El corazón de Jesús y los Santos Franciscanos

F. Martínez Fresneda OFM
San Francisco de Asís siente el Corazón de Jesús cuando el habla el crucifijo en San Damián y cuando recibe las llagas en el Monte Alvernia. San Buenaventura escribe del primer acontecimiento: «Salió un día Francisco al campo a meditar, y al pasear junto a la iglesia de San Damián, cuya vetusta fábrica amenazaba ruina, entró en ella -movido por el Espíritu- a hacer oración; y mientras oraba postrado ante la imagen del Crucificado, de pronto se sintió inundado de una gran consolación espiritual. Fijó sus ojos, arrasados en lágrimas, en la cruz del Señor, y he aquí que oyó con sus oídos corporales una voz procedente de la misma cruz que le dijo tres veces: «¡Francisco, vete y repara mi casa, que, como ves, está a punto de arruinarse toda ella!» Quedó estremecido Francisco, pues estaba solo en la iglesia, al percibir voz tan maravillosa, y, sintiendo en su corazón el poder de la palabra divina, fue arrebatado en éxtasis. Vuelto en sí, se dispone a obedecer, y concentra todo su esfuerzo en la decisión de reparar materialmente la iglesia» (LM 2,1). El Santo Cardenal afirma del corazón de Jesús: «El Corazón de nuestro Señor fue traspasado por una lanza para que por la herida visible veamos la invisible herida de amor. La herida exterior del Corazón muestra la herida de amor de su alma» (Vitis Mystica). La relación, pues, entre el corazón físico de Jesús y el sentido bíblico del corazón humano se relacionan en los grandes santos de la Orden. Así lo viven Santa Ángela de Foligno (1248-1309); Santa Margarita de Cortona (1247-1297); San Pío de Pietrelcina, (1887-1968), entre los santos más famosos.
Sin embargo, especial significación tiene el Corazón de Jesús en San Antonio de Padua, que lo relaciona con la humildad de Cristo y la humildad como virtud cristiana. Escribe en el Domingo III de Pascua: «El corazón se forma el primero entre todos los miembros. El corazón simboliza la humildad, pues ella escoge en él su principal morada. Dice el Señor: Aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón (Mt 11,29). La humildad entre las demás virtudes debe formarse la primera, porque ella es la horma que da forma a las cosas deformadas. Pues de ella nace el principio del movimiento del bien obrar entero y tiene gran señorío entre las demás virtudes, «porque es la madre y raíz de todas las virtudes». Por eso dice Salomón en las Parábolas: Más vale perro vivo que león muerto (Ecl 9,4). Allí comenta la Glosa: «Más vale publicano humilde que fariseo soberbio»: cuanto más se humilló, tanto más ensalzado fue. Por lo cual dice San Bernardo: Cuanto más hondos eches los cimientos de la humildad, tanto más alto surgirá el edificio. La humildad es más noble que las demás virtudes, y con su nobleza aguanta humildemente cosas innobles y deshonrosas; debe ordenarse más principalmente en la parte superior, es decir, en los ojos, y en la parte delantera, es decir, en el porte del cuerpo. Por eso se dice del publicano humilde: No se atrevía a alzar sus ojos al cielo, sino que se daba golpes de pecho diciendo: Dios, seme propicio a mí que soy pecador (Lc 18,13).
Lo mismo que el corazón no puede padecer dolor ni enfermedad, así la verdadera humildad no puede padecer dolerse de las injurias que le han hecho, ni ponerse enferma por la prosperidad del otro. Y esto es lógico, porque, si se corrompe la humildad, desaparece la fábrica de las demás virtudes. Por eso dice San Gregorio: «El que recoge virtudes sin humildad es como el que lleva polvo al viento».
En un corazón corriente no hay huesos; sólo en el corazón del caballo y de la vaca. El caballo es figura del hipócrita arrogante; la vaca, del lujurioso. En la humildad simulada del hipócrita está el hueso de la soberbia y de la rapiña, pues se ensoberbece con las plumas del avestruz y roba las alabanzas de la santidad del prójimo. En la inconstante humildad del lujurioso está el hueso de la excusa y de la obstinación. Por estos dos animales, el caballo y la vaca, se dan a entender todas las clases de vicios.

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