La revolución de Jesús. El proyecto del Reino de Dios.

                                                                                Bernardo Pérez Andreo

 

Francisco Martínez Fresneda
Instituto Teológico de Murcia OFM
Pontificia Universidad Antonianum

El profesor Pérez Andreo escribe una «historia» de Jesús de Nazaret que está en la línea de sus obras Descodificando a Jesús de Nazaret (Barcelona 2009) y de los últimos textos como No podéis servir a dos amos (Barcelona 2013), La sociedad del escándalo (Bilbao 2016), La  corrupción no se perdona (Madrid 2017), etc. Entiende por «revolución» la transformación social y la transformación personal. Cuando las revoluciones se centran exclusivamente en el ámbito de los que es común a los hombres, a las estructuras, a las instituciones, la historia ha demostrado que las cosas cambian de lugar, pero las personas y la sociedad siguen lo mismo. Hay cambio, pero no progreso, ni humanización, ni transformación de la existencia humana a partir de los modelos universales que ofrecen las interpretaciones neotestamentarias, y que nacen con el acontecimiento que llamamos Jesús (cf Hech 10,37). Junto a ello, la revolución de Jesús integra de una manera equilibrada el don de Dios y el esfuerzo humano, experiencia que hay que realzar debido a los cinco siglos que han vivido católicos y evangélicos, rezando un Credo parcial, al menos en sus acentuaciones fundamentales. Se ha olvidado por mucho tiempo la célebre frase paulina: «Pues nosotros mantenemos la esperanza de la justicia por el Espíritu y desde la fe; porque en Cristo nada valen la circuncisión o la incircuncisión, sino la fe que actúa por el amor» (Gal 5,5-6). El texto gira entorno al tema central de la predicación y vida de Jesús: el Reino de Dios. No describe su contenido, sino analiza las consecuencias revolucionarias que supone para el pueblo que le escucha, consecuencias que abarcan, como hemos dicho, la dimensión social, personal; pero dichas consecuencias también van más allá de los límites espacio temporales de Jesús: inciden en las personas de todos los tiempos.

Dicho esto, la obra desgrana las partes más significativas de la vida y doctrina de Jesús narrada en los Evangelios. Después de concretar la situación económica, política, social y religiosa en tiempos de Jesús, con las que se modela su conciencia, anota el texto, a propósito de su trabajo como técnico de la madera, el hierro y la piedra, la estructura social de aquel entonces. La tríada poder-prestigio-privilegio recae en un 5% de la sociedad —los que gobiernan—, los restantes, de más a menos según disponibilidad de bienes, son los comerciantes, campesinos, los artesanos, impuros, degradados y prescindibles. Naturalmente, la mayoría alejados del poder. Jesús pertenece a los artesanos —10% de la sociedad. Pero la aparición de Jesús, nacido de una virgen, introduce una estructura de gracia y misericordia dentro del orden de violencia que mantiene el Imperio, como los imperios anteriores que sometieron al pueblo de Dios. Y dominan al pueblo por medio de la deuda que generan los impuestos, manteniendo empobrecida y sometida a la población. La conciencia de Jesús se va formando por la historia de Israel generada por el Dios del amor y la misericordia que libera a su pueblo de la esclavitud de Egipto, por la opresión del Imperio Romano y por su familia que le educa en la liberación de los pobres (cf María, Lc 1,52).

Jesús se inicia en la escuela de Juan Bautista, que prepara los caminos del Señor y señala a Jesús como su Hijo, que se mueve de nuevo en favor de su pueblo. Decapitado Juan por Herodes Antipas, Jesús coge su testigo y revela a Dios con otra perspectiva. El Reino se hace presente y visible a los ojos de todos, porque a los pobres se les anuncia la buena noticia. La misión de Jesús, al contrario que Juan, se desarrolla en los pueblos entorno al lago de Galilea, donde vive la gente, con un lenguaje que inspira confianza y con pruebas evidentes que lo proclamado se introduce realmente en la historia. Es la afirmación de Marcos: «El tiempo se ha cumplido y ya está cerca el Reino de Dios. Convertíos y creed en la buena noticia» (1,15), y Lucas lo sitúa en la sinagoga de Nazaret según la profecía de Isaías, evitando el término venganza: «El Espíritu del Señor está sobre mí, porque me ha ungido para anunciar a los pobres la buena nueva…» (Lc 4,18). La recuperación de la dignidad de los marginados se amplía con los cuatro macarismos de Lucas: pobres, hambrientos, perseguidos e incomprendidos, los que lloran. «Ahora», con Jesús, comienzan su liberación de los opresores, también descritos y proscritos por el Evangelista.

