Alejandro de Hales

I

Las escuelas franciscana y dominica

Las experiencias evangélicas de Domingo de Guzmán y Francisco de Asís en el contexto cultural de su tiempo intentan la renovación de la Iglesia por una nueva predicación. Los seguidores de Domingo de Guzmán se centran en el freno y contestación de las herejías con una actitud eminentemente cultural. Los seguidores de Francisco de Asís luchan también contra los movimientos heréticos y promueven la renovación de la Iglesia, pero por la práctica sin glosa del Evangelio vivido en fraternidad, insertos en los ambientes populares y, por tanto, con una determinada orientación moral. De hecho los Franciscanos van a París para testimoniar a Jesucristo pobre y crucificado, y estudian porque están allí. Los dominicos viajan a París para fundar un convento y estudiar. He aquí las diferencias de sentido ante la Universidad, diferencias que después aflorarán en algunas orientaciones teológicas.

Pero en esta época a la vez que se fragua el proceso ideológico referido, el Papado intenta llevar a cabo una política cultural y una pastoral universal nacida en los Concilios Lateranenses III (1179) y IV (1215). Y para ello se apoya en las florecientes Órdenes Mendicantes, cuyo pensamiento va a modelar definitivamente la Universidad casi desde su mismo nacimiento, sobre todo en el siglo XIII, y no sin grandes resistencias, disputas y controversias con los maestros seculares, de una Orden contra otra y dentro de ellas mismas.

En el ámbito franciscano no se puede trazar una línea recta o un marco exacto donde sus pensadores se sujeten a unos criterios de pensamiento válidos para todos. Antonio de Padua, Alejandro de Hales, Juan de la Rochela, Odón Rigaldo, Guillermo de Melitona, Roberto Groseteste, Ricardo Rufo, etc., desde los Estudios de la Orden en París, Oxford, Cambridge y Bolonia en especial, tienen en cuenta su cultura de origen, las enseñanzas teológicas al uso, sus motivaciones individuales y creyentes, preferencias doctrinales, corrientes internas de la Orden en la interpretación del carisma de Francisco y, sobre todo, el contexto universitario donde se mueven. Sólo después de crear la Orden sus propios planes de estudios y convivir y compartir criterios en un mismo contexto universitario con la presencia de figuras en el ámbito doctrinal y docente, es cuando se puede afirmar que existe una determinada corriente de pensamiento.

Con todo, se puede defender que se detectan cuatro objetivos fundamentales vividos desde la libertad de pensamiento y para la renovación de la Iglesia:

1º En principio se excluye una separación entre el conocimiento de la fe por su inteligibilidad natural o sobrenatural, o una excesiva distinción entre filosofía y teología, o entre ésta y la revelación. Es decir, se admite la tradición teológica agustiniana elaborada por Anselmo, Bernardo y los Victorinos, en la que la Escritura es el fundamento último de todo saber humano, que engloba la ciencia sacra y la profana. Con esta perspectiva se tratan los temas sobre el deseo intrínseco humano de Dios y la influencia de éste sobre la actividad intelectual del hombre, la finalidad ética de los hombres y la historia, el origen del mundo, etc. Temas todos ellos ofrecidos por la Escritura, pero también abiertos a la posibilidad de ser profundizados por la razón iluminada por Dios.

2º La adhesión a Dios mediante la voluntad y el entendimiento, que recibe la revelación como la auténtica y más veraz iluminación de toda verdad teológica. La Escritura vincula al entendimiento aunque ésta pueda usar las fuentes y orígenes naturales del saber.

3º En términos generales existe una acentuación del bien, del sujeto y de la libertad frente a la verdad, el objeto y la necesidad. De esta manera se abre una peculiar relación entre la racionalidad y la revelación, como hemos dicho. Ambas se encuentran en la persona creyente en un abierto diálogo que hace posible su repercusión en la historia humana, excluyendo la tentación permanente que se ha dado a lo largo de los siglos en la cultura occidental cristiana, es decir, la inutilización de la razón, que lleva a la fe a convertirse en un fideísmo, o la absolutez de la razón, que conduce a un empobrecimiento del hombre al alejar a Dios de la historia.

4º Contar con la incorporación de Aristóteles por los Maestros antes citados, pero con la libertad de modificarlo o adaptarlo a la Escritura ante las interpretaciones no acordes con las verdades tradicionales de fe, de forma que combinan al Estagirita con el pensamiento neoplatónico agustiniano.

Por consiguiente, no existen temas que descubran una dimensión de la realidad propia y específica. En el pensamiento franciscano caben todos los temas, o se asumen aquellos que nacen permanentemente. Pero éstos se afrontan desde el interés concreto y vital de relacionarlos con el Dios de Jesucristo y con la recreación de la naturaleza. Estamos hablando de un talante, de una forma de situarse en la vida, no de unas ideas originales o sistemas de pensamiento coherentes y cerrados sobre sí mismos.

Importante es la adhesión a la Palabra de toda la persona, voluntad y pensamiento, a fin de que redunde en una práctica o ética genuinamente evangélica. El punto de mira es Francisco de Asís y la comunidad que nació de su experiencia de Jesucristo y éste crucificado. Por eso la ciencia no es causa de sí misma, sino “para que hagamos el bien”. Ella está intrínsecamente orientada a la experiencia del amor y desde la libertad comprendida como obediencia a Dios, que es la única relación capaz de salvaguardar la autonomía humana. En definitiva, la vivencia de la ciencia para el franciscanismo no se experimenta y entiende por la curiositas, el saber por el saber, que termina y se encierra en sí mismo, sino por la studiositas, es decir, la ciencia que culmina en la sabiduría, la que une a Dios y hace el bien. Esta teología se llamará con el tiempo “teología práctica” diversa de la otra teología defendida por Tomás de Aquino, en la que la teología se basa en una concepción de la ciencia cuya finalidad es el estudio contemplado en sí mismo.

Se pueden distinguir, aunque con reservas, algunas fases en el desarrollo del pensamiento de los Franciscanos. A un primer período que cubre los ámbitos susodichos de París y Oxford, con los Estudios de la Orden sitos por toda Europa (Bolonia, Tolosa, etc.), le sigue la potencia especulativa de Buenaventura centrada en París y sus comentadores. Después de 1260, la componen los maestros que reciben la tradición especulativa bonaventuriana y la influencia de Tomás de Aquino, habida cuenta además de la corriente extrauniversitaria de Rogelio Bacon y Pedro Juan Olivi. Por último contamos con Juan Duns Escoto y sus seguidores y, más tarde, con la obra de Guillermo de Ockham y la via moderna que arranca de sus originales teorías.

En el caso de los Dominicos, se puede delimitar una primera escuela, que abarca casi un siglo, desde 1229 con Juan de San Gil, Rolando de Cremona, Hugo de San Caro y Guerrico de San Quentin. Después con Alberto Magno y Tomás de Aquino, sin olvidar a Hugo de Ripelin, Ubrico de Estrasburgo, discípulos de Alberto, la corriente agustiniana de Oxford con Roberto Bacon, Ricardo Fishacre, Simón de Hinton, además de Roberto Kilwardby en París. Termina esta época en la primera mitad del siglo XIV con la revisión teológica de los dos grandes Maestros y las controversias averroístas.

 

 

 

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