EL SENTIDO DE LA VIDA

 

Pedro Ortega
Universidad de Murcia

1.- Hablar del sentido de la vida produce, a primera vista, extrañeza, cuando no cierta sonrisa, por lo inusual de este tipo de preguntas en la sociedad del ruido, del consumo ilimitado, del materialismo y del relativismo que envuelven la vida social en casi todas sus manifestaciones. Preguntarse por el sentido de la vida puede parecer una extemporaneidad, un intento de encontrar explicaciones “extrañas” a nuestra vida, fuera de las condiciones socio-históricas que nos ha tocado vivir, aquí y ahora. Podría pensarse que el ciudadano de hoy huye de toda pregunta, que vive distraído y atrapado en una maraña de necesidades inmediatas, cortoplacistas, que le imposibilitan tomar distancia de las cosas y conocer la verdadera realidad de su entorno. Se produce con ello un tipo de hombre “distraído”, que busca una sociedad sin sentido en la que todo da igual porque nada tiene ya sentido, aquí abajo. Se edifica así una sociedad que ha despojado de sentido al hombre y a casi todas las manifestaciones sociales.

2.- Preguntarse por el sentido de la vida, de “mi” vida resulta incómodo, molesto porque puede cuestionar mi trayectoria vital y tener que enderezar algún camino no deseable en el que se está instalado. Preguntarse por el sentido de la vida significa “volver sobre sí mismo” para encontrarse en lo que más profundamente somos, en nuestra realidad personal más radical. Es responder a una pregunta inquietante: ¿Quién soy? Obviamente, una sociedad atolondrada, distraída con “otras cosas” como la nuestra no tiene tiempo para hacerse este tipo de preguntas y rechaza planteamientos que resulten desestabilizadores, incómodos para su situación confortable.

3.- Todas las formas de vida existentes tienen un sentido, una dirección: existen para dar vida a otros seres. Toda vida existente se transforma en vida para otros seres. Esta dinámica es la fuerza que mantiene viva la naturaleza. Nada puede vivir sin la aportación de vida de otros seres. Toda forma de vida es una cadena ininterrumpida de interdependencia entre innumerables formas de vida. En la naturaleza viva hay un sentido, una dirección, un camino hacia la vida. Crear vida, vivir para dar vida, esta es la finalidad de todo ser vivo. Y ninguna vida se pierde. La muerte no es el punto final de la vida, no es una situación de término. En la muerte no acaba todo. Con ella empieza otra u otras formas de vida en otros seres vivos. Todo el mundo vivo es una gigantesca sinfonía de innumerables formas de vida que se perpetúan, transformándose, en otras formas de vida. Todo está llamado a la vida y tiende a la vida. Nada nace para morir, sino para comenzar algo nuevo. Aplicado al ser humano, H. Arendt escribe: “El hombre, aunque ha de morir, no ha nacido para eso, sino para comenzar algo nuevo”.

4.-También los humanos, en tanto seres vivos, estamos llamados a la vida, a dar vida a otros seres vivos. Tenemos un sentido y una dirección hacia la vida. Nos viene dado por la naturaleza, no es buscado, ni conquistado con nuestro esfuerzo. Nacemos, venimos a la vida para eso, para dar vida. Pero a diferencia de los otros animales, los humanos hacemos, construimos y proyectamos nuestra vida, no sólo “tenemos” vida. Para los humanos, en un sentido antropológico, la vida no se nos da, la tenemos que hacer, la tenemos que proyectar y construir. La vida para los humanos es un “quehacer”, una tarea, en expresión de Ortega y Gasset. Y en este “quehacer” gastamos toda nuestra vida. Este “quehacer”, es decir, nuestra vida humana puede tener direcciones distintas:

 4.1.- La negación del otro: Gran parte de nuestras conductas tienen una repercusión social, afectan al conjunto de la sociedad o a parte de ésta. Nuestras conductas pueden dañar las relaciones entre los seres humanos, pueden obstaculizar la convivencia y el desarrollo personal y social de los miembros de nuestra comunidad. Este tipo de conductas no construyen, no facilitan la creación de formas de vida humanas. La negación del otro significa destruir los lazos humanos que nos unen con los demás. Negar al otro es romper la comunión (solidaridad) humana que permite el desarrollo de las potencialidades personales de cada miembro de una comunidad. Sin el otro no me puedo desarrollar y crecer como humano. Dependo de los otros para vivir y ejercer de humano, es decir, para vivir como persona. Cuando se niega al otro, no sólo impido su crecimiento personal, sino también el mio. El ser humano, en su raíz más profunda, es comunicación, diálogo, apertura al otro (Buber). Es un ser “vertido” al otro (Zubiri). Sin el “otro” el ser humano es una ficción.

 4.2.- La indiferencia hacia el otro: Es una forma calculada de negar al otro. La vida de cualquier persona, en sus distintas manifestaciones, no me puede ser indiferente. Ser indiferente o ajeno a la suerte del otro es negar mi propia carne, porque el “otro”, aun a mi pesar, forma parte inseparable de mí, siempre es pregunta para mí, y pregunta que no me la puedo quitar de encima. Cerrar los ojos ante el sufrimiento de tantos inocentes es negar su dignidad, es negar su existencia. Y todos somos, muchas veces, a lo largo de nuestra vida “huérfanos y viudas” necesitados del reconocimiento de nuestra dignidad y de acogida. Los ojos tristes de un niño nos trastorna, nos saca de nuestra indiferencia, “nos saca de quicio”. El rostro de una persona hambrienta, injustamente tratada, humillada y expoliada de su dignidad es una acusación y una denuncia a nuestro bienestar.