Pero no todo son facilidades para anunciar la buena nueva. Los poderes de este mundo, personificados en Satán, ofrecen a Jesús alternativas a la forma como Dios le indica la revelación del perdón y la misericordia: el poder, la vanidad, servirse de los demás, hacer una señal para demostrar la autenticidad de su vida y doctrina —no les vale la evangelización de los pobres— y la fundación de una Iglesia para servir al poder, siendo querido y alabado por todos (cf Mc 10,42-44), y en abierto contraste con las persecuciones de los poderes religiosos y de su afirmación: «Estoy en medio de vosotros como el que sirve» (Lc 22,27; cf Jn 13,1-11). A las tentaciones se le añade los enfrentamientos con los sumos sacerdotes sobre el templo, la dificultad de que los ricos entren en el Reino, debido a que su reino es el dinero, que no la relación concreta que Dios elije para hacerse presente. Y Jesús explica el Reino  por medio de palabras y acciones que se les ofrece a sus oyentes de una manera tan gráfica y sencilla como una película de dibujos animados. Previamente tiene que cambiar las tradiciones de su pueblo incrustadas en las leyes (cf Mt 5), por eso es acusado de blasfemo, transguesor de la ley (cf Mc 2,1-3,6) e irrespetuoso con el honor debido a una cultura esencialmente patriarcal (cf Mc 3,31-35; Lc 14,26-27), o enemigo de la forma política y económica al uso en su tiempo (cf Mt 17,25). El Reino expresa un contraste entre la soberanía de Dios y los poderes de este mundo y sus injusticias que generan de una manera permanente. Lo dice todo con esta imagen: colocar a un niño en medio de un corro, es lo contrario al reino de este mundo que lo constituyen el poder y el prestigio, o una masculinidad descrita por la agresión sexual, la sagacidad, la virilidad. Los eunucos en un sentido social son signos contra el gobierno opresor de la familia; son aquellos que viven la masculinidad lejos de la opresión y la violencia. Y acoge a publicanos y prostitutas, también marginados e inútiles para la reproducción humana.

Para comprender el Reino hay que cambiar de mentalidad que se nos ha formado para entender la realidad de un forma determinada. Para acoger, devolverle o darle la dignidad a los pobres hay que modelar la conciencia con los paradigmas divinos. Y no es tan fácil, porque los que sostienen el mundo actual poseen los instrumentos de violencia adecuados para someter a las masas y la ideología que estructura el pensamiento con palabras, ideas y creencias al servicio del poder. Baste como ejemplo el gnosticismo que aparece en el siglo II que enseña la huída del mundo y de la historia; desactiva la rebeldía frente a la injusticia, avalando cierta escatología hebrea plasmada en el rico y el pobre Lázaro (cf Lc 16,19-31): en el mundo futuro se cambiarán las tornas. Y todo ello porque este mundo es fruto de los dioses malos. Jesús ofrece una alternativa a esta situación con parábolas. De una forma plástica escoge realidades insignificantes en la vida ordinaria —grano de mostaza; la cizaña plantada por un enemigo del poder; la levadura; el tesoro escondido; la perla— para recrear la realidad por una enseñanza; por una denuncia bien religiosa, bien social, en aquel tiempo estrechamente unidas. Por la parábolas se comprende que el Reino, es un  don, es gratuito y requiere la apertura del corazón de los oyentes. Y una imagen cabal es la invitación que le hace al joven rico con cuatro acciones encadenadas unas a otras que simbolizan el cambio radical de vida; lo opuesto al dinero o a los intereses que ciegan las perspectiva que tiene la existencia: irse, vender bienes, distribuir a los pobres, seguirle. Y seguir a Jesús es alejarse de la cultura elaborada por el poder; marginar las acciones de los poderosos; abrirse a un mundo justo, libre y fraterno diferente a la experiencia cotidiana de la injusticia, la opresión y la paternidad castrante.

