Loado seas, mi Señor.

Francisco de Asís, una vida hecha alabanza.

 

José Antonio Guerra OFM

 

 F. Martínez Fresneda OFM
Instituto Teológico de Murcia OFM/PUA

El Cántico de las criaturas o del hermano sol es una de las alabanzas al Señor más famosas de la historia del cristianismo y, en general, de todas las religiones. Pertenece a la oración personal de San Francisco, que revela su relación íntima con el Señor, relación que es más intensa y más extensa conforme cumple años.  El Autor, que ha estudiado durante toda su vida los Escritos y Biografías de San Francisco, nos presenta este ensayo dividido en dos partes: el Cántico visto en su transmisión literaria y un comentario de su contenido. Al final ofrece tres alabanzas al Señor de Francisco, estrechamente unidas al Cántico, de las que comenta solo la primera: Alabanzas al Dios altísimo, Exhortación a la alabanza de Dios, Alabanzas que se han de decir a todas las horas.

El Cántico lo contiene el códice 338 de la Biblioteca del Sacro convento de Asís, en el que se recogen los materiales para elaborar una biografía de San Francisco que en 1244 prescribió Crescencio de Jesi y encomendó a Tomás de Celano (13), además del Espejo de perfección (n. 120). El Cántico lo proclama Francisco dos años antes de su muerte —entre la primavera e invierno de 1225—, cuando vive recluido en una celda del convento de San Damián y afectado por múltiples enfermedades. El Autor repasa el Memoriale de Tomás de Celano (nn. 212-213), además de la Leyenda de Perusa o Compilación de Asís (nn. 83-84,7), donde San Francisco recibe la certificacio , o la seguridad divina de su salvación, y el Espejo de perfección (nn. 100,101,123). «Parece evidente que el Memoriale, la Leyenda y el Espejo contaron con una fuente única y común, si bien puede ser distinta la manera de utilizarla» (46).

La segunda parte comenta el Cántico según las tres fases de su composición: los elementos naturales y los versos añadidos más tarde sobre el perdón y sobre la muerte. Comienza con una introducción en la que se saluda a Dios con expresiones que brotan de lo más íntimo de su ser: «Altísimo, omnipotente, buen Señor…»; son alabanzas que Francisco escribe por doquier en sus escritos y que se proliferan conforme pasan los años. Es como si dijera que las alabanzas al Señor le pertenecen esencialmente; no le transferimos nada, sino evidenciamos una condición de su ser. «Solo Dios es Dios, y alabarle es decírselo de una manera o de otra. Su valor no está en la belleza de unas ideas, sino en la verdad de una vivencia…» (69).

El contenido principal de Cántico lo conforman dos relaciones fundamentales en la fe cristiana: la relación paternidad/filiación de Dios con sus criaturas, que son una reflejo de su bondad, de su belleza, de su verdad, de su ser uno y trino,  con la relación fraterna entre ellas, destacando el carácter providente del Padre en su servicio a los hombres. Francisco cita los cuatro elementos presocráticos, que también están en la cultura de América, China e India, y que persiste en Occidente hasta la Edad Moderna para explicar la composición de la naturaleza creada.  Francisco alaba a Dios por el sol, por la tierra, por el agua, por el viento, etc. El Autor subraya la personalización e intimidad de la alabanza: «mi Señor»; que  las criaturas son sujetos activos de la alabanza y, por último, que el hombre gracias a ellas  también puede alabar al Señor.

Al final se añaden dos estrofas. La primera corresponde a la del perdón: «Loado seas mi Señor, por aquellos que perdonan por Tu amor». Es un verso que cantaron los discípulos de Francisco al podestá Opórtulo y al obispo Guido, que habían mantenido un fuerte enfrentamiento. Termina el verso con los que «sostienen la enfermedad y la tribulación», tan difíciles de vivir en aquellos tiempos con tan escasos remedios al dolor físico y espiritual y que Francisco padeció en primera persona durante toda su vida. Francisco, por último, le canta a la muerte, dándole el estatuto de hermana, frente al mayor enemigo que tenemos, según decía San Pablo y apostillaba Tomás de Celano (cf 1Cor 15,26; Memoriale n.217). «… de la muerte no podemos decir que exista —como las criaturas citadas—, sino, simplemente, que se da sin que Dios sea ajeno a ella; se da y nos afecta siendo Dios el que rige la vida y que puede concedernos que la vivamos de una manera o de otra» (104). Está Francisco en la línea de que la muerte hace posible comenzar la vida eterna, o que sea bienvenida por aquellos que esperan día y noche al Señor (cf Lc 12,37; Ap 2,11).

Es un bello y preciso ensaño; J.A. Guerra penetra en lo más hondo de San Francisco.

 

       Ed. Arantzazu, Oñati (Guipúzcoa) 2017, 132 pp.,  13,5 x 21 cm.

 

 

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