Lutero. Una vida delante de Dios

       Rafael Lazcano

Hace cinco siglos que se inicia la Reforma en Alemania por Martín Lutero con su escrito de las 95 tesis. R. Lazcano, agustino, que  es autor de una Biografía de Martín Lutero (1483-1546), entrelaza la vida de Lutero con la génesis de sus posiciones más destacadas en el ámbito de la fe y de la doctrina, fundadas en la Sagrada Escritura. El estudio lo desarrolla en 38 breves capítulos, completándolos con 26 nombres que tienen una relación importante en la vida del Reformador: desde su mujer a los teólogos católicos y protestantes que le obligan profundizar en su pensamiento y actitudes cristianas.

Comienza la obra con la situación del Imperio Germánico a finales del siglo XV; sigue el nacimiento, educación y estudios de Arte y Derecho en Erfurt de Lutero y su posterior ingreso a la Orden de San Agustín en 1505. Es aquí, en la vida religiosa agustiniana, cuando se gesta su pensamiento sobre la justificación sin las obras, visto el escaso resultado que tiene para la extirpación del pecado desde la observancia de los caminos de perfección, que indican las normas de la observancia agustiniana. En Wittenberg, en el año1512,  alcanza los máximos grados académicos, doctorado y profesorado, y al año siguiente es designado como profesor ordinario de Escritura. Explica los Salmos —Dictado sobre el Salterio— según los cuatro sentidos bíblicos: literal, alegórico, moral y anagógico, citando a Agustín, Casiodoro, Nicolás de Lira, etc. Lleva un trabajo intenso como superior, profesor, predicador, observancia regular, etc. Sin embargo, no progresa en sus sentimientos y actitudes cristianas, a pesar de creerse un religioso ejemplar. Tiene una experiencia intensa, una intuición o iluminación  conceptual en la torre del convento donde reside, que es su lugar de estudio:  la justificación por la fe de Pablo (cf Rom 1,17), al margen de la justificación por las obras humanas. La salvación viene por la fe en Dios: el que realmente salva. Es una nueva experiencia en la que descansa interiormente al no fijar la salvación en su exclusivo esfuerzo personal.

Es nombrado Vicario de once conventos agustinos esparcidos entre Turingia y Misnia. Sigue estudiando a San Pablo a través de los escritos antipelagianos de San Agustín; adapta los escritos paulinos a su experiencia personal religiosa, dejando al margen la exégesis de los textos en sí mismos contemplados. Y, en este sentido, escribe sus comentarios a los Romanos y a los Gálatas, apartándose de los textos de Aristóteles y del Nominalismo, entregándose por entero a la teología paulina desde el pensamiento agustiniano. En 1517 escribe las 95 tesis en una carta intitulada Cuestionamiento del poder y eficacia de las indulgencias, dirigida al arzobispo Alberto de Maguncia y Magdeburgo, con ocasión de una indulgencia concedida por el papa León X en favor de la construcción de la basílica de San Pedro de Roma. Rápidamente se extendieron.  Arropado por Federico el Sabio, elector de Sajonia, no teme el juicio de los teólogos de Roma, que exigen su retractación sobre la doctrina de las indulgencias y de la autoridad del Romano Pontífice. Se formalizan dos bandos, a favor de Lutero unos y otros del Papa, bandos que cada vez son más irreconciliables. Con todo, no pasa por su cabeza la salida de la Iglesia, sino establecer el principio de que la Sagrada Escritura está por encima de ella.

Abre otra puerta de reflexión teológica en el edificio que va construyendo sobre la justificación: es sobre la teología de la cruz de Cristo en oposición a la teología de la gloria (Heidelberg 1518) y la profundización de la salvación por la fe sola en su Comentario a los Hebreos (1517-1518). Los acontecimientos se suceden con rapidez y sin capacidad de encuentro entre Roma y Lutero: La Dieta de Augsburgo (1518), a la que solicita Lutero que sea procesado en Alemania y no en Roma. Compadece ante el cardenal Cayetano Tomás Vío en el palacio del príncipe Federico de Sajonia y le pide al reformador que se arrepienta de sus errores; no volver a defenderlos y no enseñar más dichas doctrinas, sobre todo las tesis 7 —justificación por la sola fe— y la 58 —el Papa no puede disponer del tesoro espiritual de la Iglesia, constituido por los méritos de Cristo y de los Santos. En dos encuentros sucesivos, Lutero se mantiene en la superioridad de la Sagrada Escritura y que la autoridad del Papa es inferior a la del Concilio. Federico de Sajonia se pone de parte de Lutero, argumentando que él no niega discutir con otras universidades y otros doctores la veracidad de su doctrina y, por tanto, no se le debe considerar hereje mientras no se demuestre sus errores desde los textos bíblicos.

Lutero sigue sus ataques a la Iglesia de Roma afirmando que el primado del Papa no es de derecho divino, ni la Iglesia de Roma es superior a las demás iglesias, y se dedica en cuerpo y alma a escribir, sobre todo en lengua alemana para llegar a la mayor parte de los creyentes. Se profundiza la zanja entre Lutero y Roma en el plano teológico y político. Cada vez más se une la nobleza alemana al Reformador contra Roma, que le dirige el escrito: A la nobleza cristiana de la nación alemana, en la que afirma el triple estructura de Roma: el sacerdocio ministerial en vez del sacerdocio común recibido por todos en el bautismo; rechazo del magisterio supremo del Papa y de la infabilidad de la Iglesia Jerárquica; y la necesidad de actuar contra el Papa por creerse estar por encima de la Escritura. Estamos en 1520 en el que propone en 27 puntos para mejorar de la situación social y religiosa de Alemania. A ello se une la reforma de los sacramentos, de los votos religiosos, su matrimonio con Catalina de Bora. Por otro lado, está la excomunión de Lutero y sus seguidores con la bula Decet Romanum Pontificem (1521) , la Dieta de Worms (1521), donde Lutero ya se cree el profeta de la verdadera Palabra del Señor, siendo el Papa el anticristo; la guerra contra los campesinos (1525) y su muerte en Eisleben el día 18 de febrero de 1546.

El autor termina la vida y doctrina de Lutero, muy bien relacionadas, con unas páginas dedicadas al nuevo ecumenismo, que debe tener en cuenta, al menos con los luteranos, estas líneas de actuación: dejar atrás los modelos confesionales pasados; aproximación a las inquietudes religiosas de Lutero; no se puede olvidar su conciencia, nacida de su religiosidad agustiniana, del individuo, de su dignidad e identidad con relación a la sociedad y la cultura; es pensar y sentir la fe desde sí mismo y ante Dios (236-237); relacionarse las confesiones ante el desafío del secularismo occidental; potenciar las verdades comunes y la unidad cristiana, salvando las legítimas diferencias en hábitos, estilos de vida y tradiciones religiosas cristianas. Un ensayo precioso.

                                               Editorial San Pablo

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