DOMINGO XXIII (A)

Del Evangelio de Mateo 18,15-20

En aquel tiempo dijo Jesús a sus discípulos: «Si tu hermano peca contra ti, repréndelo estando los dos a solas. Si te hace caso, has salvado a tu hermano. Si no te hace caso, llama a otro o a otros dos, para que todo el asunto quede confirmado por boca de dos o tres testigos. Si no les hace caso, díselo a la comunidad, y si no hace caso ni siquiera a la comunidad, considéralo como un pagano o un publicano. En verdad os digo que todo lo que atéis en la tierra quedará atado en los cielos, y todo lo que desatéis en la tierra quedará desatado en los cielos. Os digo, además, que si dos de vosotros se ponen de acuerdo en la tierra para pedir algo, se lo dará mi Padre que está en los cielos. Porque donde dos o tres están reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos».

1.- El Evangelio trata, primero, de la corrección fraterna que se da en las comunidades cristianas, con un proceso que va de una amonestación privada a otra pública, como se ha mantenido a lo largo de la historia de Israel y de la Iglesia (cf Lev 19,17; Dt 19,15). A continuación afirma que la expulsión definitiva corresponde a la comunidad; así lo hace en nombre de ella la autoridad de Pedro y demás discípulos. Es el Colegio Apostólico ―Papa y Obispos―, el que indica los cauces de amor en los que se visibiliza la fe cristiana al mundo. Tercero: Jesús asegura su presencia en medio de la comunidad cuando reza y pide ayuda en común al Padre del cielo. Jesús traslada a sus discípulos su experiencia de Dios como hijo de Israel, donde se hace presente como preámbulo a la Eucaristía y en todas las situaciones en los que nos reunimos para relacionarnos con el Señor. Orando como Jesús, con Jesús, desde Jesús siempre acertaremos a relacionarnos con el verdadero Señor, sin proyecciones interesadas, personales o comunitarias.

2.- La comunidad cristiana funciona cuando el amor, y el amor entendido como servicio, es la actitud básica: «El Hijo del Hombre no ha venido a ser servido, sino a servir y a dar su vida en rescate por muchos» (Mc 10,45); «Jesús […], se levanta de la cena, se quita el manto y, tomando una toalla, se la ciñe; luego echa agua en la jofaina y se pone a lavarles los pies a los discípulos, secándoselos con la toalla que se había ceñido. […] Cuando acabó de lavarles los pies, tomó el manto, se lo puso otra vez y les dijo: «¿Comprendéis lo que he hecho con vosotros? Vosotros me llamáis “el Maestro” y “el Señor”, y decís bien, porque lo soy. Pues si yo, el Maestro y el Señor, os he lavado los pies, también vosotros debéis lavaros los pies unos a otros» (Jn 13,3-14). Cuando el amor no funciona, el mismo cristiano renuncia a pertenecer a la comunidad; a pesar de ello, la oferta de perdón para permanecer o integrarse de nuevo debe ofrecerla siempre la comunidad, como dice Jesús poco más adelante a Pedro: «Señor, si mi hermano me ofende, ¿cuántas veces tengo que perdonarlo? ¿Hasta siete veces?». Jesús le contesta: «No te digo hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete» (Mt 18,21-22) . También Jesús inserta el perdón en la oración que nos enseñó a rezar en común, con lo que nos asegura que estará siempre ahí: «… perdona nuestras ofensas, como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden» (Mt 6,12).

3.- Los cristianos sufrimos mucho ante los escándalos de nuestros hermanos. Primero andamos divididos en mil fracciones; después, los descreídos al uso nos lo dicen, y nosotros mismos somos conscientes de que debemos demostrar con palabras y hechos de servicio nuestras relaciones, que tantas veces expresan desprecio y exclusión mutua. Esto no es tan fácil, porque parece que algunos tienen bula para hacer lo que quieran mientras otros tienen que ser coherentes con la fe cristiana. Con todo, hay que corregir e indicar quiénes hacen el bien y respetan el Evangelio y quiénes se aprovechan de él para cosas que nada tienen que ver con el servicio mutuo. Por eso la advertencia de Jesús, que viene ya de los profetas de Israel y aconseja Santiago: «Pero si tú adviertes al malvado que cambie de conducta, y no lo hace, él morirá por su culpa, pero tú habrás salvado la vida» (Ez 33,9); «Hermanos míos, si alguno de vosotros se desvía de la verdad y otro lo convierte, sepa que quien convierte a un pecador de su extravío se salvará de la muerte y sepultará un sinfín de pecados» (Sant 5,19-20). Si no hace caso el que peca y escandaliza, no se le puede condenar, porque la Iglesia está imposibilitada para hacerlo ―sólo puede certificar la salvación y la santidad de sus hijos―. La Iglesia sólo puede indicar quién no pertenece a la comunidad de fe, y mantener una actitud de ayuda permanente hacia él.

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