PEDRO JUAN OLIVI

I

Francisco Martínez Fresneda OFM

1.- Vida

Nació en Sérignan, de la diócesis de Béziers, territorio del Languedoc, hacia el año 1248. Ésta era una zona difícil. La presencia cátara y las luchas contra los albigenses marcaron la vida de unas gentes, que se habían acostumbrado a continuas tensiones sociales y personales. Y en este ambiente creció Pedro Juan Olivi, no obstante se date su entrada a los Franciscanos bien pronto: A los doce años. Después de cursar las enseñanzas básicas, fue enviado al Estudio que la Orden tenía en París. A las orillas del Sena aprende Filosofía y Teología con los grandes Maestros que conformaron el pensamiento franciscano de los orígenes: San Buenaventura, Guillermo de la Mare, Juan Peckam, Mateo de Aquasparta, etc. Es curioso que no alcanzara este gran pensador franciscano el grado de Maestro. Quizá por su carácter independiente, o más bien porque, como se mostró después, era proclive ya a las tendencias radicales que se estaban percibiendo en la Orden sobre el carisma franciscano. Con el grado de Bachiller, volvió a su Provincia para impartir clase en Montepellier.

2.- La Doctrina

En el 1282 Olivi atacó al Gobierno de la Orden, después de ciertas disposiciones habidas en el Capítulo General celebrado en Estrasburgo en ese mismo año. En efecto, él pensaba que los Franciscanos de su tiempo se estaban dedicando a la evangelización de las clases sociales altas y a ocupar puestos eclesiásticos, como obispados, no acordes con el espíritu de San Francisco. De hecho, hubo una reacción de los Profesores Franciscanos contra dos proposiciones de Pedro Juan, que no estaban de acuerdo con la doctrina oficial de la Orden y de la Iglesia, lo que provocó que Mateo de Aquasparta lo enviara a enseñar al convento de la Santa Cruz de Florencia en el año 1287. Pero vuelto a la Provenza, de nuevo empezó su particular lucha contra la relajación de la Orden y de la Iglesia. En esta frase se puede comprobar cómo la experimentaba: «Os pregunto, hermanos, qué he hecho a mi Orden para que mis hermanos y padres me vilipendien por todas partes de la tierra y esté lleno de infamias”. Y es que su gran amor a Cristo, que él lo veía en el seguimiento radical de Francisco de Asís, no se vivía en la Orden franciscana como en los inicios, de forma que recordaba continuamente que ese no era el camino a seguir, por más bendiciones papales que tuvieran los diversos gobiernos de la Orden. De hecho llegó a contraponer la Iglesia espiritual, fiel a Jesús desde la experiencia de fe, y la camal, mezclada con los intereses mundanos del poder y del dinero. Pero tales críticas, como hemos afirmado, no provenían del rechazo herético a las instituciones que conforman la vida cristiana, sino de la manera de vivirlas y servirlas, más propias de los grandes señores, que de los seguidores de Jesús, pobre y crucificado. Estuvo un poco marginado por su radicalidad en entender el seguimiento de Cristo. El hombre necesita de la gracia divina para solucionar los grandes y graves problemas de la vida

El 14 de marzo del año 1292 falleció en el convento de Narbona con fama de santidad ante el pueblo y parte de la Orden. En este tiempo, aún no había sido condenado ninguna obra suya. Más tarde, en 1326, bajo el pontificado de Juan XXII, se condenó su Comentario al Apocalipsis, dejando los restantes escritos como doctrina ortodoxa.

El pensaba que la Filosofía y la Teología debían servir para cumplir las máximas exigencias del Evangelio. Que la doctrina por la doctrina no valía para nada, si no conducía al creyente a una mayor profundización de la fe, y ésta comprobada tanto en la perfección personal de unión con Dios, como en el compromiso por los pobres y marginados. Y la Filosofía, dentro del más  puro estilo medieval, debía someterse  a la Teología en orden a ayudarle a la comprensión racional de las verdades cristianas. En este sentido, participó en el rechazo y condena de ciertas teorías aristotélicas y averroístas en el año 1277. Es gracias a la revelación, no exclusivamente de la razón, como los humanos poseemos la auténtica doctrina sobre Dios, el hombre y el mundo. Por eso decía: «Para saber acercarse a la lectura de los filósofos conviene tener presente aquella frase del j Apóstol que nos enseña . a estar particularmente atentos a cuatro elementos de la filosofía mundana, la falsedad del error, la verdad de la razón, la vanidad de la tradición, la parcialidad o pobreza de la especulación». El hombre, pues, desde sí mismo no puede solucionar los grandes y graves problemas de la vida solamente desde la potencia de su razón, sino que necesita de la gracia divina. Leyendo la marcha de la Orden y de la Iglesia, se ratificaba en la radical inclinación al mal de la persona humana, cuando se aleja de la relación con Dios y se confía a sus fuerzas para hacer el bien y seguir a Cristo.

 

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