¿EN QUÉ CREÍAN LOS GRIEGOS ANTIGUOS?

Esteban Calderón
Universidad de Murcia

La pregunta no es fácil de responder y, sin embargo, me la hacen muchas personas con cierta frecuencia, al igual que esta otra: ¿cómo es posible que los griegos creyesen sus mitos, sus cuentos de dioses? Son cuestiones que suelen ir unidas y que deben deslindarse para una mejor intelección de un problema sobre el que llevo reflexionando y escribiendo durante estos últimos años. Acercadel tipo de religión que profesaban los griegos han escrito los grandes estudiosos de la religión griega y de la historia de las religiones: Nilsson, Otto, Dodds, Kerényi, Rudhardt, Burkert y muchos otros, desde perspectivas diversas. La cuestión es compleja y para entenderla lo primero que hay que hacer es separar la mitología de la religión para poder adentrarnos por un camino firme. Hay que tener en cuenta que ninguna religión contemporánea mantiene las creencias y los cultos de la religión griega. Nuestra religiosidad judeocristiana ha oscurecido a lo largo de la historia la sensibilidad pagana de los griegos y nos cuesta trabajo ponernos en situación. Los mitos tienen gran importancia en Grecia, pero no son la religión; en todo caso, su aspecto más folclórico y popular. Olvidémonos, por tanto, de los mitos para entender la religión helena.

Para empezar, los griegos no tenían un término para designar la religión, como lo es religio en el mundo romano. Se servían de varios vocablos, como eusébeia, hosiótes,aidós,eulábeia, threskeía y algunos otros para designar el hecho religioso, palabras que, en principio, tenían otras connotaciones y que sólo suponen un acercamiento al problema, al que hay que aproximarse sin prejuicios. Propongo una experiencia. Si yo digo que cerremos los ojos y pensemos en la palabra “pájaro”, estoy convencido de que cada lector pensará en un pájaro distinto. Todos ellos serán pájaros, pero nuestra concepción de la palabra nos traerá a la mente una especie de ave con más facilidad que otra. Así es como entre los griegos no existe una palabra para definir la religión, sino varias palabras que acercan a un mismo concepto. Sentada esta base, hay tener clara una segunda cuestión y es que los griegos no tenían un libro sagrado ni una teología escrita, no existe un dogma, como sucede en otras religiones. Al no requerir una adhesión profunda a un dogma, la noción de religión se hace más difícil de percibir y los dioses se diluyen entre las leyendas del mito. La religión griega debe estudiarse fundamentalmente a través de sus testimonios literarios y epigráficos, y de manera fundamental a través de su léxico.

Lo primero que llama la atención es que los principales términos que “acercan” a la religión lo hacen más a lo que nosotros llamamos “piedad”. Sería más ajustado hablar de “piedad” que de “religión” griega. No hay un sentimiento de “religación” respecto a la divinidad. Los términos a que me refería aluden fundamentalmente a un sistema de rangos, que conlleva una idea de subordinación. A esta subordinación el hombre responde con un sentimiento de respeto propio de aquello de lo que se siente distanciado y temeroso, y que a la vez es sagrado. La divinidad representa el poder y, por tanto, una exigencia de veneración. Veneración y temor son, pues, los dos primeros sentimientos que afloran en el pensamiento religioso griego. El hombre griego busca agradar a quien está por encima en ese sistema de rangos y lo hará mediante una conducta piadosa, que consistirá básicamente en cumplir las normas religiosas y sociales, pues unas y otras van íntimamente unidas. Por ejemplo, la justicia: un hombre no puede ser sino piadoso y justo. Si en su vida hay acciones injustas, nunca podrá ser llamado piadoso. Esta idea está ya en los trágicos y en Platón: piedad y justicia van cogidas de la mano. Por ejemplo, los dioses no aceptan sacrificios de aquellos que no son piadosos y justos. Por lo tanto, esto nos acerca a un primer componente de la religión griega, consistente en llevar una vida acorde con la justicia, que en último término remite a la divinidad, y, por ende, con las normas sociales que de ella emanan. Dicho de otra manera, un hombre piadoso no puede vivir en la anomía, al margen de las leyes, pues éstas están puestas para proteger a la colectividad, a la sociedad. Del mismo modo, desterrar las leyes inicuas forma parte de una conducta piadosa.

Sentadas estas bases podremos adentrarnos un poco más en el problema, porque ya vamos comprobando que el hombre religioso heleno no puede vivir al margen de los demás, su piedad no consiste en una relación unilateral con la divinidad, no es ‒o no puede ser sólo‒ una relación vertical, sino, sobre todo, horizontal. Esto se traduce en una serie de “leyes no escritas”, pero que la tradición literaria ha transmitido, que eran de obligado cumplimiento para quien aspiraba a llevar una vida de piedad y ser grato a los ojos de los dioses. Así, encontramos que los suplicantes y los extranjeros están protegidos por advocaciones de Zeus, que es su protector, y, por lo tanto, son intocables, tienen un carácter sagrado. Al extranjero hay que acogerlo y tener con él un trato hospitalario, ya que Zeus Xénios (Protector del forastero) tiene su patronazgo. En esta línea, el matrimonio es sagrado y los deberes de los padres para con los hijos se consideran en tan alta estima que van inmediatamente detrás de los que corresponden a los dioses. Me refiero a conductas como hacerse cargo de los padres en su ancianidad. Todos aquellos aspectos que protegen a la familia tienen carácter sacro.

En el extremo contrario, el parricidio, el fratricidio, el crimen premeditado, insultar a los dioses, adueñarse de lo ajeno, usar la violencia, faltar a los juramentos, faltar a los ritos sagrados, no respetar el poder legítimo, etc. son infracciones ‒”pecados”, podríamos decir‒ de las normas que rigen la vida de piedad de los helenos y contravienen el espíritu de la piedad griega; son propias de un hombre impío, de alguien que vive alejado de la divinidad. Todo ello forma parte del “conglomerado heredado”, de las normas que se han transmitido de padres a hijos en la familia griega como un legado ininterrumpido. Quedaría por hablar sobre la concepción del Más Allá y la idea de retribución, pero eso nos llevaría demasiado lejos en estas breves páginas.

En consecuencia, se puede decir que el hombre piadoso es para los griegos aquel que cumple con todas sus obligaciones a ojos de los dioses, y no sólo respecto a las leyes religiosas, sino también los preceptos morales relativos a los hombres, como la protección al débil, al forastero y al suplicante. A quien cumple con todas estas normas los dioses no tienen nada que reclamarle y son gratos a sus ojos. Dado que la religión surge de la relación del hombre con la divinidad, religión y moral están en profunda interdependencia: la primera rige la relación entre el plano humano y el divino, mientras que la segunda incide en la vinculación entre el hombre y la sociedad. Dicho de otra manera: no es posible separar la religión griega de la sociedad, de su imbricación cívica y familiar. No se trata de conceptos abstractos ni de fe, sino de cumplimiento con aquello con lo que el hombre demuestra su respeto a los dioses. No sólo se trata de ritos y cultos, sino que consiste fundamentalmente en una conducta personal que incide en una serie de ámbitos concretos. La piedad es la fidelidad a los deberes religiosos y estas manifestaciones de piedad engloban las relaciones del individuo con otros miembros de la comunidad, actitudes que ayudan a “relacionarse” con la divinidad.

Como se puede observar, todo esto no tiene nada que ver con la mitología y sí con un sentimiento religioso y con unas prácticas de piedad que acercan al hombre griego al hombre moderno. En definitiva, como decía Xavier Zubiri, “los griegos somos nosotros”.

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