PEDRO JUAN OLIVI (II)

1.- La visión del hombre

El hombre es imagen y semejanza de Dios y, por tanto, es el ser privilegiado de la creación, donde se concentran todas las dimensiones que la constituyen. La vida vegetal, sensitiva e intelectiva forman una unidad en él, respetándose las diversas connotaciones, que comportan su cuerpo y alma.

Pero es gracias al nivel racional y de autodeterminación que tiene la persona, como se distancia del mundo animal y llega a ser el señor de todo lo creado. Todavía más: gracias a la voluntad, sede de la libertad, es como alcanza el estatuto humano, querido y deseado por Dios. La libertad, por consiguiente, es el máximo don que Dios le ha dado, y por la que accede a ser la criatura más grande. De forma que un hombre sin libertad es como un animal, y en su más íntima conciencia, debería perderlo todo antes que ser esclavizado.

Pero no es fácil ser libre. En primer lugar, se necesita tener capacidad de autodeterminación. No es libertad, como piensa en la actualidad mucha gente, capacidad de elegir, de forma que cuando más cosas se tengan para escoger, más libre se puede sentir una persona. No es esto la libertad, sino una consecuencia. La libertad es la capacidad de la voluntad de dominar los actos y ser responsable de elaborar un sentido de vida donde todo se pueda encaminar hacia él, sin que instancias externas o internas desvíen hacia concepciones o experiencias humanas que no correspondan a la imagen divina que entraña el hombre. No es, pues, cuestión de gustos o sentimientos. Cosas que repugnan pueden ser beneficiosas, y, por tanto, hay que hacerlas. Y, por el contrario, lo que aparentemente pueda ser más agradable realizar, es necesario rechazarlas, si no van encaminadas a cumplir el proyecto que Dios ha escrito para la criatura. Los instintos hay que dominarlos y ponerlos al servicio de bienes mayores.

De esta manera el hombre es responsable de la historia. El bien y el mal está en nuestras manos, lo que conlleva a luchar por desterrar todo aquello que impide la libertad y esclaviza, como, por el contrario, a favorecer aquellas instituciones y actos que encauzan la vida humana hacia el bien. No está la persona sometida a las exigencias del instinto y a los procesos de la naturaleza creada, sino que puede intervenir y cambiarla. La necesidad está sometida a la creatividad. Por la libertad el hombre es la imagen de Dios en la Tierra.

2.- La experiencia de Dios

La existencia de Dios para Olivi es una evidencia. Se puede comprobar tanto en la naturaleza creada, en el interior de la persona y en las acciones de bien que realiza para y con los otros. Además se puede demostrar. Y se acoge al argumento de San Anselmo: basta con que tengamos la idea de un Ser Supremo, se debe aceptar su existencia. De lo contrario no pensaría jamás el hombre a Dios. El Sumo Bien está en nuestra mente y corazón. No se preocupa si dicha idea es innata o adquirida por el hombre, pues tiene tal potencia que se impone por sí misma.

Pero también mirando en rededor observamos que Dios está presente en el mundo, como Causa primera, como Creador, pues lo que experimentamos es con tigente y finito y no puede desde sí haberse creado. Además, se ve una tendencia en el mismo hombre hacia la divinidad. Dicho instinto no puede engañar. Si Dios no existiera, ni el hombre se preguntaría por Él ni tendería hacia Él.

Por último, se prueba que Dios existe, dice Olivi, por el bien y el amor que hay en el mundo. Si Dios no existiera, seríamos incapaces de mantener cierto orden ético, tanto a nivel personal como social, y la creación sería un caos.

i Se prueba que Dios existe por el bien y el amor que hay en el mundo!

Pero más que todas estas pruebas, Dios es el Padre Bueno y Providente, que ha creado y mantiene al mundo desde una bondad infinita. Y su libertad infinita hunde sus raíces en el amor que lo define. Por eso la criatura es libertad en la medida que ama. Y a esto sólo se puede acceder por la fe. Es el Dios que nos ha revelado su Hijo Jesucristo. Este Dios, que, como libertad, respeta a cada criatura en su libre decisión de escoger el camino más apto, asume a cada hombre que haya amado en su eternidad, pero dejándolo en su contingencia. No nos cambia, ni nos manipula, ni nos transforma en otros seres distintos. Nos salva como fuimos creados. Porque desde su bondad nació la tierra, las aves, los animales, el hombre. Y no puede destruir lo que vió como bueno una vez hecho.

Pedro Juan Olivi, uno de los franciscanos más geniales de todos los tiempos, es el puente entre Buenaventura y Escoto. Dentro de la Escuela franciscana, ocupa un lugar privilegiado por su amor a la Orden y su celo por la defensa del carisma de San Francisco, radicalizando el seguimiento de Cristo pobre.

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