SAN BUENAVENTURA

V

  Espiritualidad

San Francisco fue su radicalismo evangélico, concretado en el amor a la pobreza, al desasimiento de las cosas de este mundo y, a la vez, al vacío interior que la persona debe crear para poder abrirse a Dios a fin de que le plenifique desde su donación personal gratuita. La gracia como relación de amor de Dios con el hombre, lleva consigo la extrema pobreza, humana, el alejamiento de toda la realidad que pueda interponerse en nuestra vida como un poder sobre el cual puedan descansar nuestras decisiones y valores. Si Dios nos ha creado pobres, es para descender él hasta la pobreza del hombre.

Esto, sin embargo, lleva consigo otra visión de la naturaleza creada. Ya no es una realidad que debamos dominar o explotar en orden a nuestros intereses productivos al margen o contra la propia naturaleza, sino que al captar desde nuestra fe el poder, la sabiduría y la bondad del Creador, podemos preguntarnos entonces lo que somos nosotros. Seremos tinieblas frente a la luz. Pues Dios ha creado el mejor de los mundos, pero por desgracia estamos estructurados de sí y de no a la vez. Es decir, de pecado y gracia. Es como si viéramos desde el mar la orilla de la playa para, desde allí, adentramos en el vergel del paraíso. Y sin embargo cuando intentamos alcanzarla nunca logramos desembarcar. Aparece ahí un impedimento radical que obstaculiza el hecho de nuestra felicidad por nuestras propias fuerzas.

Por esto necesitamos de Dios. Por esto somos mendigos de la gracia, de la ayuda y presencia divinas para saber estar y ser en el mundo a fin de disfrutarlo como “hijo” también de Dios y lograr hermanamos con todas las criaturas para formar la gran fraternidad que es la vida de la creación. Reconociéndonos pobres —es todo lo que Dios exige de nosotros—, es decir, dependientes de Él, nos abrimos a todo lo que Él es.

¿Por qué Dios ha querido todo esto? ¿Por qué ha querido esta inconmensurable difusión de su vida a través de la creación, a través del hombre? ¿Por qué Dios desea nuestra pobreza y desasimiento de las cosas?

La única respuesta es que «Dios es amor» (1Jn 4,8.16). La cima de su amor, sin embargo, no está en la creación, sino en la vida de su hijo Jesucristo, que se vació de su gloria divina para nuestra salvación (cf Flp 2,7). «Si Dios nos ha creado pobres, es para descender él, Altísimo, hasta la pobreza del hombre, para ocupar el último puesto, permanecer siendo el Altísimo, y manifestar así su gloria en medio de los hombres». Con esta frase,

San Buenaventura nos enlaza con la historia de Jesús quien es el que nos encamina a Dios y a alcanzar la auténtica humanidad. Viene a decimos que, ciertamente, Dios ha creado el mundo para revelar su grandeza y belleza, que solamente se pueden contemplar desde el amor, desde Él mismo. Pero más es Dios en su Hijo engendrado, en su Hijo encarnado, que al hacerse uno como nosotros, puede dialogar, participar y comprender más nuestra vida, nuestra vida de pobreza e indigencia. De ahí esta afirmación del Dr. Seráfico: «Todo está manifestado en la cruz». Entonces, Jesús, Dios hecho hombre, ha conquistado en esta incomprensible pobreza, el derecho de ser nuestro interlocutor en un diálogo donde ya no se sabe quién es el más pobre.

En la historia de un mundo en construcción, Dios se abandona, así sin defensa, colocando al hombre en la posición del más rico, de aquel que puede dar. Por eso cuando Él se incrusta en los más pobres —«Os aseguro que cada vez que lo hicisteis con uno de éstos mis humildes hermanos, conmigo lo hicisteis» (Mt 25,40)— hace que nos demos a él, que haga que saquemos lo mejor de nosotros mismos, que es la bondad, y así pueda iniciarse una corriente de amor en medio de las necesidades de los hombres para que aparezca ese movimiento de vida en la creación, que, en definitiva, sería Dios en nuestra historia.

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