 4.3.- La afirmación del otro: Significa “salir de sí, del propio yo” para encontrarse con el otro. Es la búsqueda desinteresada del bien del otro. Es comunión, encuentro, acogida. Afirmar al otro, reconocerlo en su dignidad, acogerlo, es llamarlo a la vida, darle vida. Si queréis una explicación de qué significa la “afirmación del otro”, la encontramos en la educación:

 Se educa: a) cuando el educador renuncia a su “yo” para que el educando (el otro) sea “alguien” (persona) y no un objeto manipulado; b) cuando el educador busca incesantemente formas nuevas en las que la vida de cada educando se pueda plasmar, y no la repetición de modelos de vida preestablecidos; c) cuando el educador entiende su acción educadora como una ayuda y orientación al educando en un camino que le lleva a una meta no impuesta; d) cuando el educador sabe estar presente y desaparecer de la vida del educando en el momento oportuno.

La afirmación del otro sólo es posible por amor, por la renuncia y el sacrificio; como la educación misma sólo se entiende como un acto profundo de amor. Sólo se educa cuando se ama. Y sólo se afirma al otro cuando uno se despoja de sí, se abaja para vestir al otro de dignidad (Levinas).

 5.- Si reflexionamos sobre el sentido de la vida se ve que éste se resuelve en un proceso de muerte-vida. No hay vida para los otros si antes no hay muerte en uno mismo. Pero la muerte no es el final de un proceso, da lugar a otras formas de vida. Si aplicamos este principio natural a la vida social, se llega a la misma conclusión. La construcción de una sociedad que permita el desarrollo de las potencialidades humanas exige el reconocimiento de los derechos de todas las personas y la aplicación de políticas sociales que hagan posible el ejercicio práctico de esos derechos. No hay vida justa sin renuncia y sacrificio, sin respeto a los derechos de los demás. No hay convivencia humana, sin solidaridad y compasión, sin complicarnos la vida para el bien de los otros nuestros prójimos. No hay vida social humana (digna del hombre) sin renuncia y sacrificio de los intereses individuales (particulares) en beneficio de los intereses comunes. De nuevo el principio muerte-vida. El sentido de la vida natural y social está orientado al bien, a la vida de los otros. Todo está orientado y llamado a la vida.

 6.- Quisiera hacer, en último lugar, una aplicación del sentido de la vida al ámbito de la fe cristiana. La mejor expresión de este sentido de la vida la encontramos en la experiencia de vida de Jesús de Nazaret. Toda su vida fue renuncia y entrega por amor. No vivió para sí, sino para los demás. También en Jesús de Nazaret se cumple ese principio natural de muerte-vida. No nos dio, ni nos trazó otro camino distinto al que Él mismo recorrió. Vivió amando, afirmando al otro; y murió reconociendo y perdonando al otro, a los otros. Perdió su vida para dar vida a los demás. Sólo así encontró y recuperó de nuevo su vida. “Si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda él sólo; pero si muere, da mucho fruto”, dice Jesús (Jn. 12, 24). Y también lo afirma con estas palabras: “Quien quiera salvar su vida, la perderá, pero quien pierda su vida por mí, la encontrará” (Mt 16, 25). Cuando los cristianos celebramos la Eucaristía participamos todos de un mismo pan que se ha partido, roto en pedazos. Es el sacramento de la entrega y de la comunión entre todos. Y de nuevo se hace presente el principio muerte (renuncia) y vida (amor), también en el ámbito de la fe.

7.- La vida para los cristianos tiene un destino que trasciende la historia y se instala en el “tiempo” de Dios. Se inscribe en el misterio del Resucitado, del Viviente. No caminamos hacia la nada, sino a la Vida en plenitud. Formamos parte de esa maravillosa sinfonía del conjunto del Universo que proclama el triunfo de la Vida sobre la Muerte. La Fuerza de Dios penetra hasta el último átomo de la materia para darle Vida. Nada escapa a su asombroso dinamismo. Nadie mejor que Teilhard de Chardin, en Himno del Universo, ha interpretado el himno a Cristo, Señor de la Vida, en la Carta a los Colosenses, 1, 12-20. Dice así:

“Ya está. Una vez más el Fuego ha penetrado la Tierra. No ha caído estrepitosamente, como un rayo sobre las montañas. ¿Acaso el Dueño tiene que forzar las puertas para entrar en su casa? Sin seísmos, sin truenos, aparece la llama que ha iluminado todas las cosas por dentro. Desde el corazón del menor de los átomos hasta la energía de las leyes más universales, ha invadido con total naturalidad a cada individuo en su conjunto, a cada elemento, cada patrón, cada unión de nuestro Cosmos, tanto que podría creerse  que éste se ha incendiado espontáneamente. En cada njueva Humanidad que hoy se engendra, el Verbo ha prolonghado el acto sin fin de su nacimiento y, por su in mersión en el seno del Mundo, las grandes aguas de la Materia, sin escalofrío, han sido cargadas de Vida… el Universo, inmensa Hostia, se ha incendiado”.

Preguntarnos por el sentido de la vida, pararnos en la mitad del camino en esta sociedad acosada por la necesidad de la producción a toda  costa, independientemente de las creencias religiosas que cada uno tenga, nos puede ayudar a dar a nuestra vida más intensidad, más verdad; a despertar del letargo que la sociedad del ruido produce en nuestra vida. Nos puede ayudar a entender la vida como un “quehacer”, una tarea que debemos cumplir, a no vivir “de prisa y de prestado”; a sabernos nómadas, viajeros hacia a algún destino que sólo podemos vislumbrar en medio de la incertidumbre. Nos puede ayudar a entender la vida como un regalo, como un don que debemos compartir. Nuestra vida encuentra sentido sólo si la entendemos y la vivimos como un don que debemos compartir, como algo que no nos pertenece, que la hemos recibido para darla, y darla desinteresadamente.

 

 

 

 

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