TODOS LOS SANTOS

 

Del Evangelio de Mateo 5,1-12

Al ver Jesús el gentío, subió al monte, se sentó y se acercaron sus discípulos; y, abriendo su boca, les enseñaba diciendo: «Bienaventurados los pobres en el espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos. Bienaventurados los mansos, porque ellos heredarán la tierra. Bienaventurados los que lloran, porque ellos serán consolados. Bienaventurados los que tienen hambre y sed de la justicia, porque ellos quedarán saciados. Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia. Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios. Bienaventurados los que trabajan por la paz, porque ellos serán llamados hijos de Dios. Bienaventurados los perseguidos por causa de la justicia, porque de ellos es el reino de los cielos. Bienaventurados vosotros cuando os insulten y os persigan y os calumnien de cualquier modo por mi causa. Alegraos y regocijaos, porque vuestra recompensa será grande en el cielo.

 

1.– Jesús anuncia que el Reino pertenece a los pobres, a los hambrientos y a los que lloran, por eso son dichosos, o bienaventurados. Declara las paradojas como si fuera un nuevo Moisés que desciende del Sinaí revestido de autoridad. Así proclama el nuevo proyecto de Dios sobre su pueblo, con «palabras de vida» (Hech 7,38) que ha recibido del Padre para transmitirlas a los hombres.

Las cuatro primeras Bienaventuranzas son una proclamación de la inminencia de la llegada del Reino, siguiendo la declaración de Is 61,1-2 acerca de la intervención liberadora de Dios sobre los pobres, los hambrientos y los afligidos al final de los tiempos. Copian la corriente del Antiguo Testamento de que Dios sale en defensa de los que sufren, transforma su penosa situación y les regala una vida llena de gozo. Jesús anuncia la buena noticia del cambio en el espacio de los marginados y, por consiguiente, les crea una esperanza de salvación. Y dicho anuncio lo ratifica con su conducta, conducta que es una verdadera revelación de la bondad salvadora de Dios. Lo que se advierte en las cuatro Bienaventuranzas es la nueva disposición de Dios que recrea para bien la situación de los que sufren por cualquier causa.

 

2.– La primera exigencia del Reino es la misericordia (5ª). Dios se presenta misericordioso con los necesitados y con los pecadores y esta conducta divina determina los comportamientos de los justos y constituye una de las actitudes fundamentales con que Jesús simboliza la presencia del Reino. Usa de la misericordia con los publicanos, con los enfermos y con los pecadores. Por eso afirma la prioridad de la misericordia sobre el sacrificio e identifica la relación de amor de Dios con los hombres.

Los limpios de corazón (6ª) recuerdan a aquellos que colman la profunda aspiración del creyente judío de estar purificado de toda idolatría para mantener una relación íntegra con Dios en contra del formalismo y la impureza. De ahí la promesa del encuentro definitivo con Dios: «verán a Dios», en un encuentro no de contemplación estática, sino de comunión de vida. El acceso a Dios es el final de la sintonía, no exenta de opacidades, que sucede en el tiempo entre Dios y el creyente, tanto en la oración personal, como en la oración en común en el templo tributándole el culto debido.

Bendito es quien favorece la paz y el amor (7ª). La paz, como don de Dios y como quehacer humano, junto con el amor y el honor debido a los padres, es una condición para que se inaugure por completo el Reino de Dios, y permanece en el mundo futuro, y es allí donde se revelará la dimensión filial por la que todo viviente participará de la vida propia de Dios. Por eso los que trabajan por la paz, en cuanto actividad divina, «se llamarán hijos de Dios».

