NAVIDAD, O LA PRUEBA DE DIOS

               Un Dios manifestado en la debilidad de la carne

 Pedro Ortega Ruiz
Universidad de Murcia

La Navidad nos evoca recuerdos muy queridos de nuestra niñez. Todos nos sentimos pequeños y niños cuando nos acercamos a Belén. Un niño indefenso, acostado en un pesebre, sólo puede suscitar  ternura, amor. Pero una mirada “más allá” de lo que vemos en este niño nos lleva al misterio de la humanización de Dios, la Palabra encarnada que irrumpe en nuestra historia, asumiendo nuestra condición humana. A partir de ahora, la historia de los hombres es ya la historia de Dios que se ha hecho hombre.

La Navidad es un acontecimiento desconcertante. Sobrepasa todo lo que el ser humano cabría imaginar y esperar de Dios. Ya desde los primeros siglos de la vida de la Iglesia este acontecimiento despertó resistencia y abierto rechazo (gnósticos y docetas). No se podía aceptar que la santidad y trascendencia de Dios tomara carne y se hiciera hombre, compartiendo con nosotros la debilidad de nuestra condición humana. Es un escándalo mezclar a Dios en las aventuras de los humanos. Desde una imagen de Dios hecha a “nuestra medida” resulta, en cambio, más entendible y aceptable un Dios al que no podemos mirar a la cara y que nos habla a través de intermediarios; un  Dios que no se mezcla con la vulnerabilidad humana y que asiste como un árbitro atento a las vicisitudes de nuestra vida; un Dios fuera de nuestro alcance; un Dios parecido a los otros “dioses”.

Los hombres de todas las épocas han buscado insistentemente alguna señal de la existencia de Dios. Y han querido verlo en las formas o representaciones más diversas, con frecuencia en los fenómenos y la belleza de la naturaleza, o en hechos portentosos que superan la explicación natural de los mismos. Nos ha sido familiar un Dios omnipotente, infinito, absoluto, que trasciende nuestras limitaciones y precariedad humanas. Un Dios juez severo, reticente a compadecerse de la debilidad humana. A este Dios hemos rezado como el siervo suplicante que se dirige a su señor, temeroso de no encontrar su beneplácito.

El acontecimiento de la Encarnación (Dios hecho hombre) rompe con todas las imágenes que nos habíamos creado sobre Dios, hechas a nuestra medida. La debilidad de la carne es ahora asumida para ser la manifestación del poder de Dios. La trascendencia de Dios se manifiesta ahora en la inmanencia de la carne. Y ha querido que, a partir de ahora, sea ésta (la carne) el lugar privilegiado de su presencia entre nosotros. En la Encarnación, Dios nos dice el cambio de valores que se hace presente en Jesús de Nazaret, en su vida y en su mensaje. “Ya desde su nacimiento, él no pertenece a ese ambiente que según el mundo es importante y poderoso” (Benedicto XVI, La infancia de Jesús, pág. 73). En este acontecimiento “desconcertante” Dios se ha manifestado en todo lo que es y nos ha dado la gran señal para que le conozcamos como es. Ha asumido nuestra carne, “se ha hecho carne” para sentir en su propia carne toda la verdad de la experiencia humana, menos el pecado. Ha asumido toda la realidad del ser humano para que nada de él le sea extraño o indiferente. Y la ha tomado y amado hasta el extremo, hasta fundirse con ella. “Ha sido probado en todo, excepto en el pecado” (Hb.4,15).ApartirdeahoratodoloqueesdelhombreestambiéndeDios,menoselpecado.Todohasidoincorporadoalavidadivina.Diosestáindisolublementevinculadoaladebilidaddenuestracarne,encarnadoenlohumanoyfundidoconlohumano.

