DOMINGO XXIII (A)

 

Del Evangelio de Mateo 18,15-20

 

En aquel tiempo dijo Jesús a sus discípulos: «Si tu hermano peca contra ti, repréndelo estando los dos a solas. Si te hace caso, has salvado a tu hermano. Si no te hace caso, llama a otro o a otros dos, para que todo el asunto quede confirmado por boca de dos o tres testigos. Si no les hace caso, díselo a la comunidad, y si no hace caso ni siquiera a la comunidad, considéralo como un pagano o un publicano. En verdad os digo que todo lo que atéis en la tierra quedará atado en los cielos, y todo lo que desatéis en la tierra quedará desatado en los cielos. Os digo, además, que si dos de vosotros se ponen de acuerdo en la tierra para pedir algo, se lo dará mi Padre que está en los cielos. Porque donde dos o tres están reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos».

1.– Dios ha enviado al mundo a su Hijo para reconciliarnos con Él y hacer posible que nos reconciliemos entre nosotros. La predicación del Reino de Jesús va en este sentido. Por ejemplo, las tres parábolas del capítulo 15 de San Lucas son todo un símbolo de la actitud del Señor para con todos: sale en busca nuestra, se alegra cuando nos encuentra, y nos recibe con los brazos abiertos cuando volvemos a casa. Y Jesús no sólo anuncia el año de gracia para con los pobres y pecadores, sino que sus palabras y hechos denuncian a los que condenan y acogen a los que andan perdidos en la vida, como al publicano cuando reza en el templo o a Zaqueo cuando se hospeda en su casa (cf Lc 18,9-14; 19,1-10). Y termina, incluso, perdonando a sus verdugos (cf Lc 23,34). Los cristianos debemos hacer nuestras estas actitudes del Señor y de Jesús para con nuestros hermanos. No les podemos fallar, y nunca condenar, aunque no cuenten con nosotros y se vayan de la comunidad.

2.- Quien no ama y no sirve, ya está fuera de la comunidad, lo diga  o no lo diga la comunidad, porque ésta sólo existe cuando se relaciona desde el servicio, es decir, cuando su vida es imagen y semejanza del Señor que la ha creado y la ha puesto en la historia por su Hijo y por el Espíritu. Porque la Trinidad es una triple relación de amor. La Iglesia no tiene capacidad para sostenerse por sí misma, y menos buscar la vida de fe desde el Derecho, aunque lo necesite para organizarse en las culturas donde se incardina. La Iglesia está enraizada en el Señor Jesucristo, comulga con él, por eso cuando se reúne por cualquier motivo, él siempre está presente, para que veamos que no estamos solos, para que sintamos que la Iglesia no es exclusivamente una institución humana, y para que seamos conscientes de que todos nuestros escándalos no pueden hundirla, aunque sea objeto de la mayor condena cuando se escandaliza a los niños y a los débiles (cf Mt 18,6-9). La Iglesia existe cuando cobija y favorece la triple relación de amor que es nuestro Señor: crea por amor, hace a los hombres hermanos por amor, construye la vida por amor.

3.-  Nosotros debemos sentir al Señor, como creyentes, cuando nos reunimos para celebrar la Eucaristía, cuando nos reunimos para escuchar la Palabra, para festejar un cumpleaños o un nacimiento, cuando la familia o la comunidad cristiana se reúne porque sí, porque somos una gran familia representada en las unidades familiares y comunitarias a las que pertenecemos. Y es en la familia y en la comunidad creyente donde aprendemos a relacionarnos con el Señor, a vislumbrar cuando se hace presente en nuestra vida a través de la conciencia, cuando lo experimentamos como una Persona viva que nos acompaña y está presente en todos los acontecimientos más importantes que nos suceden y, sobre todo, en la monotonía de nuestras responsabilidades y quehaceres diarios.

 

 

 

 

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