En la cultura bíblica la palabra va unida a la acción. Y las parábolas que revelan el Reino están complementadas por acciones, por gestos, por hechos milagrosos. En los evangelios se dan tres tipos de acciones que intentan superar el mal que aflige a la gente: el hambre, la enfermedad y la enfermedad mental o espiritual. La familia nueva que Jesús funda come junta y celebra el Reino con un banquete. Jesús comparte la comida y bebida con los marginados: «… comilón y borracho, amigo de prostitutas y publicanos» (Mt 11,19); e introduce en las comidas elementos distorsionadores de lo que son y representan en el mundo de los justos, los puros y los fieles a las tradiciones de Israel, como la comida  con Simón el fariseo y la pecadora que le limpia los pies, y que, gracias a Jesús, puede acceder a los lugares prohibidos a su condición social proscrita. Los mismo se puede decir de las acciones «poderosas»: los milagros que curan enfermedades físicas y mentales y liberan de la posesión diabólica. Las acciones de Jesús revelan la presencia del Reino de Dios que actúa de una forma decidida contra el reino de los poderes humanos impresos en las culturas que favorecen el mal. Es el contraste del bien y del mal; de la luz y la tiniebla; de Dios y Satán; del bien visto en la sociedad o el proscrito por cualquier causa de los poderes sociales; de Dios y el Imperio —los cerdos con que se alimentan las fuerzas de ocupación romana que forman una legión y se precipitan al mar—, etc., tan caros al lenguaje bíblico.

La pasión, muerte y resurrección terminan  el texto, siguiendo el iter de los Evangelios. Los sumos sacerdotes y fariseos traman un complot para entregar a Jesús a Pilatos. Cambia la causa por la que justifica su vida: de la revelación del Dios de la misericordia y del perdón, ofreciendo un cambio real a todas las dimensiones de la vida humana, a acusarle ante Pilatos de querer hacerse rey y revolucionar pueblo. Jesús muere ofreciendo una alternativa real al poder del Imperio; muere por los pobres y oprimidos; lo crucifican por las estructuras de pecado, que originan el mal social y personal. Es un bandido al estilo de los que se rebelan contra la situación social de desamparo de los campesinos sencillos y humildes, que no un bandido común que se dedica a robar a los demás sus pocas pertenencias;  y, como bandido, lo crucifican, junto a otros bandidos de la misma clase.

El texto termina con la acción de Dios de resucitar a Jesús de Nazaret y  sentarlo a su derecha, como reza el Credo. Dios le introduce en su gloria. Al participar de la dimensión divina es necesaria la fe; de lo contrario sería una reanimación como Jesús hizo con el hijo de la viuda de Naín, la hija de Jairo y Lázaro, y que después murieron de nuevo. Dios da la razón a Jesús en la revelación de su presencia en la historia y creación con la resurrección. Las mujeres son las que hacen el duelo por su muerte en Jerusalén, mientras sus discípulos retoman el trabajo en Galilea. Y son las comunidades formadas por ellas las que conservan sus palabras y sus gestos de partir y repartir el pan; testigo de ello son los dos discípulos desconocidos que caminan a Emaús y simbolizan la estructura de la transmisión de la pervivencia en la historia de Jesús. Los ritos funerarios practicados por mujeres sencillas y doloridas por la muerte del Maestro son los que van conformando las comunidades cristianas antes de formalizarlas los Once. Entonces es cuando se da viso de continuidad al proyecto de Jesús. Sigue estando presente en la historia. Los Once vuelven a Jerusalén y los relatos hacen presente a Jesús, imitándole en sus palabras y sus acciones poderosas. El relato de Marcos (16,1-6), escrito 40 años después de la muerte y resurrección, subraya la identidad del crucificado y el resucitado. De esta manera se resucita su persona y su vida. La resurrección pues recupera para la historia y para el contenido fundamental de la fe el proyecto de Jesús de Nazaret. Por eso la salvación no es un abandono y huída de este mundo; ni un trueque de los condenados de esta vida para ser salvos en la eterna. Es la recuperación y la continuidad del Reino vivido y predicado por Jesús, presente en la comunidades, que conforman la Iglesia. Y estas comunidades deben dar razón de su esperanza dentro de la incomprensión y persecución de judíos de Palestina y paganos del Imperio. Pero en su interior, los cristianos se relacionan como el Señor lo hace con ellos: con ternura y misericordia, sin distinción de raza, lengua, sexo, etc. (cf Gál 3,23-28). Como termina el texto: «El proyecto de Jesús es una revolución. La revolución de Jesús es el proyecto del Reino de Dios  […] Y el modo de actuar de Jesús tiene tres pilares: curar a los enfermos por el orden social, curar al enfermo y sanar el mal social» (241.243).