  1. La humanización de Dios es la divinización del hombre

 La humanización de Dios no es una palabra carente de contenido, quiere decir precisamente esto: Dios se ha hecho hombre. Y para encontrarlo hay que buscarlo en el hombre, en la realidad cotidiana de cada ser humano. En la humanización de Dios, en su Hijo Jesús, el hombre no es solo imagen de Dios, como nos dice el Génesis (Gn. 1, 26), sino sacramento, el lugar o realidad donde Dios se hace presente de un modo privilegiado. Sacramento es la Eucaristía; sacramento es la Palabra de Dios, y sacramento es el hombre, cualquier ser humano. “Porque tuve hambre, y me disteis de comer; tuve sed, y me disteis de beber; era forastero, y me acogisteis; estaba desnudo, y me vestisteis; enfermo, y me visitasteis; en la cárcel, y acudisteis a mí… En verdad os digo que cuanto hicisteis a uno de estos hermanos míos más pequeños, a mí me lo hicisteis” (Mt. 25, 35-40). De ahora en adelante no habríamos de buscar a Dios en Belén, sino en algo más cercano a nosotros: en la carne y en la vida de cada ser humano.   

   Dios ha querido pasar página e iniciar una nueva etapa en su relación con los hombres para hablarles cara a cara, estableciendo con ellos una relación directa, sin intermediarios. “Muchas veces y de muchas maneras habló Dios en el pasado a nuestros Padres por medio de los Profetas. En estos últimos tiempos nos ha hablado por medio del Hijo” (Hb. 1, 1-2). Ha dejado atrás su manera de relacionarse con el pueblo de Israel desde la trascendencia e inaccesibilidad, desde sus atributos de Omnipotente, Infinito, Eterno y Absoluto. Si hasta ahora hemos visto e interpretado a Dios desde la tradición de Israel, ahora, con su Encarnación, quiere que le veamos e interpretemos desde Jesús; que nos relacionemos con Él desde la debilidad de la carne, desde su humanización en Jesús. Por ello “puso su Morada entre nosotros” (Jn. 1, 14) para habitar definitivamente con nosotros. No es un Dios lejano como los otros “dioses” que los hombres han fabricado a su medida. Desde el inicio de la presencia del hombre en la tierra le ha acompañado la tentación de huir de su condición humana para llegar a ser “dios”. Dios, en cambio, muestra su poder humanizándose, abajándose hasta lo imposible de imaginar por el hombre, abrazando la condición humana. Este texto de Juan (Jn. 1, 14) expresa la voluntad real del mismo Dios de hacerse presente, real “en lo débil de la carne, no en cualquier carne, sino en la carne de los pobres y de las víctimas” (J. Sobrino, La fe en Jesucristo, pág. 408). A Dios no lo encontramos en nuestro empeño de divinización, en nuestra “ascensión” al cielo, sino humanizándonos hasta fundirnos con la humanidad, con la realidad de cada ser humano, como Él lo ha hecho. Y“no se trata de desmontar la divinidad del ser humano que fue Jesús, sino de comprender que Jesús nos revela a la divinidad de tal manera fundida con la condición humana que el problema está en que no podemos hablar de Dios sino a partir de lo que sobre Dios nos reveló Jesús” (José Mª Castillo, Dios y nuestra felicidad,pág.66).

