Educar es una aventura

 

Pedro Ortega Ruiz
Universidad de Murcia

La tarea de educar es, por naturaleza, una aventura. Desconocemos el punto de partida y el punto de llegada. El conocimiento del ser humano se nos escapa como el agua entre los dedos de la mano. Nunca podremos afirmar con rotundidad que el niño, adolescente, joven o adulto que tenemos entre manos es objeto de un conocimiento acabado. Son tantas las variables que intervienen en la configuración de la personalidad de cada ser humano que nos resulta inaccesible en su totalidad. Podemos acercarnos a un “cierto” conocimiento y hacer conjeturas en base al mismo, asumiendo el riesgo de fundar una actuación educativa sobre una base no segura. Y a pesar de todo nos “atrevemos” a educar. Pero ¿de cuántas actuaciones educativas nos sentimos seguros, y no por ello dejamos de actuar?

Los humanos somos seres fracturados, insatisfechos con el mundo que hemos heredado, deseosos der ser de otro modo, de habitar otro mundo. Vivimos siempre en la esperanza y en la incertidumbre. Somos seres anhelantes de algo que nunca puede ser alcanzado de modo definitivo. Esta es nuestra condición: viajeros de la vida con un equipaje demasiado ligero para el camino. Nos vemos obligados, no pocas veces, a desandar un camino que nos parecía seguro, que nos auguraba el éxito. Y en los humanos no hay trayecto libre de riesgos, de error, de fracaso. Nada se nos da por hecho de antemano. Todo está por hacer, como el mismo hombre. Lleva razón Ortega y Gasset cuando afirma que la vida es un “quehacer”, una tarea arriesgada. Uno de los aspectos más inquietantes de la experiencia de la contingencia es el no tener nada seguro y firme en el camino de la vida. Necesitamos acudir a artefactos protectores que nos ayuden a soportar el excesivo fluir de los cambios que se producen en nuestro entorno vital. Y si es así, la tarea de educar se nos presenta incierta, arriesgada porque nunca pisamos un suelo firme y seguro.

El educando es un desconocido, es inabarcable para el educador. Acercarse a él, con la voluntad de ayudarle en la construcción de su proyecto de vida, requiere, por tanto, una actitud de respeto, cautela y cuidado para no violentar, ni entorpecer “su” camino como forma original de realizar su existencia. Implica intervenir, ayudando, en el momento justo y con la prudencia adecuada para que el otro pueda crecer a su ritmo y a su tiempo. La educación es una obra de arte que sólo se consigue con las manos generosas de un artista, de un experto en humanidad, como decía Pablo VI, dirigiéndose a los educadores. La educación encierra un misterio. Nos es desconocido el barro que tenemos entre nuestras manos, y que debemos moldear, pero no a nuestra imagen, sino atendiendo al carácter, intereses y necesidades del educando. Apenas si barruntamos lo que quiere y piensa, cuál es su historia familiar que nos podría ayudar a “entender” qué es lo que hay detrás de sus preferencias, sus dificultades y aspiraciones. Los educadores nos vemos obligados a sembrar en un terreno que no nos garantiza una buena cosecha. Sembramos en la esperanza y la incertidumbre. Y no puede ser de otra manera mientras el sujeto de la educación sea el ser humano, siempre contingente y libre. Por ello, la tarea de educar acontece siempre en el misterio, en lo desconocido. Nos encontramos, no pocas veces, con resultados imprevistos, que no responden en absoluto a una actuación programada. El educando escoge, no pocas veces, su propio camino sin que nos sea posible interferir en el mismo. La educación es incierta y arriesgada por naturaleza. Es una aventura.

Sorprende leer ciertos relatos de supuestos pedagogos que se muestran seguros de sus recetas. Se atreven a programar, hasta en los más mínimos detalles, actuaciones educativas que, supuestamente, producirán el milagro de unos resultados anticipados. Y así hablan de planificación, control, evaluación, programación… como si de un proceso industrial se tratara. Desconocen que el ser humano, cada educando que tienen delante, se resiste a ese pretendido control. No tienen en cuenta que el ser humano es único, irrepetible, y que es un ser de sorpresas. No cabe, por tanto, una educación uniformada, igual para todos, planificada de antemano en todos los momentos del proceso. La pedagogía, basada en la racionalidad tecnológica, ha llevado a los educadores a unos modelos educativos que se apartan de lo que es el hombre por naturaleza y de sus relaciones con los demás. Ponen de manifiesto una preocupante carencia antropológica y ética que dificulta una educación con rostro humano.

No hay educación sin ética. Pero la ética es una respuesta compasiva al otro concreto necesitado. No es la respuesta a un ser ideal, sino a un individuo histórico, singular. Tampoco la educación, como la ética, contempla seres idealizados, perdidos en el mundo de las bellas ideas, sino a individuos condicionados por su contexto socio-histórico, por su circunstancia. Y entonces, no cabe la uniformidad en educación, ni la generalización de resultados en los procesos educativos. No deberíamos, por tanto, estar preocupados por la cientificidad de la pedagogía. La cuestión epistemológica no es el reto más urgente que deben abordar los pedagogos, sino cómo afrontar, desde la educación, los grandes problemas que afectan a la vida de millones de seres humanos. Éste sí es el reto urgente que no admite demora. No defiendo una actuación educativa descontrolada, arbitraria, basada en ocurrencias, sin elementos de racionalidad. Propugno una acción educativa “cargada de razón”. Pero estoy seguro de que mis “razones” son muy distintas de aquellas que se defienden desde otras tribunas.  Habríamos de entender la educación dentro de parámetros racionales en los que necesariamente tiene cabida la incertidumbre, la contingencia y la sorpresa. El material humano con el que se trabaja en educación no nos permite actuar de modo seguro, libre de cualquier contingencia. Detrás del modelo educativo de la racionalidad tecnológica está la conquista del homo oeconomicus, technologicus, llamado al éxito en una sociedad que sólo persigue el rendimiento económico a costa de destruir las relaciones interpersonales e instaurar en ella la frialdad y la desconfianza, como afirma Adorno.

Es preocupante el desconocimiento generalizado del profesorado, en todos los niveles del sistema educativo, de los supuestos implícitos desde los que pretenden educar. Suelen prestarse a esta tarea desde la “inocencia” y la ingenuidad de quien supone que todo está dirigido al bien del educando y de la sociedad. Y no siempre es así. La escuela es una herramienta poderosa que puede servir para humanizar o para esclavizar y someter. Estar atento al otro (educando), escucharle y acogerlo, acompañarlo en la aventura de la construcción de “su” proyecto de vida es compartir con el otro el “quehacer” de vivir. Ello implica entender al hombre como un nómada, no instalado definitivamente, con más preguntas por hacer que respuestas seguras por dar. Implica ayudar, desde la propia incertidumbre y el testimonio, a que el otro recorra su propio camino sin la certeza de alcanzar el destino buscado. Educar es la aventura más apasionante que el ser humano podía soñar: asistir al nacimiento de una nueva criatura por la que el mundo se renueva sin cesar, como afirma H. Arendt. Y nacer, venir a este mundo, siempre entraña un riesgo. Es una aventura, como la educación.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

    

 

     

    

 

 

 

 

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