 

3.–  La persecución por la justicia o por cualquier causa reproduce la misma condición de sufrimiento de los pobres, los hambrientos y los que lloran (8ª-9ª). Sin embargo se expone aquí el futuro para unos cuantos cuyo sufrimiento se les retribuirá al final frente al presente de la pobreza. La causa de la persecución es la fidelidad a Jesús; como él fue rechazado, también lo son sus discípulos. Pero es preferible esta situación límite, que Mateo apostilla «con calumnia», antes que el halago, pues como Dios resucitó a Jesús, también puede cambiar a su discípulo la desdicha en dicha, la pena en alegría. Otra vez las circunstancias se invierten, pero sin revancha por parte de los perseguidos sobre sus perseguidores. El gozo interior que entrañan estas experiencias negativas proviene de la conciencia de que Dios les va a recompensar y no del valor que comportan dichas incomprensiones: «Saltad entonces de alegría, que vuestro premio en el cielo es abundante» (Lc 6,23).

 

4.- Dichosos los pobres, los que tienen hambre, los que lloran. Las personas que experimentan estas situaciones son las que están escondidas o los oprimidos que tienen que mendigar para sobrevivir y, por tanto, no se les tiene en cuenta en las relaciones sociales. Son nuestros pobres, nuestros enfermos mentales, nuestros enfermos del espíritu, nuestros enfermos de falta de amor. —No son los pobres que trabajan por lo que sea y se sienten queridos. Por Jesús, estos pobres pasan de malditos a la cercanía de Dios. Dios se ha fijado en su desamparo, lo que hace que se fíen de Él y confíen en Él. De aquí la satisfacción, el gozo inmenso e interior que se manifiesta de una forma objetiva en compartir los bienes en este mundo como preámbulo de la dicha definitiva, cuando Dios instaure su Reino y dé la salvación a sus elegidos. Jesús lo demuestra: los pobres antes enunciados son los primeros a los que se les anuncia esta era de gracia y los primeros que hay que invitar frente a los que tienen derecho al banquete, como sucede con Lázaro o con aquellos que son capaces de cambiar de vida como Zaqueo. Y pobres somos cuando sabemos leer la voluntad de Dios no sometiendonos a ninguna riqueza y poder de esta vida. Examinémonos por si tuviéramos cimientos falsos en nuestra vida.

 

5.-  Los misericordiosos, los que trabajan por la paz, los limpios de corazón. Misericordia no equivale a nuestra especial sensibilidad ante los infortunios personales y sociales. Designa una forma de actuar y un sentido de vida que se traduce en la conducta clave de los seguidores de Jesús. Lucas lo afirma sin rodeos: «Sed misericordiosos como vuestro Padre es misericordioso». El amor de misericordia hacia los necesitados será la patente que enseñemos para ser reconocidos por Dios en el juicio: «Porque tuve hambre y me disteis de comer, tuve sed y me disteis de beber, era emigrante y me acogisteis, estaba desnudo y me vestisteis, estaba enfermo y me visitasteis, estaba encarcelado y acudisteis». Estas obras de misericordia están al alcance de todos nosotros, aun del que no posea nada para ayudar materialmente. La misericordia también se explicita con el perdón. Y tenemos que perdonar sin límites. Le dice Jesús a Pedro: te digo que perdones que no siete veces, sino setenta veces siete,  con lo que recrea la conducta de Dios con cada uno de nosotros que no se aburre de perdonarnos tanto defecto y pecado.

 

6.- «Dichosos cuando os odien los hombres y os destierren y os insulten y denigren vuestro nombre a causa de este Hombre» (Lc 6,22). La persecución reproduce la misma condición de sufrimiento que la de los pobres, los hambrientos y los que lloran. Muchas veces nos sentimos difamados, incomprendidos, excluidos de las relaciones sociales porque  somos solidarios con el proyecto de vida de Jesús, de forma que, como él fue rechazado, así también somos nosotros. Pero es preferible esta situación límite, que Mateo apostilla con falsedad (cf Mt 5,11), antes que el halago, pues como Dios resucitó a Jesús, también nos resucitará a nosotros;  cambiar de nuestra desdicha en dicha, nuestra pena en alegría. Otra vez las circunstancias se invierten, pero sin revancha por nuestra parte. El gozo interior que entrañan estas experiencias negativas proviene de la conciencia de que Dios nos va a recompensar y el amor y la bondad puede convertir a nuestros perseguidores, como ha sucedido tantas veces en la historia.

 

 

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