Tomando nuestra carne, Dios nos ha manifestado que quiere establecer con nosotros una nueva relación (alianza), fundada no en el temor al castigo, sino en el amor y la compasión hacia el hombre. Y nos ha dicho cómo es El a través de la Palabra y del testimonio de su Hijo. Jesús de Nazaret es la prueba de Dios en su palabra y en su vida. Si nos detenemos en esta afirmación de que Jesús es “la prueba de Dios” aparecen de inmediato las huellas a través de las cuales podemos descubrir, encontrar a Dios. A través de su vida y de su predicación Jesús fue dejando señales claras de cómo es Dios. Lo que Dios es se hace visible en un hombre. Pero lo que Dios es se manifiesta en lo que Dios hace en y por medio del hombre Jesús. El lenguaje sobre Dios Jesús no lo articula sólo por medio de discursos; lo hace también con sus obras y, sobre todo, con la entrega de su vida como expresión de su amor. Hay en Jesús una constante, casi obsesiva preocupación por aliviar el sufrimiento humano, por confundirse con las experiencias de vida de los demás. Su trayectoria vital está atravesada por la voluntad de estar cerca de los que sufren, de los marginados y excluidos, de los pecadores y enfermos. La misericordia y el perdón son una constante en su vida. Ha venido a salvar al hombre, a todo el hombre, a humanizar la vida, liberar a los hombres de las pesadas cargas impuestas por los que detentan el poder religioso. Jesús es un hombre liberador. Desde la humanización de Dios en Jesús, Dios está definitivamente comprometido con la suerte de los hombres. Todo lo que atente contra la dignidad del hombre, atenta también contra Dios. Todo lo que favorezca al hombre en su dignidad, favorece también a Dios. Nuestra carne es también la carne de Dios en su Hijo Jesús. Desde ahora, el criterio para saber si estamos y vivimos en la verdad es nuestro compromiso en aliviar el sufrimiento de los hombres y mujeres de este mundo, humanizarlavidadetodos.

Con estas afirmaciones no pretendo “inventar” un nuevo Dios hecho a nuestra medida, ni desfigurar o manipular el mensaje y la figura de Jesús de Nazaret. Sólo intento descubrir a través de lo que Él nos dijo y del testimonio de su vida, cómo es el Dios que Él nos ha manifestado. La respuesta a esta pregunta la encontramos en el hecho de su Encarnación, en su humanización. Al asumir la naturaleza humana en su persona divina ha hecho suya la causa de la dignificación, de la salvación del hombre en toda su plenitud, la voluntad de arrancar de nuestro mundo toda muestra de inhumanidad. No es la injusticia y la explotación, el odio y la violencia, ni el poder de este mundo las señales de Dios, aquello con lo que Él se ha identificado. Por el contrario, se ha identificado con los pobres y marginados, enfermos y encarcelados de este mundo (Mt. 25, 40-45); se ha mostrado dispuesto al perdón y a la misericordia: “Tampoco yo te condeno. Vete y en adelante no peques más”, dice Jesús a la mujer adúltera (Jn. 8, 11). Y este será el criterio de la ortodoxia de nuestra fe, no otro. No nuestra sabiduría o ciencia, ni nuestro poder o estatus social, ni nuestra dignidad o autoridad en la Iglesia. No hay más primacía que la del amor a aquellos que comparten con nosotros la igual dignidad de ser hombres o mujeres, la humanidadconlaqueDiossehafundido.

  1. El camino de la humanización

 ¿Y cómo nos humanizamos, cómo nos hacemos más humanos? Jesús nos lo da a entender en su predicación, especialmente en las parábolas. “Las parábolas son indudablemente el corazón de la predicación de Jesús… En las parábolas… sentimos inmediatamente la cercanía de Jesús, cómo vivía y enseñaba” (Benedicto XVI,  Jesús de Nazaret, Vol. I, pág. 223); en ellas encontramos un retrato de Dios muy distinto del que nos transmite la tradición de Israel. Una lectura de las parábolas nos proporciona el perfil del Dios de Jesús y el conocimiento de la persona misma de Jesús. Ellas nos dicen cómo pensaba Jesús y hasta qué punto Él se identificaba con este mensaje. Una de las páginas más bellas que ha producido la literatura de todos los tiempos está en la “parábola del samaritano” (Lc10,30-38).En ella la ética de la compasión, de defensa de lo humano, por encima de razas,lengua o religión,alcanza su nivel más alto. Esla máxima expresión del reconocimiento del hombre como ser digno de defensa y de respeto, a cualquier precio y sin contrapartida alguna.

