24 de junio

Natividad de San Juan Bautista

Lucas escribe: «El año quince del reinado del emperador Tiberio, siendo gobernador de Judea Poncio Pilato, tetrarca de Galilea Herodes, su hermano Felipe tetrarca de Iturea y de Traconítida y Lisanio tetrarca de Abilene, bajo el sumo sacerdocio de Anás y Caifás, la palabra del Señor se dirigió a Juan, hijo de Zacarías, en el desierto» (Lc 3,1-2). Augusto muere el 19 de agosto del año 14 d.C. y Tiberio es elegido por el Senado romano el 17 de setiembre del mismo año; el año quince de su gobierno corresponde al 28 d.C. Juan aparece en la región de Perea en la Transjordania (cf. Jn 10,40) y en núcleos urbanos como Betania (cf. Jn 1,28) y Ainón, cerca de Salín (cf. Jn 3,22). Los Sinópticos lo sitúan en la región de Judea, cerca de Jerusalén, en el desierto y a lo largo de la ribera del Jordán (cf. Mc 1,5par). Con todo es probable que actúe en la región de Perea, que es jurisdicción de Herodes Antipas, pues éste le encarcela en su fortaleza de Maqueronte, sita en esta región, donde le ejecuta (Josefo, Ant., 18,116). Juan vive en lugares alejados de los centros urbanos. Su indumentaria y alimentación son austeros, muy parecida a la de los nómadas del desierto. Juan lleva un vestido de piel de camello, para protegerse del calor durante el día y del frío por la noche, con un cinturón de cuero a su cintura, muy corriente en este tiempo; y se alimenta de langostas y miel silvestre (cf. Mc 1,6). De esta forma evita la comida preparada por manos humanas y cumple las prescripciones sobre la pureza que se indican en el libro del Levítico (11-16); con ello elude la contaminación y puede ofrecer a Dios los alimentos que más le agradan y entrar en la órbita divina (cf. Lev 11,22). Es posible que Juan forme parte del grupo de profetas que denuncian con su ejemplo una religiosidad equivocada por verse incapaz de restituir la libertad de Israel para ser el pueblo de Dios. En este tiempo, o en tiempos posteriores a Juan, escribe Josefo, se dan, además de los esenios, eremitas como Banus, que vive apartado de la gente con una austeridad muy parecida a la de Juan (cf. Autobiografía, 2,11).

Antífona de Entrada Jn 1,6-7; Lc 1,17
Surgió un hombre enviado por Dios, que se llamaba Juan; este venía para dar testimonio de la luz, y preparar al Señor un pueblo bien dispuesto.

Oración Colecta
Dios nuestro, que enviaste a san Juan Bautista para prepararle a Cristo, el Señor, un pueblo dispuesto a recibirlo, alegra ahora a tu Iglesia con la abundancia de los dones del Espíritu y guíala por el camino de la salvación y de la paz.
Por nuestro Señor Jesucristo.

Lecturas
Primera lectura
«El Señor me llamó desde el vientre materno»
El profeta es llamado por el Señor desde el mismo origen de su existencia. La llamada le conduce a reconducir a su pueblo en las relaciones con el Señor, quien fue el que lo situó en la historia como propiedad divina. El ministerio profético no es nada fácil, porque juegan intereses humanos precisamente en el alejamiento de la Alianza. Y contra estos intereses debe luchar el profeta descubriéndolos ante el pueblo. Su palabra, como Palabra del Señor, será luz que ilumina a todos para encontrar de nuevo el camino que conduce hacia Él. Juan Bautista es el profeta que prepara el camino de Jesús. Con él se comienza a despejar la senda de la salvación que Jesús anuncia con la predicación del reino.

Lectura del Profeta Isaías 49,1-6

Escuchadme, islas; atended, pueblos lejanos: El Señor me llamó desde el vientre materno, de las entrañas de mi madre, y pronunció mi nombre. Hizo de mi boca una espada afilada, me escondió en la sombra de su mano; me hizo flecha bruñida, me guardó en su aljaba y me dijo: «Tú eres mi siervo, Israel, por medio de ti me glorificaré». Y yo pensaba: «En vano me he cansado, en viento y en nada he gastado mis fuerzas». En realidad el Señor defendía mi causa, mi recompensa la custodiaba Dios. Y ahora dice el Señor, el que me formó desde el vientre como siervo suyo, para que le devolviese a Jacob, para que le reuniera a Israel; he sido glorificado a los ojos de Dios. Y mi Dios era mi fuerza: «Es poco que seas mi siervo para restablecer las tribus de Jacob y traer de vuelta a los supervivientes de Israel. Te hago luz de las naciones, para que mi salvación alcance hasta el confín de la tierra».

