XIII DOMINGO (A)


Del Evangelio de Mateo 10,37-42.

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus apóstoles: «El que quiere a su padre o a su madre más que a mí, no es digno de mí; el que quiere a su hijo o a su hija más que a mí, no es digno de mí; y el que no carga con su cruz y me sigue, no es digno de mí. El que encuentre su vida la perderá, y el que pierda su vida por mí, la encontrará. El que os recibe a vosotros, me recibe a mí, y el que me recibe, recibe al que me ha enviado; el que recibe a un profeta porque es profeta, tendrá recompensa de profeta; y el que recibe a un justo porque es justo, tendrá recompensa de justo. El que dé a beber, aunque no sea más que un vaso de agua fresca, a uno de estos pequeños, solo porque es mi discípulo, en verdad os digo que no perderá su recompensa».

1.- Poco antes de este párrafo evangélico, Jesús avisa sobre las consecuencias que origina el Reino: «Pensáis que he venido a arrojar paz sobre la tierra? No he venido a arrojar paz, sino espada» (Mt 10,34). Es cierto que en tiempos de Jesús se valoran estas rupturas entre familiares cuando se hacen por un bien superior, como es Dios o la Ley. Pero en este caso, la llamada de Jesús para seguirle en la manifestación del Reino no aparece con nitidez ante el pueblo, para el que seguirle es «seguir a Dios».— Jesús no reclama la rebelión contra la familia o contra aquellos que impiden seguirle, pues mantiene la tradición de honrar a los padres, que el evangelista Mateo recoge por dos veces (cf Mt 15,3-6; cf. 19,19). Cuando el discípulo deja la «casa» es una consecuencia de integrarse en la misión para acceder al Reino y proclamarlo con el Maestro. Se parece más a un proceso de incardinación a los intereses del Reino que a una rotura y enfrentamiento provocados por la llamada y la invitación de Jesús a seguirle.

2.- Jesús subordina la familia a las exigencias del Reino. Es una cuestión de fidelidades, no de querer más o menos o, como dice Lucas, de odiar a unos y querer el Reino (cf Lc 14,26), como si seguir a Jesús obligara a sus seguidores a rechazar la relación fundamental humana que da origen a la vida. Aquí no se trata de vínculos afectivos, sino de prioridades en las fidelidades y obediencias a las instituciones sociales. Repetimos: es una cuestión de fidelidad o infidelidad, y en esta línea se mueve Jesús. Entonces, para ser fieles al Reino y vincularse a él, presupone la infidelidad a ciertas instituciones sociales. Y esta fidelidad al Reino la antepone Jesús al sagrado deber de enterrar a los muertos (cf Lc 9,59-60; Mt 8,21-22); al derecho de fundar una familia: «… hay quienes se hacen eunucos ellos mismos por el reino de los cielos» (Mt 19,12); al derecho de vivir en una casa: «Las zorras tienen madrigueras y los pájaros del cielo nidos, pero el Hijo del hombre no tiene donde reclinar la cabeza» (Lc 9,58; Mt 8,20).

3.- Jesús afirma, a continuación, que aceptar la cruz es uno de los ejes de la misión, porque muchos se pondrán en contra, en su tiempo, ahora y en el futuro. Por eso, quien reciba a sus discípulos tendrá su debida recompensa, porque será exponerse a tantas iras y ridículos que ellos continuamente sufren. En la actualidad, puede ser por otras religiones, o por minusvaloración de la fe cristiana, o por la incomprensión de las exigencias del Reino, por lo que se contraponen dos mundos muy diferentes: el poder, la vanidad y el dinero —las tentaciones de Jesús— y el Reino y todos sus valores: comer, beber, formarse, cuidar la salud, defender la justicia, la libertad, etc, etc.

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