En esta parábola Jesús se presenta como maestro de una moral y ética nuevas. No ha lugar ya al “ojo por ojo y diente por diente”, ni ser compasivo sólo con los “nuestros”, con aquellos que comparten con nosotros la lengua, la religión y la cultura, o pertenecen a nuestro pueblo. Jesús rompe con una moral y ética de fronteras para afirmar la dignidad de todo ser humano, de cualquier hombre y mujer, por encima de los límites que arbitrariamente nosotros pongamos. Hay un detalle que, frecuentemente, pasa desapercibido en este pasaje de Lucas. El doctor de la ley pregunta: ¿quién es mi prójimo? Pero Jesús invierte esta pregunta y no le responde quién es mi  prójimo, sino de quién él es prójimo. Es decir, que para ser una persona ética-moral es indispensable estar atento al sufrimiento y dolor del otro, y responder compasivamente a este dolor. En este relato de Lucas los tres caminantes (sacerdote, levita y samaritano) poseen una moral, parten de sus preceptos y tradiciones para conducirse moralmente; pero sólo uno, el samaritano, da respuesta a la interpelación inapelable del caído en el camino. Y lo que es más importante, la da en contra de su moral y de su tradición. Si el samaritano hubiera actuado de acuerdo con su moral, con su deber moral, nunca se habría detenido a ayudar al hombre herido. Por el contarrio, improvisa una respuesta a la llamada de dolor del hombre herido, y ésta, si quiere ser compasiva, tiene que desobedecer las prescripciones legales del grupo o comunidad a la que pertenece. “El hombre que actúa siempre “por obligación”, incluso frente al demonio, sólo deberá cumplir con su obligación, escribe Bonhoeffer” (Ética). Los crímenes en los campos de exterminio nazi fueron perpretados por hombres que “cumplían con su obligación”. En esta parábola “una cosa está clara: se manifiesta una nueva universalidad basada en el hecho de que, en mi interior, ya soy hermano de todo aquel que me encuentro y que necesita mi ayuda” (Benedicto XVI, Jesús de Nazaret, vol. I, pág. 239). La respuesta del samaritano abre una perspectiva nueva, insólita en la ética y en la moral. Una manera radicalmente nueva de relacionarnos con el otro, de vernos ante el otro y de convivir con el otro. La compasión hacia el otro no se sitúa en el ámbito del “deber moral”, es más bien un asunto o cuestión de “entrañas”, que no da lugar a reflexión alguna sobre mi obligación moral de socorrer al otro. Justificarlo, mediante argumentos de razón, sería una ofensa y una burla hacia la víctima caída junto al camino. Esta es la grandeza del pensamiento ético de Jesús de Nazaret, maestro de una vida a la altura de la dignidad del ser humano.

Jesús nos narra otra parábola cargada de un profundo contenido teológico: la “parábola del padre bueno” (Lc. 15, 11-32). Otros la llaman la “parábola del hijo pródigo”, perdiendo el sentido profundo de la misma: cómo se comporta el padre con el hijo perdido. En pocas páginas del evangelio aparece con tanta nitidez y con un lenguaje tan didáctico la imagen del padre que ama a pesar de todo, que no tiene en cuenta las infidelidades de su hijo, siempre dispuesto al perdón y a la espera de la vuelta a casa de aquél que la había abandonado. Lucas narra esta parábola en el cap. 15 dedicado a explicar cómo se comporta Dios con lo que se pierde, con lo extraviado: la oveja perdida (Lc. 15, 4-7; la moneda perdida (Lc. 15, 8-10). En esta parábola “increible” Jesús da una respuesta a la idea de los fariseos, de entonces y de ahora, sobre Dios, sobre cómo se porta Dios con unos, los “observantes” y los otros, los “perdidos y malos”. En este texto Jesús nos viene a decir cómo es Dios. No ve a los pecadores como personas “malas”, ni guarda hacia ellas resentimiento, ni les echa en cara sus pecados. Al contrario, cuando el Padre (Dios) ve de lejos a su hijo, siente tanta emoción que el evangelio dice literalmente que se le “conmovieron las entrañas”, echó a correr, abrazó al hijo “encontrado” y le colmó de besos, sin prestar la más mínima atención a las explicaciones que él había  preparado. “¿Es posible que Dios sea así? ¿Como un padre que no se guarda para sí su herencia, que respeta totalmente el comportamiento de sus hijos, que no anda obsesionado por su moralidad y que, rompiendo las reglas convencionales de lo justo y correcto, busca para ellos una vida digna y dichosa? ¿Será esta la mejor metáfora de Dios: un padre acogiendo con los brazos abiertos a los que andan “perdidos” fuera de casa, y suplicando a cuantos los contemplan y le escuchan que acojan con compasión a todos?” (J. A. Pagola, Jesús. Aproximación histórica, págs. 131-32). Dios, afortunadamente, no se ajusta a nuestras estrechas medidas para corresponder según nuestras conductas. Rompe todos nuestros esquemas religiosos. “Dios siente lo más hondo y lo más fuerte que sentimos los seres humanos en esta vida cuando queremos de verdad a alguien… Dios no es como normalmente nosotros lo imaginamos. Dios es tan entrañablemente humano que nos desconcierta, hasta el punto de resultarnos extraño, extravagante y, para algunos, seguramente escandaloso” (José Mª Castillo, o. c. pág. 149).