Salmo responsorial Sal 138,1-3. 13-14ab. 14c-15
San Lucas nos relata el anuncio y nacimiento de Juan Bautista. Es una obra exclusiva de Dios, porque es a Dios al que se va a entregar por entero para hacer ver sus intereses salvadores para Israel y para anunciar la llegada del Mesías. Desde su mismo origen, Juan es una obra divina.

V. Te doy gracias, porque me has escogido portentosamente.
R. Te doy gracias, porque me has escogido portentosamente.

V. Señor, tú me sondeas y me conoces:
me conoces cuando me siento o me levanto,
de lejos penetras mis pensamientos;
distingues mi camino y mi descanso,
todas mis sendas te son familiares.

R. Te doy gracias, porque me has escogido portentosamente.

V. Tú has creado mis entrañas,
me has tejido en el seno materno,
porque son admirables tus obras.
Te doy gracias,
porque me has escogido portentosamente,
porque son admirables tus obras;
conocías hasta el fondo de mi alma.

R. Te doy gracias, porque me has escogido portentosamente.

V. No desconocías mis huesos,
cuando, en lo oculto, me iba formando,
y entretejiendo en lo profundo de la tierra.

R. Te doy gracias, porque me has escogido portentosamente.

Segunda lectura
«Juan predicó antes de que llegara Cristo»
Juan es el gran profeta del AT que anuncia la venida del Mesías, es el precursor que allana los caminos al Señor (cf. Mc 1,2-8; Lc 7,26-28; Jn 1,6-8). El anuncio de su nacimiento, sus padres de una edad avanzada, los acontecimientos que rodean a su nacimiento e imposición de su nombre, etc., conducen a que su función y ministerio de Israel será especial, como especial es el contenido de su anuncio: preparar el camino al Mesías de Israel. Por eso es el profeta que se puede contar entre los más importante de su historia (cf. Jer 1,1.5.10; Is 49,1-2; Ml 3,1). La importancia de su obra en Israel es tal, que lo pueden confundir con el Mesías esperado (Hech 13,25; Jn 1,20). Pero él es consciente de que es, simplemente, un camino, una guía, es el dedo que señala quién es verdaderamente el mesías esperado (cf. Jn 1,23; 3,29; Mt 3,3; etc.)

Lectura de los Hechos de los Apóstoles 13,22-26

Pablo se puso en pie y, haciendo seña con la mano de que se callaran, dijo: Dios les dio a Saúl, hijo de Quis, de la tribu de Benjamín, durante cuarenta años. Lo depuso y les suscitó como rey a David, en favor del cual dio testimonio, diciendo: Encontré a David, hijo de Jesé, hombre conforme a mi corazón, que cumplirá todos mis preceptos. Según lo prometido, Dios sacó de su descendencia un salvador para Israel: Jesús. Juan predicó a todo Israel un bautismo de conversión antes de que llegara Jesús; y, cuando Juan estaba para concluir el curso de su vida, decía: “Yo no soy quien pensáis, pero, mirad, viene uno detrás de mí a quien no merezco desatarle las sandalias de los pies”. Hermanos, hijos del linaje de Abrahán y todos vosotros los que teméis a Dios: A nosotros se nos ha enviado esta palabra de salvación.

Aleluya Lc 1,76
Aleluya, aleluya.
Y a ti, niño, te llamarán profeta del Altísimo,
porque irás delante del Señor
a preparar sus caminos.
Aleluya.

Evangelio
«Se va a llamar Juan»
Dios hace madre a una mujer estéril. Hay niños en la existencia humana que dependen enteramente del Señor, marginando toda acción natural para engendrar una vida. Por eso el misterio de Juan alumbra el misterio de la Navidad, del nacimiento del Hijo de Dios. El Señor es el autor, desde el anuncio de las presencia del Logos en la existencia, de todos los pormenores que harán presente la salvación tanto tiempo esperada. Y Juan es uno de esos eslabones esenciales para que Jesús pueda anunciarla.

Lectura del santo Evangelio según San Lucas 1,57-66.80.

A Isabel se le cumplió el tiempo del parto y dio a luz un hijo. Se enteraron sus vecinos y parientes de que el Señor le había hecho una gran misericordia, y se alegraban con ella. A los ocho días vinieron a circuncidar al niño, y querían llamarlo Zacarías, como su padre; pero la madre intervino diciendo: «¡No! Se va a llamar Juan». Y le dijeron: «Ninguno de tus parientes se llama así». Entonces preguntaban por señas al padre cómo quería que se llamase. Él pidió una tablilla y escribió: «Juan es su nombre». Y todos se quedaron maravillados. Inmediatamente se le soltó la boca y la lengua, y empezó a hablar bendiciendo a Dios. Los vecinos quedaron sobrecogidos, y se comentaban todos estos hechos por toda la montaña de Judea. Y todos los que los oían reflexionaban diciendo: «Pues ¿qué será este niño?». Porque la mano del Señor estaba con él. El niño crecía y se fortalecía en el espíritu, y vivía en lugares desiertos hasta los días de su manifestación a Israel.

