MISA

Pasión de nuestro Señor Jesucristo según San Marcos 14,1-47

1.-  Jesús es el siervo y justo sufriente que, según las Escrituras, obedece la voluntad de Dios acatando hasta el máximo de sus fuerzas el proyecto de salvación (cf Mc 14,36); se siente traicionado por sus discípulos y abandonado por todos, incluso por Dios (cf Mc 15,34); bebe el cáliz del dolor hasta extremos inconcebibles a la dignidad humana (cf Mc 15,36). Pero, a la vez, Jesús muestra un señorío y una majestad que está más allá de los límites de la naturaleza humana, porque es capaz de prever su pasión (cf Mc 8,31) y encuadrarla en el marco de la voluntad divina ordenada con precisión para él en la historia (cf Mc 14,7-8; 13-15). Se confiesa como Mesías, Hijo de Dios y Señor (cf Mc 14,61-62). En fin, él domina todos los acontecimientos que le afectan y afronta la muerte con libertad (cf Jn 8,42). Es el Rey (cf Jn 18,37). Todo lo que le sucede está diseñado por Dios. Nada ocurre al azar, o por libre voluntad humana. Con la muerte cumple la misión que le encomienda el Padre y para la que ha venido a este mundo (cf Jn 1,14), y vuelve a la gloria que le pertenece (cf Jn 12,12-6).

2.– «Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen» (Lc 23,34). Jesús ora por los que le han crucificado, es decir, por los soldados y verdugos que tiene a su alrededor y ahora vigilan para que se cumpla la sentencia. Ora también al Padre por los que han sido responsables de su muerte, Pilato (cf Lc 23,24), los sumos sacerdotes y los escribas (cf 23,13.21.23), todos simbolizados en la ciudad santa de Jerusalén. Antes Jesús la acusa de que «mata a los profetas y apedrea a los enviados» (Lc 13,34); y, por la violencia que anida en sus habitantes, sentencia: «… si reconocieras hoy lo que conduce a la paz. Pero ahora está oculto a tus ojos» (Lc 19,42). Todos ellos ignoran a quién han llevado a la cruz, según afirman Pedro y Pablo en sus primeras predicaciones (cf Hech 3,17; 13,27), ellos que también han tenido su pequeña historia de traición y persecución al Hijo de Dios (cf Lc 22,54-62; Hech 26,9).

3.-Jesús en esta súplica al Padre es coherente con lo que ha enseñado en su ministerio. Ha revelado al Dios del perdón y de la reconciliación (Lc 15), al Dios que toma una postura decidida de misericordia por el pecador antes de contemplar su conversión, como en el caso del hijo pródigo (Lc 15,20). Jesús ha transmitido la actitud de Dios practicando la misericordia a lo largo de su vida pública, cuando perdona los pecados al paralítico (Lc 5,20), o a la pecadora que le visita en casa del fariseo (Lc 7,47). Se ha expuesto más arriba no sólo la abolición de la ley de la venganza, o el poco mérito de la correspondencia al amor recibido u ofrecido entre amigos y familiares (Lc 6,32), sino también el exceso de amor que pide a los que le siguen: «Amad a vuestros enemigos, haced bien a los que os odian, bendecid a los que os maldicen, rogad por los que os calumnian» (Lc 6,27-28). Actitud que permanece en la comunidad cristiana en los mártires que, ante el suplicio, oran por sus enemigos, como Esteban y Santiago, el hermano del Señor: «Señor, no les imputes este pecado» (Hech 7,60); Santiago se dirige al Padre, como Jesús: «Yo te lo pido, Señor, Dios Padre: perdónalos, porque no saben lo que hacen» (Eusebio de Cesarea, HE, II 23 16, 110).

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