      Jesús tiene especial interés en desterrar de nosotros, los de antes y los de ahora, la imagen nefasta de un Dios justiciero y castigador; un Dios que lleva la contabilidad de nuestros merecimientos para pagarnos a cada uno según nuestros méritos. Esta justicia es propia de los hombres, no de Dios. La “parábola de los jornaleros” (Mt. 20, 1.15) establece criterios de comportamiento de Dios no basados en dar a cada uno “según sus méritos”, sino la voluntad de relacionarse con nosotros a partir del principio de la generosidad. El Dios de Jesús y Padre nuestro no está con el libro de cuentas en la mano anotando en el “haber” y en el “deber” todas nuestras obras buenas y malas, para luego pagarle a cada uno lo que se ha ganado. Entender a Dios como un empresario-propietario del negocio de nuestra salvación, es no entender en absoluto al Dios-Padre que Jesús nos enseñó en el evangelio. Para nuestra suerte, Dios no es ninguna amenaza para nadie, sino el Padre bueno que “hace salir el sol sobre malos y buenos, y llover sobre justos e injustos” (Mt.5,45).

Jesús nos enseña, además, que debemos estar siempre cerca de los que sufren, de los pobres y desheredados, hasta el punto de que esta actitud la sitúa como una señal de su misión profética (Lc. 7, 20-23). Es un pasaje evangélico sumamente esclarecedor de la conciencia que Jesús tenía de su misión como liberador del sufrimiento humano y de la atención prioritaria a los pobres en el anuncio de la Buena Nueva de salvación. “Juan el Bautista nos ha enviado a decirte : ¿Eres tú el que ha de venir o debemos esperar a otro? En aquel momento curó a muchos de sus enfermedades y dolencias y de malos espíritus, y dio vista a muchos ciegos. Y les respondió: “Id y contad a Juan  lo que habéis visto y oido: Los ciegos ven, los cojos andan, los leprosos quedan limpios, los sordos oyen, los muertos resucitan, se anuncia a los pobres la Buena Nueva; y dichoso aquel que no halle escándalo en mí”. Muchas veces me he preguntado cómo respondería hoy la Iglesia a estas preguntas: ¿Cuáles son, hoy, sus señas de identidad? ¿Se reconoce en la respuesta de Jesús a los discípulos del Bautista? ¿Nos reconocemos nosotros en esa respuesta? Esta autocrítica es hoy más necesaria que nunca, cuando muchos bautizados se alejan de la Iglesia de un modo creciente. Se echa en falta un ejercicio más evangélico del servicio en la Iglesia que la haga más creible a la sociedad actual; ésta (la iglesia) aparece, con demasiada frecuencia, contaminada por el poder temporal. Es irritante para muchos creyentes y no creyentes observar cómo se ejerce la autoridad en la Iglesia, confundida, no pocas veces, con el poder de este mundo. Sobre la tentación del poder, las palabras de Jesús son terminantes: “Sabéis que los jefes de las naciones las dominan como señores absolutos, y los grandes las oprimen con su poder. No ha de ser así entre vosotros, sino que el quiera llegar a ser grande entre vosotros, será vuestro servidor, y el que quiera ser el primero entre vosotros, será vuestro esclavo, de la misma manera que el Hijo del hombre no ha venido a ser servido, sino a servir y a dar su vida como rescate por muchos” (Mt. 20, 25-28). Pero esta exigencia de servicio alcanza también a la vida de cada uno de los bautizados, no sólo a los que ostentan la autoridad o el “poder”, porque todos los bautizados somos la Iglesia.

