“En carne viva”. Poemario.

Fermín María

 

Francisco Henares OFS
Instituto Teológico de Murcia OFM

Lo primero será la humildad, decía Teresa de Jesús. Humildad, por ejemplo para admitir que más de un lector no sabe qué quiere decir la palabra escatológica. El padre Fermín le puso a este libro de título “En carne viva” y de subtítulo Poesía escatológica. Es esta una palabra que une a dos dentro de sí. Una la conocemos. Lógica, que quiere decir palabra (del logos, griego). La otra es también griega: esjaton, que quiere decir una realidad final. Todo al pie de la letra. Sin embargo, escatología tiene resonancias bíblicas y eclesiales. Digamos con sencillo lenguaje: la salida final de la vida terrena para un cristiano. Y perdone el lector por tanto griego sublimado. En la biografía del poeta, esta obra recoge poemas de los años Noventa. Inéditos.                                                                                  Y ahí entro yo mirando al padre Fermín en carne viva, porque el sentido de nuestro poeta (que era sacerdote franciscano) va a echar por esta vía: el destino de la vida camina hacia su final siempre. Cuenta, pues, el valor supremo de la existencia terrena, y cuenta el futuro que nos espera. La liturgia de la misa, en el prefacio de difuntos, dice certera que al deshacerse esta morada terrena adquirimos otra en el cielo, “habitación eterna”. Total: que nos cambiamos de barrio y casa. Ya sé yo – decía aquella anciana moribunda al cura- que como en la casa de uno no se está en ninguna parte. Pero hay que reconocer que si tuviéramos otra preparación para la muerte (como en tiempos antiguos ocurría), otro gallo nos cantara. Si creemos que la vida es un camino hacia una meta, desatender tal llamada se convierte en un contradiós, porque cerramos los ojos a la implacable realidad. Al padre Fermín también le daba repelús la muerte. Solía decir, con socarronería tan suya: “No, si lo malo no es morirse. Lo malo es lo malico que te tienes que poner para morirte”.                                                                                        Lo que más llama la atención de este poemario, creo yo, es cómo se enfrenta el poeta a lo que antes llamábamos los Novísimos (recuerden: muerte, juicio, infierno y gloria). Novísimos, porque nos llevaban hacia algo nuevo en nuestro final. Ningún animal se enfrenta a la muerte con la cargazón que lo hace una persona. Verdaderamente no es demasiado lo que nos vamos a dejar en la tierra, ya que la vida es también un valle de lágrimas. Sin embargo, la muerte es mucha muerte para hacerle la cara. A su vez, hemos sido educados en el miedo a la muerte, y no lo hemos sido en el gozo de la gloria, que es fundamental. Hay culturas (la India, la hindú, la del monje tibetano o católico, la de la pira que arde y navega por el Ganges), que son otros modos de fallecer. Morirse también es una cuestión cultural, según vemos. ¿Cómo la viviría yo si viviera en otro continente lejano? No lo sé, pero sería distinto. ¿Cómo la vivía el padre Fermín, puesto que sacó la muerte y la gloria a relucir en muchos tramos de su poesía?

En un prólogo a un libro de poemas uno puede dedicarse a morder (o a degustar) poema por poema, pero si yo hiciera tal, sería un cedazo, tirando la harina y salvao fuera de la artesa. Yo voy a hablar de unos cuantos poemas que son los que más me gustan, como la Elegía al niño hospiciano, que se convierte en una narración, con sus horas de minutero y sus fechas transcurriendo. Emocionante y dura de tragar. Fermín apunta esto: “¿Cómo has podido, muerte, / meterte en ese cuerpo tan pequeño?” Figura también en esta obra, uno de los poemas a los que yo he dado más culto (de diversas maneras publicitarias) desde hace años. Se titula Fuga mortis (Huir de la muerte). Hasta se apoya en una frase del Cardenal Newman (no sé si de cuando era anglicano, o cuando se pasó al catolicismo). Es esta: “Líbrame, Señor, de la hora de la muerte”. Da escalofrío oír eso a un Cardenal de tal calibre, pero no nos extrañe, porque la muerte es mucha muerte, he dicho antes.

Este largo poema al que me refiero se divide en cuatro partes. En las tres primeras habla el poeta creyente, que es Fermín María, y le dice a Dios que se está muy bien tendido “en la humilde hierba con toda la Creación sobre los ojos”. Un poema bucólico y lírico. Pero tras esos versos también le dice: “Yo no quiero morirme, Padre mío/ tengo miedo a la muerte”. Y se le inyecta el pesante pesimista por las venas. Se compara con la primavera y se muere de envidia hacia ella. Expresa: “Y yo siempre entre yodos y jeringas en la oscura mazmorra de la anemia”. En la tercera parte, el poeta sigue en sus trece: “yo no quiero ser engullido”. Con su humor negro dice que se subirá a una sierra bien alta y se quedará colgado de una estrella, con tal de no desaparecer. Un canto a la vida y un coloquio frente a frente con Dios Padre. De ahí que la cuarta parte (respuesta del Padre de las Luces) sea la parte más honda. Dios es consuelo, no un miedo puntero. Dios no es ausencia. Es presencia esperante. He ahí la escatología. Y Dios, en impresionantes versos (Dios es poesía), le susurra esto al poeta: “Baja, hijo mío, baja a redimirte/ y a redimir la tierra./ Alójate en sus lirios/ para aliviarte mientras mi hora llega./ Así se habituarán a ver tus ojos/ lo que mi amor arriba te reserva”.

