La espera de una vida nueva

Miguel García-Baró

¿Tenemos derecho a formarnos una idea general de las cosas, eso que solía llamarse una concepción del mundo? ¿Podemos pasarnos sin ella, tengamos o no derecho a formárnosla?
Son preguntas mucho más propias de la ancianidad que de la juventud. Cuando se ha recorrido tan larga experiencia de la vida, se han visto cosas tan malas y tan buenas que el juicio global -que siempre en el fondo tiene la persona joven- no solo vacila sino que empieza a parecernos evitable e incluso superfluo.
Me hago estas reflexiones mientras espero -nada tranquilo, naturalmente- el nacimiento de una nieta, el octavo hijo de mis hijos. Y recuerdo mi desasosiego cuando iba a nacer el hijo primero y al entusiasmo de la vida fecunda y del amor pleno se le añadía el temor a los sufrimientos por los que tendría que atravesar ese niño. La gravedad de traer un hijo al mundo se me representaba con cada vez mayor fuerza, por más que yo persistiera en mi fe radical en Todo, o sea, en el Dios que está detrás de todo. Una mañana reforzó esta fe -quizá la experiencia más auténtica de lo que significa la palabra “fe” que haya yo tenido jamás, porque la relación con Dios contiene más amistad que mera fe- un sabio profesor con quien trabajaba yo de ayudante -un hombre mayor y sufriente, converso, que había atravesado la salvaje experiencia de la guerra civil y los cambios patéticos de chaqueta que otros de su generación hacían a la muerte del dictador-. Yo me expresé mal y le confié mi angustia creciente por traer al mundo a un niño; él me cortó: “Usted no lo trae al mundo sino a Dios”. A Dios, para Dios: a completar en su carne y en su alma una porción del vaciamiento infinitamente misterioso de Dios en lo Otro de Sí mismo.
Estas semanas de agitación política en España no parecen consentir que se escriba sino de los aspectos grotescos, lamentables e incluso repugnantes de los sucesos que hemos de ver aunque desearíamos vivir lejos y estar un poco ciegos y sordos. Es muy difícil contener el pensamiento de que las pasiones elementales y bajas dominan la sociedad. Se insinúa la idea de que somos apenas una horda de animales asustados, que disponen de instrumentos tan mucho más potentes que sus cuerpos que dan pábulo a una crecida del miedo extraordinaria. Algún signo parece apuntar débilmente a que haya aún un margen de posibilidades de que el futuro que espera a esta nieta a punto de nacer no sea inmensamente peor que el tiempo que a mí me ha correspondido vivir.
Pero retiremos la mirada de la superficie de la historia y abstengámonos de juzgar por ella qué sentimiento global debemos experimentar respecto del mundo. Miremos más bien a las personas que nos ha sido dado conocer y que se nos vienen al espíritu en la fiesta de todos los santos, esta joya del año. ¿No podría yo contar varios cientos de personas que no juegan el juego del miedo? ¿No es un milagro que la vida me haya hecho encontrar tantos seres humanos de maravillosa bondad, llenos de humildad, lanzados a perdonar todo y a todos mucho antes de que nadie pida perdón?
El misterio de la libertad, que nos hace no partes de ningún todo natural ni social, sino individuos, radicalmente individuos, permite esta maravilla de las encarnaciones y los iconos del bien perfecto. Hay realmente muchos. Hay esperanza infinita para los niños que nacen: son ellos también libres, seres que hacen brillar un momento siquiera la verdad de que el bien perfecto es el fundamento último de la realidad -y a su alrededor tendrán santos.

¿Te gusta el Blog?

Comparte con tus amigos para dar a conocer Familia Franciscana.