Hay en la vida de Jesús una conducta que irrita sobremanera a los observantes de las costumbres y prescripciones legales judías: comer con los pecadores: “No necesitan médico los que están fuertes, sino los que están mal; no he venido a llamar a justos, sino a pecadores” (Mc. 2, 15-17); “Zaqueo, baja pronto, porque conviene que hoy me quede yo en tu casa” (Lc. 19, 5). La conducta de Jesús es un compromiso decidido en la defensa de la dignidad de la persona, una afirmación contundente de la primacía del hombre sobre las prescripciones legales. Con su modo de vida Jesús se ha situado por encima de la ley y ha roto con las tradiciones judías, se ha puesto del lado de los pecadores y publicanos asumiendo la marginación y el rechazo de los observantes de las prescripciones legales, de las personas “religiosas” de su tiempo. El reconocimiento y la aceptación social, la reputación de ser un buen observante de las leyes judías no fueron argumento suficiente para dejar de estar al lado de aquellos a los que habia venido a curar y salvar. “Sentarse a la mesa con alguien siempre es una prueba de respeto, confianza y amistad. No se come con cualquiera; cada uno come con los suyos. Compartir la misma mesa quiere decir que se pertenece al mismo grupo, y que, por tanto, se marcan las diferencias con otros. Los gentiles comen con los gentiles, los judíos con los judíos, los varones con los varones, las mujeres con las mujeres, los ricos con los ricos, los pobres con los pobres” (J. A. Pagola, o.c, pág. 201). Jesús rompe con todas las costumbres y barreras que se interponen en su misión de ayudar a humanizar la vida de los hombres. Su mesa está abierta a todos: nadie se ha de sentir excluido. No hace falta ser puro; no es necesario limpiarse las manos; ha venido para todos, empezando por los excluidos, los pecadores olvidados del poder religioso. Para Jesús, extirpar lo inhumano de la vida personal y colectiva de los seres humanos es entender al hombre y a la mujer como imagen de Dios, como sacramento de Dios, el lugar privilegiado en el que Dios se manifiesta y se hace presente. Para entrar en el reino de Dios, en la amistad de Dios es necesario sentir como propia la preocupación de Dios por los pecadores, los “perdidos”, abajarse hasta la condición social de los excluidos sin esperar siquiera muestras de arrepentimiento.

Por último, Jesús nos mandó amarnos unos a otros como Él nos amó: “Este es el mandato mío: que os améis los unos a los otros como yo, os he amado” (Jn. 15, 12), y también a nuestros enemigos: “Pero a vosotros, los que me escucháis, yo os digo: Amad a vuestros enemigos, haced bien a los que os odien, bendecid a los que os maldigan, rogad por los que os difamen” (Lc. 6, 27-28). Nos dijo que este es un mandamiento nuevo, suyo, muy suyo. Y nos lo dejó como señal distintiva de nuestra pertenencia a Él. No hay precedentes en la historia de las religiones en las que la primacía del amor, sin condiciones, tenga este valor absoluto. Lejos queda amar sólo a los nuestros, a los de nuestra misma raza, lengua o religión. Es verdad que el A. T. manda “amar al prójimo como a ti mismo”. Pero este mandato queda limitado por una práctica judía que considera “prójimo” sólo a los pertenecientes a una misma tribu, religión o pueblo. Los gentiles, no pertenecientes al pueblo elegido, no son considerados mi “prójimo”. Jesús nos dice que debemos amar como Él nos amó, es decir, hasta estar dispuestos a dar la vida por el otro. Con este mandato señala “el camino más elevado de una exigecia radical en la cual se habría manifestado en la humanidad un grado superior de humanismo” (Benedicto XVI, Jesús de Nazaret, Vol. II, pág. 81). Sin esta señal de extrema humanización el mensaje y el testimonio de Jesús quedaría inconcluso. Salvar al hombre, y salvarlo en plenitud, eslarazóndesuexistenciaydesumisión.