Estamos ante una nueva dimensión, una Nueva Creación (palingénesis), porque es belleza y fabordón de toda la Creación, que hace pie en Cristo. No es la  Nada. Es la energía radiante del resurrecto Señor Jesús. Quedarse sin esto es marrar la vida, cerrar todas las puertas. El Principio esperanza es posible precisamente porque hay futuro. La vida no termina, se transforma. He ahí la liturgia de nuevo. Se explica entonces que prosigan los versos: “Ten valor, yo tu padre/ te espero al otro lado de la tierra/ con la túnica blanca de los pródigos/ y el cordero pascual de mi presencia”. En Diálogos de Carmelitas (Paul Claudel) ante la inminente muerte de ellas, la monja exclama: “Le petit Roi est mort. Il ne reste pas que l´Agnus Dei” (El pequeño Rey ha muerto. No nos queda más que el Agnus Dei). El  Cordero Pascual, en efecto. Nuestro nombre está escrito en el libro del Cordero. Nos esperaba como una puerta abierta.

Viaja por este libro del padre Fermín un grupo de poemas que estremecen (y no de miedo), sino por hablarle de tú a tú a Dios. Uno se titula No te parezcas a los muertos. Se lo dice a Dios-Padre, y el poeta confiesa que está cansado del silencio divino (un existencialista puntual). Más aún, añade: “Coge en tu mano el polvo que nos queda/ y créanos de nuevo, oh implacable”. El otro poema se titula Regresarán los muertos y las rosas. Dolido se pregunta el poeta: “¿Quién me recordará cuando la muerte/ me traslade de donde nunca estuve? Y un tercero lo titula Sombra. En esa línea enceguecida, escribe estos versos: “Mi vida-muerte es un buceo loco/ buscando las otra orilla de la sombra. /Y me sucede como a las raíces: /tierra abajo progreso hacia más sombra,/ me alejo de la luz y las corolas”.

Puede un lector preguntarse por el título del libro entero. Esto de En carne viva yo lo entiendo por dos alcances: uno, porque hablar de escatología escuece. ¿Qué persona no se pregunta en su vida por su fin conforme pasan los años? Otro, es que como lírico el poeta habla de sí mismo y lo hace con piel dolida. Y hasta atrevida en los diálogos con el Padre Dios. Fermín nunca fue un conformista. Este hablar con Dios lo delata. No habla de los Novísimos a distancia, sino que se inmiscuye, se mete entre medias, y no blandamente. Un creyente que se pregunta a sí mismo, y no engaña, siempre es un icono. Nada de tapujos. Dice: “Pienso, amo, padezco, sueño, lloro/ la risa se me parte de dolor”. Por eso se autorretrata: “¿Soy más alma que cuerpo/ más luz que ojos, más dicha que alma?” O esto otro: “En mi fichero de desilusiones/no me cabe una ficha más. Un sueño/ atropellado soy”.

Si no fuera porque en otros muchos escritos publicados (artículos, sobre todo) viéramos a Fermín lanza en ristre, y en otros poemas agarrarse a la esperanza sin más, diríamos que Fermín es más un pesimista que un optimista. Y es que esto de creer contra mucha esperanza es un toque de creyente a lo divino. Creer no es camino de rosas. Entre otras cosas porque las rosas se entremezclan con muchas espinas y pinchajas.

Y finalmente, hay en este libro un poema incrustado, que necesita una explicación. Es la elegía que el padre Fermín dedicó a Clara Henares, fallecida a los 23 años de un cáncer. Clara fue persona entregada a la solidaridad, aun en los cuatro años que duró su enfermedad. Esta elegía se publicó en 1983 dentro de un libro homenaje a Clara. Los mil ejemplares se agotaron muy pronto, y estudiosos de poesía rebuscaban el poema. ¿Cómo buscar lo agotado? Aprovechamos que tal elegía se ayuntaba de perlas con este libro actual de Fermín María. Ciertamente es un poema imponente. Con un inicio hermoso mucho. Comienza: “Demasiado temprano, demasiado/. Cuando las alas eran tan recientes/ como el tallo y la brisa, /te cerraron el aire y la distancia. /Cuando tus ojos ya estaban maduros/ te tapiaron la luz y la blancura”. Esa primera parte del poema es entrañable. Le dice a Clara que “cuando pesaba algo más que un pétalo/ toda la tierra te la han echado encima”. Tenía Fermín 94 años cuando escribió esta elegía. La segunda y tercera parte rememora que la hermana muerte, en Clara, de tan horrible se ha hecho ahora hermosa. Humilde pide a Clara que ya que está viendo a Dios, le hable de nosotros. Acaba con una postdata, cargada de ternura. Postdata con pregunta última. “¿Qué podemos hacer con tantos besos/ que se no han quedado entre los labios/ si tú no vuelves, hija?”

Gracias, padre Fermín, poeta, hermano mío franciscano.

 

Bullas (Murcia) 2017, 185 pp.    

 

 

 

 

 

 

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