BUENOS CIMIENTOS, DIEZ PISOS  Y ÁTICO

José María Roncero

No es el anuncio de una inmobiliaria, aunque lo parezca. Es la estructura de la Regla franciscana, que es como  un resumen de cómo vivimos los Hermanos Menores, los franciscanos. Nació de la siguiente manera, según cuenta el propio san Francisco en su Testamento: «Y después que el Señor me dio hermanos, nadie me mostraba qué debía hacer, sino que el Altísimo mismo me reveló que debía vivir según la forma del santo Evangelio. Y yo lo hice escribir en pocas palabras y sencillamente y el señor Papa me lo confirmó.» (Versículos 14-15).

Empecemos con los cimientos. Son dos: Dios y la Iglesia; vivir el Evangelio de nuestro Señor Jesucristo y siempre en obediencia y reverencia al Papa y a la Iglesia. Sobre eso se construye todo lo demás.

La planta baja es donde está la entrada. Si viene un chico comprobamos que sea católico y que ame a la Iglesia y luego, durante un año, le enseñamos a ser fraile. Si le convence y nos convence, pues promete vivir como nosotros y coge la escalera y sigue subiendo.

En el primer piso, o principal, aprendemos a rezar. A rezar como se reza en la Iglesia, y a ayunar y a ir por el mundo como instrumentos de paz: sin pelear ni discutir con nadie, sino siendo mansos y humildes con todos.

En el segundo, y para que nos quede claro cuanto antes, está la sección pobreza: como no se puede servir a Dios y al dinero, nosotros elegimos lo de Dios. Y aquí paz, y después gloria.

En el tercer piso no se admiten vagos. Los frailes tenemos que trabajar, y eso es un don del Señor; pero con sosiego, como dice san Pablo, de modo que el trabajo no apague “el espíritu de oración y devoción”, a cuyo servicio, según san Francisco, “deben estar las demás cosas temporales”.

La planta cuarta me encanta, porque es la de la libertad y el cariño: no apropiarse de nada, imitar a Cristo pobre, cuidar a los frailes enfermos con mimo y ser en verdad una familia donde todos somos hermanos.

El quinto es no matar a los que se equivocan, a los que pecan, sino ayudarles en su conversión con tacto y misericordia: “porque la ira y la conturbación son impedimento… para la caridad”.

La planta siguiente es muy democrática: a los jefes los elegimos por votación, y procuramos obedecerles bien, pero ellos son conscientes de que lo suyo es un servicio a toda la fraternidad.

En el séptimo piso se nos enseña a predicar como predicaba Francisco: como tarea eclesial, animando a la gente a amar a Dios y sin ponernos pesados y aburrir a los oyentes.

La corrección habita en la planta octava. Usamos dos métodos buenísimos, la memoria y Dios: “recuerden que renunciaron por Dios a los propios quereres” y “Aplíquense… a lo que por encima de todo deben anhelar: tener el espíritu del Señor y su santa operación”. Es mano de santo.

En el noveno, que trata de la relación con los monasterios de clarisas y con las mujeres en general, aplicamos la prudente sabiduría popular: más vale un “por si acaso” que un “¡quién lo iba a decir!”

Y en la décima planta están las misiones, porque desde allí se ve todo el mundo mundial y la cantidad de gente que espera, aun sin saberlo, que alguien le anuncie el Evangelio. Para ser fraile misionero hay dos requisitos: que su deseo venga del Señor y que sea idóneo y competente (a las Misiones sólo mandamos a los mejores).

En el ático, que es el final de la Regla, se vuelven a recordar los cimientos, para que todo comience y acabe en Dios y en su bendita Iglesia. Lo digo con las palabras de Francisco, que son impresionantes: «para que siempre sumisos y sujetos a los pies de la misma santa Iglesia, firmes en la fe católica, guardemos la pobreza y la humildad y el santo Evangelio de nuestro Señor Jesucristo que firmemente prometimos.»

Bueno, pues así es nuestra vida. ¿Cómo es la tuya?

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