Estas son las señas de identidad de Jesús de Nazaret, el perfil de Dios que Jesús nos ha revelado. “Un Dios que es tan sencillo como Jesús, tan cercano, incluso a los pecadores más despreciables,  como lo fue Jesús, tan solidario con todo lo débil de este mundo como solidario fue Jesús, tan tolerante con todos los perdidos o extraviados como lo fue Jesús y, por supuesto, tan humano como Jesús” (José Mª Castillo, o. c. pág. 35). Estas son las señas, las huellas que marcan el camino de la humanización del hombre, de su liberación para llegar a su plenitud humana. Sin duda, nuestras señas de identidad habrían sido muy distintas a las de Jesús. La historia humana está plagada de horrores que marcan niveles inimaginables de inhumanidad. No ha sido la justicia, el perdón y la compasión, la fraternidad y el amor las constantes que han configurado nuestra vida personal y colectiva. Tratar de construir una sociedad justa y pacífica al margen del plan de Dios sobre el hombre es caminar al fracaso. Nuestra historia reciente lo confirma una y otra vez: el siglo XX es el testimonio más aterrador que haya existido de guerras, genocidios y exilios, de pueblos destrozados hasta límites insospechados. Nunca en la historia se ha producido tanta ignominia y tanta violencia, muchas veces en nombre de la libertad y los derechos del hombre.

  1. Un Dios sorprendente

 Jesús, en su Palabra y en el testimonio de su vida, es la revelación de Dios, es el testimonio de cómo es Dios. A Dios le hemos conocido en lo “humano”, en un “hombre”, Jesús de Nazaret, un judío marginal. Sin duda, los humanos habríamos preferido que Dios se hubiera manifestado de una manera gloriosa, llena de poder, más acorde, por tanto, con su dignidad divina. Pero esta es la lógica nuestra, no la de Dios, tan distinta de la lógica de los hombres. Ha preferido otra lógica, aquélla que es locura y escándalo para los judíos y los gentiles, pero para los llamados por Él, fuerza y sabiduría de Dios (I Cor. 1, 23-24). Son “las cosas” de Dios, de un Dios “sorprendente”. Pero si a Dios lo hemos conocido en el hombre Jesús, también hemos comprendido y conocido mejor al hombre desde el Dios que se nos revela en el mismo Jesús. Dios y el hombre, el hombre y Dios son realidades que se manifiestan en Jesús en toda su plenitud.

La Navidad es la locura de Dios que se ha hecho Hombre para humanizar nuestra vida y salvar nuestra existencia. Tomando nuestra carne en su Hijo, haciéndose uno como nosotros, Dios nos ha sentado a su mesa y nos ha devuelto la dignidad del hijo, aquél que siempre permanece en el amor del Padre. La Navidad, Jesús, es la prueba de Dios, la señal indeleble, definitiva del amor de Dios a los hombres.

Es sorprendente el modo de presentarse Dios a los hombres después de tanto tiempo de espera: envuelto en pañales y acostado en un pesebre. En verdad nuestro Dios es un  Dios sorprendente. La Navidad es una maravillosa sorpresa, lo mejor que nos ha podido ocurrir. ¡¡Feliz Navidad!!

Convivencia de voluntarios de pastoral penitenciaria. Murcia, diciembre de 2012

 

 

¿Te gusta el Blog?

Comparte con tus amigos para dar a conocer Familia Franciscana.