  El profesor Pérez Andreo ha descrito el programa del Reino con una perspectiva muy centrada en lo que ha sido la norma de la hermenéutica bíblica: recoger la exégesis de los Evangelios sobre el propósito y finalidad de la actuación de Jesús y, desde ellos, analizar la situación colectiva y personal de la historia actual, que en su estructura es la de siempre. Y al contrario. Por la experiencia antropológica y sociológica actual, captar lo que Jesús hace y dice para que su vida siga siendo un proyecto personal y comunitario para los cristianos y para el mundo de hoy. Ha evitado, muy bien, que Jesús sea un personaje del pasado, por un lado, o sea un invento al uso de las necesidades e ideologías actuales, por otro. Así se hace la teología y la reflexión seria sobre Jesús. E incide en la historia actual por tres razones fundamentales: porque Jesús vive en la gloria del Padre, y por el Padre sigue vigente el proyecto durante toda la historia humana; porque Dios ha salido de sí, siendo capaz de decirse y decirnos lo que Él es y lo que somos los humanos en la historia de Jesús. Por último, porque la historia de Jesús, vista desde la dimensión divina, es la única capaz de definir la dignidad humana, proporcionarla a los que no saben que la tienen y recuperarla a los que la han perdido. La filiación divina de Jesús, que funda su humanidad, es la que hace posible su permanencia válida en la historia en las dimensiones dichas.

Otra aportación muy importante de la obra del prof. Pérez Andreo es unir la transformación individual y  colectiva que supone el proyecto de Jesús. Aunque aparentemente tiene más eco el descubrimiento de la mentira institucional que forma parte de nuestra historia, junto a ella se descubre la conciencia humana estructurada por dicha mentira y, por ello, vivir en unas coordenadas equivocadas. Vida nueva, comunidad nueva, al estilo paulino, son los acentos de esta obra, que se aleja de las tres formas de salvación muy presentes en la historia del cristianismo: negar la historia y el mundo—esencialmente malos por ser materia—  para alcanzar la eternidad, que es de naturaleza espiritual;  que sea una realidad solo individual e interior y aceptar las cruces de esta vida sin más, porque se trocarán en gloria en la otra. El Reino comienza la salvación en nuestra historia contemplada como una realidad personal, colectiva e institucional.

Sigue siendo válido todo lo que facilita la comprensión de Jesús. Se ha percibido en el recorrido de la investigación de estos últimos doscientos años. Cualquier hipótesis de trabajo puede aportar algo nuevo para adentrarnos en el Jesús de la historia, aunque resulte precisamente eso, el «Jesús» cuya figura dibujan los historiadores con los métodos literarios e históricos al uso, que no el Jesús terreno o real. Ninguna hipótesis se debe rechazar por principio, por más disparatada que aparezca. Pero, a la vez, hay que defender que ninguna hipótesis debe erigirse en una tesis con carácter absoluto que invalide u oscurezca a todas las demás propuestas. Y vale tanto para la exégesis bíblica como las interpretaciones atropológicas y sociológicas actuales. Por ello, recibimos con gran alegría esta obra, máxime porque proviene de un teólogo muy querido y apreciado por mí y por el Instituto Teológico de Murcia OFM, donde ha sido alumno y ahora es Profesor Ordinario. Pero también él es consciente, como le he enseñado tantas veces, «que hoy por hoy veo a Jesús así; dentro de 40 años quizás tenga otras matices para la sociedad de entonces». Enhorabuena, Profesor. Y a seguir investigando, escribiendo y enseñando.

Para una posición y otra, para que toda teoría tenga visos de validez y no defender una única línea de trabajo, la investigación ha enseñado dos cosas: que deben aplicarse con rigurosidad los criterios de verificación aportados por la literatura y la historia; y aceptar que es muy difícil soslayar que la elaboración de las fuentes está hecha por creyentes en su apreciación, selección, transmisión y utilización. Pero esto no quiere decir que se volatilice a Jesús dentro de la fe, cosa que aparece como una tentación permanente cuando se tiende a minimizar lo que presentan las fuentes sobre el Jesús histórico. Antes al contrario, deberían pensar muchos estudiosos que si la fe de las comunidades ha seleccionado unas palabras y unos hechos de Jesús, indica que quieren fundarla en tales hechos y tales palabras. Por tanto, no es conveniente prescindir de la fe y de la interpretación que ha proporcionado los datos sobre Jesús. Hay que valorar la fe de las primeras comunidades, que no es exactamente la nuestra que selecciona o rechaza. Y hay que contar con dicha fe de una forma crítica, como han enseñado tantos investigadores en el recorrido denso y rico de estos años. Debemos pensar que la fe no crea de ordinario los acontecimientos sobre los que apoya su creencia. Y la tradición oral es un instrumento muy valioso para convencernos de esta última afirmación(156).

 

PPC, Madrid 2018, 261 pp., 14,5 x 22 cm.

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