Pasión de nuestro Señor Jesucristo según San Marcos 14,1-47

1.-Ni los hechos ni los dichos de Jesús, por más que reforman y ofrecen aspectos nuevos de la religión judía de su tiempo, entrañan por sí mismos un riesgo para su vida, y mucho menos para que tenga un final tan trágico. Porque la vida de Jesús termina mal. Los responsables religiosos de Israel comprenden en un determinado momento, sobre todo con la presencia de Jesús en Jerusalén, que éste puede romper la paz establecida entre Roma y la aristocracia del pueblo. Para silenciar el mensaje creen indispensable acabar con el mensajero. Entonces elaboran una fina estrategia habida cuenta del estilo de gobierno fundado en un Estado de derecho que Roma lleva en Judea. Y los sumos sacerdotes vencen a Jesús y a sus discípulos.

2.– Los relatos evangélicos de la pasión y muerte reflejan dos niveles de comprensión distintos y están divididos en cuatro bloques bien delimitados: arresto, proceso judío, proceso romano y muerte. El primer nivel ofrece un interés muy especial por las últimas horas de la vida de Jesús, lo que obliga a que todo lo que le sucede se ordene de una manera que no ha aflorado en el ministerio por Palestina. Dos días antes de la Pascua se busca el motivo de su condena (cf Mc 14,1); en la víspera de la Pascua Jesús envía a dos discípulos para preparar la Cena (cf Mc 14,12ss); la celebra con los Doce al anochecer (cf Mc 14,17); Pedro niega a Jesús al canto del gallo (cf Mc 14,68-72); muy de mañana comienza el proceso romano (cf Mc 15,1); Jesús muere hacia las tres de la tarde (cf Mc 15,34-37) y es enterrado al caer la tarde (cf Mc 15,42-46).

La precisión cronológica se acompaña con la mención de los lugares. Los hechos acontecen en la ciudad santa de Jerusalén: sufre la agonía y es arrestado en Getsemaní (cf Mc 14,32-49); se le instruye el sumario en la residencia del sumo sacerdote y se le procesa y condena en el antiguo palacio de Herodes el Grande en la capital (cf Mc 14,53-15,1); se le crucifica en el Gólgota (cf Mc 15,22ss) y se le entierra en un lugar cercano (cf Mc 15,46).

A esto se unen los personajes que aparecen en este tiempo final de su vida. Los Doce, con el protagonismo de Pedro (cf Mc 14,66-72) y de Judas (cf Mc 14,20-21.43-45); los sumos sacerdotes, entre los que destacan Anás y Caifás (cf Jn 18,13); las autoridades civiles: Pilato (cf Mc 15,1-15) y Herodes (cf Lc 23,8-12); personas singulares como Barrabás (cf Mc 15,7), Simón de Cirene (cf Mc 15,21), José de Arimatea (cf Mc 15,43), o anónimos como el centurión (cf Mc 15,39), el buen ladrón (cf Lc 23,40-43); o colectivos como los criados y guardias de los sumos sacerdotes (cf Mc 14,43.65), los testigos (cf Mc 14,56-59), los soldados (cf Mc 15,16-20), los verdugos (cf Mc 15,36), los crucificados (cf Mc 15,27.32), un grupo de mujeres que lamentan su estado (cf Lc 23,27), las seguidoras cuyos nombres varían de un Evangelio a otro, situadas a distancia (cf Mc 15,40-41), o al pie de la cruz, en donde Juan nombra a su madre, a la hermana de su madre, María de Cleofás, María Magdalena y al discípulo amado (cf Mc 19,25-27). Todos ellos pertenecientes a un pueblo que exige su muerte (cf Mc 15,8-15), o por el contrario se pasma y arrepiente de lo ocurrido con Jesús después de verlo morir en cruz (cf Lc 23,48).

3.-  Las horas y los días, los lugares y las personas históricas, o los acontecimientos redactados por los evangelistas en favor o en contra de Jesús los elevan las tradiciones sobre la pasión a otro nivel mucho más valioso para los creyentes.

Las interpretaciones de la pasión y muerte, fundadas en la Escritura (arresto de Jesús), reflexionadas al calor del culto (Última Cena), recordadas con el fin de aleccionar a los discípulos de Jesús de todos los tiempos (negaciones de Pedro), escritas con tintes apologéticos (la culpabilidad de los judíos) y confesadas por la experiencia de la Resurrección, se abren paso en las comunidades cristianas ante la evidencia histórica de su crucifixión. Entonces podemos identificarnos con Jesús y recibir de él la adecuada respuesta y experiencia cuando sentimos a Dios lejano, cuando no nos comprenden la familia y los amigos, cuando percibimos que nuestra vida no ha resultado válida ni para los demás ni para nosotros mismos; cuando creemos que todo y todos se nos vuelven en contra. No olvidemos que fueron las instituciones religiosas y políticas las que segaron la vida y doctrina de Jesús; Dios no estaba ausente: estaba sufriendo con él. Porque al resucitarlo de entre los muertos, sabemos que estaba con él, como está con cada uno de nosotros cuando vivimos las mismas situaciones que Jesús.

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