengan, reciban de ti buenas palabras de Dios, y así no haya necesidad de que ningún otro vaya a recibirlos. El hermano Maseo inclinó la cabeza y recibió con humildad el encargo de atender a la puerta, a la limosna y a la cocina. «Padre -dijo fray Maseo con humildad y paciencia-, lo que tú dispones, en todo o en parte, yo lo acepto como venido de Dios». (Florerecilla  12).

Cuarta. Al llegar un día San Francisco y Fray Maseo a una aldea, muy hambrientos, fueron, según la Regla, a pedir de limosna el pan por amor de Dios. Terminado el recorrido, se reunieron los dos en las afueras del pueblo, junto a una fuente y una hermosa y ancha piedra, sobre la que colocaron la limosna recibida. San Francisco viendo que los trozos de pan del hermano Maseo eran más numerosos y grandes que los suyos, no cabía en sí de alegría, y exclamó:

— ¡Oh hermano Maseo, no somos dignos de un tesoro como éste!

— Padre, ¿cómo se puede hablar de tesoro donde hay tanta pobreza y donde falta lo necesario? Aquí no hay ni mantel, ni cuchillo, ni platos, ni casa, ni mesa, ni criado.

— Esto es precisamente lo que yo considero gran tesoro -respondió San Francisco-: todo lo que hay nos lo ha preparado la santa providencia de Dios: el pan obtenido de limosna, la mesa tan hermosa de piedra y una fuente tan clara. Por eso quiero que pidamos a Dios que nos haga amar de todo corazón el tesoro de la santa pobreza, que tiene por servidor al mismo Dios. (Florecillas 13).

Quinta.  «Se hallaba San Francisco en el lugar de la Porciúncula con el hermano Maseo. Un día, al volver San Francisco del bosque, donde había ido a orar, fray Maseo quiso probar hasta dónde llegaba su humildad; le salió al encuentro y le dijo en tono de reproche:

— ¿Por qué a ti? ¿Por qué a ti? ¿Por qué a ti?

— ¿Qué quieres decir con eso? -repuso San Francisco.

Y el hermano Maseo:

— Me pregunto: ¿por qué todo el mundo va detrás de ti, y no parece sino que todos pelean por verte, oírte y obedecerte? Tú no eres hermoso de cuerpo, no sobresales por la ciencia, no eres noble. Y, entonces, ¿por qué todo el mundo va en pos de ti? San Francisco, con gran fervor de espíritu, se dirigió a Maseo y le dijo:

— ¿Quieres saber por qué a mí? Los ojos del Dios altísimo no han visto, entre todos los pecadores, ninguno más vil, ni más inútil, ni más grande pecador que yo. Por eso me ha escogido a mí para confundir la fortaleza, la belleza y la sabiduría del mundo, de tal modo que nadie puede gloriarse en presencia de Él, sino quien se gloría, ha de gloriarse en el Señor (1 Cor 1,27-31).

El hermano Maseo, ante respuesta tan humilde y dicha con tanto fervor,  comprobó con certeza que San Francisco estaba bien cimentado en la verdadera humildad.

 

 

 

 

 

 

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