IV CUARESMA (B)

Del Evangelio según San Juan 3,14-21.

En aquel tiempo dijo Jesús a Nicodemo: —Lo mismo que Moisés elevó la serpiente en el desierto, así tiene que ser elevado el Hijo del hombre, para que todo el que cree en él tenga vida eterna. Porque tanto amó Dios al mundo, que entregó a su Unigénito, para que todo el que cree en él no perezca, sino que tenga vida eterna. Porque Dios no envió a su Hijo al mundo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por él. El que cree en él no será juzgado; el que no cree ya está juzgado, porque no ha creído en el nombre del Unigénito de Dios. Este es el juicio: que la luz vino al mundo, y los hombres prefirieron la tiniebla a la luz, porque sus obras eran malas. Pues todo el que obra el mal detesta la luz, y no se acerca a la luz, para no verse acusado por sus obras. En cambio, el que obra la verdad se acerca a la luz, para que se vea que sus obras están hechas según Dios».

1.- En el libro de los Números se nos cuenta que cuando los judíos huidos de Egipto atravesaban el desierto del Sinaí, no sólo les faltó pan y agua, sino también les atacaron serpientes. Entonces «Moisés hizo una serpiente de bronce y la colocó en un estandarte. Cuando una serpiente mordía a uno, éste miraba a la serpiente de bronce y quedaba curado» (Núm 21,9). La serpiente en la enseña es sustituida por Jesús en la cruz, nos dice el Evangelista. A continuación Jesús explica a Nicodemo una relación nueva con Dios, que es una relación muy diferente de la establecida por la Ley o plasmada en los sacrificios ofrecidos en el templo de Jerusalén, cuyo significado se ha encargado Jesús de inutilizar al expulsar a los cambistas y mercaderes del templo

2.- Dice Jesús que Dios es un Padre; que Dios es Creador, y lo es por el amor; es su amor lo que le ha hecho salir de sí para crear criaturas felices. Dios es totalmente diferente de la creación, pero la hace a su imagen y semejanza, para que la persona, devolviéndole el amor por el que ha sido creada, pueda mantenerse ligada a su origen amoroso. Pero además Dios es el salvador, salvación que promete en el mismo instante en el que la criatura decide alejarse o enfrentarse a Él. Dios no se venga y extirpa a la criatura de la tierra. Dios la quiere salvar, porque no puede dejar de amarla. Por eso envía al mundo lo más preciado que tiene: su Hijo. No salva por medio de interpuestas personas, o por espíritus puros, sino por quien fueron creadas todas las cosas, por quien puede reconocer nuestra creación e identidad humana. De ahí que no dudara en entregar la vida por nosotros.— La condición que pone el Señor para salvarnos es mirar a Jesús, que significa creer en Jesús. Y creer en Jesús es establecer unas relaciones fraternas por las que adquirimos una vida nueva, o como gusta decir al Evangelista, tener una vida eterna, que es asumir y poner en práctica el amor del Señor por el que ha enviado a su Hijo al mundo, que es amar al Señor y amar a los hermanos como Jesús los ha amado. Esto es vivir aquí, en la historia, y allí, en la eternidad.

3.- Pero no podemos perder de vista la libertad humana, el don más preciado que el Señor nos regaló cuando nos creó. Nos hizo libres para que pudiéramos amar. Sin libertad es imposible corresponder en amor al Señor de una manera personal. Los esclavos no aman, se someten. Al ser libres, tenemos la posibilidad de mirar hacia otro lado; de no reconocer a Jesús como salvador en la cruz, y estar sumergidos en las corrientes del mal que nuestra cultura, los ambientes sociales, los medios de comunicación crean de una forma artificial, para ganar más, para gastar más, para que seamos felices desde los principios y dimensiones que ellos han establecido desde su poder omnímodo, dándonos una mínima participación de su disfrute. Porque la vida nos la hacen entender como poder, poder que da la posesión de cosas, del dinero. Y la dignidad y felicidad humanas tienen otras bases y caminan por otras sendas.

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