DE LOS SANTOS Y DE LOS DIFUNTOS

La Iglesia siempre ha estado convencida del destino de casi todos su fieles a la gloria de Dios. La identidad filial, que tenemos gracias a su Hijo Jesucristo, conlleva el disfrute eterno del Señor; es el eterno presente de nuestra vida en las cuatro relaciones que la constituyen desde la creación del mundo (cf Gén 1-3): relación de amor con Dios; relación de amor con los demás; relación de amor con nosotros, relación de amor con la naturaleza. San Pablo nos dice: «Bendito sea Dios, Padre de Nuestro Señor Jesucristo, que nos ha bendecido en Cristo con toda clase de bendiciones espirituales en los cielos. Él nos eligió en Cristo antes de la fundación del mundo para que fuésemos santos e intachables ante él por el amor. Él nos ha destinado por medio de Jesucristo, según el beneplácito de su voluntad, a ser sus hijos, para alabanza de la gloria de su gracia, que tan generosamente nos ha concedido en el Amado. En él, por su sangre, tenemos la redención, el perdón de los pecados, conforme a la riqueza de la gracia que en su sabiduría y prudencia ha derrochado sobre nosotros, dándonos a conocer el misterio de su voluntad: el plan que había proyectado realizar por Cristo, en la plenitud de los tiempos: recapitular en Cristo todas las cosas del cielo y de la tierra. En él hemos heredado también los que ya estábamos destinados por decisión del que lo hace todo según su voluntad, para que seamos alabanza de su gloria quienes antes esperábamos en el Mesías» (Ef 1,3-12).

Con respecto a la Familia Franciscana la hermosa historia de los santos comienza de esta forma. El papa Honorio III, el 29 de noviembre de 1223, aprueba la Regla de la Orden. En su aniversario se recuerda a todos los hermanos que han alcanzado la gloria del Padre, finalidad del escrito de San Francisco.  El proyecto de vida y el carisma de Francisco es seguir a Cristo pobre y crucificado, servirlo a la Iglesia y, al servirlo, alcanzar la santidad y salvación prometida por Dios Padre. “Padre, quiero que los que tú me diste estén conmigo donde yo esté, para que contemplen la gloria que me has dado, porque ya me amabas antes de la creación del mundo. Padre justo, el mundo no te ha conocido, pero yo te conocí, y ellos reconocieron que tú me enviaste. Les di a conocer tu Nombre, y se lo seguiré dando a conocer, para que el amor con que tú me amaste esté en ellos, y yo también esté en ellos” (Jn 17, 20-26). Y San Francisco predice:  “Carísimos, consolaos y alegraos en el Señor; no os entristezcáis por el hecho de ser pocos; no os asustéis de mi simplicidad y de la vuestra, porque, como me ha revelado el Señor, él nos dará una innumerable multitud y nos propagará hasta los confines del mundo. Vi una gran multitud de hombres venir hacia nosotros, deseosos de vivir con el hábito de la santa religión y según la regla de nuestra bienaventurada Orden”.

Por otra parte, la conmemoración de los Fieles Difuntos el día de 2 de noviembre, es una celebración más reciente. Nace en el monasterio benedictino de Cluny  (Saona y Loira. Francia). Con la presión de los millones de fallecidos en la Primera Guerra Mundial, el papa Benedicto XV concede el que cada sacerdote pueda celebrar tres misas por la memoria de todos los fieles difuntos y a los católicos ganar la indulgencia plenaria. San Francisco, cuando está tendido en tierra en Santa María de los Ángeles el 3 de octubre de 1226, entona la estrofa de la Hermana muerte introducida en el Himno al Hermano Sol: «Loado seas Señor por nuestra hermana la muerte corporal». Orar por los que nos precedieron en la vida, dar limosna por su eterno descanso y ofrecer sacrificios para que disfruten de la gloria divina (cf Mt 6,1-6.16-18), son los actos que debemos practicar por los que portaron la antorcha del estilo de vida cristiano y  franciscano en la historia y en la Iglesia.

 

 

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