Oración sobre las ofrendas
Colmamos de ofrendas tus altares, Señor, para celebrar dignamente la natividad de San Juan Bautista; porque él proclamó que el Salvador del mundo ya estaba cerca y lo mostró, ya presente, entre los hombres. Por Jesucristo, nuestro Señor.

Prefacio
V. El Señor esté con vosotros.
R. Y con tu espíritu.

V. Levantemos el corazón.
R. Lo tenemos levantado hacia el Señor.

V. Demos gracias al Señor, nuestro Dios.
R. Es justo y necesario.

En verdad es justo y necesario, es nuestro deber y salvación darte gracias, siempre y en todo lugar, Señor, Padre Santo, Dios todopoderoso y eterno, por Cristo Señor nuestro. Y al celebrar hoy la gloria de Juan el Bautista, precursor de tu Hijo, y el mayor de los nacidos de mujer, proclamamos tu grandeza.
Porque él saltó de alegría en el vientre de su madre, al llegar el Salvador de los hombres, y su nacimiento fue motivo de gozo para muchos. Él fue escogido entre todos los profetas para mostrar a las gentes el Cordero que quita el pecado del mundo. Él bautizó en el Jordán al Autor del Bautismo, y el agua viva tiene, desde entonces, poder de salvación para los hombres. El dio, por fin, su sangre como supremo testimonio por el nombre de Cristo.
Por eso, como los ángeles te cantan en el cielo, te aclamamos nosotros en la tierra, diciendo sin cesar: Santo, Santo, Santo…

Antífona de comunión Lc 1,78
Por la entrañable misericordia de nuestro Dios, nos visitará el Sol que nace de lo alto.

Oración después de la comunión
Señor, tú que has restaurado nuestras fuerzas con el banquete del Cordero celestial, haz que tu Iglesia, llena de gozo por la natividad de San Juan Bautista, reconozca a su Redentor en aquel cuya venida inminente anunciaba el Precursor4. Por Jesucristo nuestro Señor.

Para meditar
Ponen el nombre al niño, como dice el texto: Y sucedió que a los ocho días fueron a circuncidar al niño (Lc 1,59). El primer día es el conocimiento de la propia fragilidad; el segundo, el recuerdo de la propia iniquidad; el tercero, la amargura de la contrición por la misma; el cuarto, el derramamiento de lágrimas; el quinto, la acusación de sí mismo en la confesión; el sexto, la oración en relación a Dios; el séptimo, la limosna en relación al prójimo; el octavo, la mortificación de la abstinencia en relación a sí mismo. En este octavo día es circuncidado el niño, porque, de verdad, la virtud de la abstinencia circuncida no sólo el corazón del mal consentimiento, sino también el cuerpo del deleite ilícito de los sentidos. Por eso se dice abstenerse, es decir, pararse lejos. Se para lejos el que no consiente en el deleite ilícito del corazón o del cuerpo. […] Sigue: Y querían ponerle Zacarías, como su padre (Lc 1,59). La Glosa dice aquí: «Los que intentan poner al niño el nombre de su padre figuran a los que, cuando el Señor declara los nuevos dones de la gracia, desearían que predicara más bien los acostumbrados edictos del sacerdocio antiguo. Quieren ponerle el nombre de su padre porque prefieren recibir la justicia que viene de la ley antes que la gracia que viene de la fe». Esto mismo hacen hoy los inicuos consanguíneos y allegados que quieren poner al hijo de un padre usurero el nombre del mismo cuando lo enseñan a imitar la maldad, la rapiña y la usura del padre.
Pero oigamos lo que respondió la madre: No, se llamará Juan (Lc 1,60). […] «Juan quiere decir gracia de Dios», porque fue el precursor de la gracia o el inicio del Bautismo, por el cual se administra la gracia. El alma fiel quiere que su obra se llame gracia, porque la tiene por la gracia y desea conservarla por la gracia, diciendo con el Apóstol: Por la gracia de Dios soy lo que soy, y su gracia no resultó vana en mí (1Cor 15,11). Por eso «Juan quiere decir aquel en quien hay gracia», por dos razones: para que la conserve y para que sea conservado por ella, y así no será vana, o sea, ociosa. En efecto, la vasija, mientras conserva el vino, es conservada por el vino, para que no se eche a perder. Guarda los mandamientos, dice, y ellos te guardarán a ti (cf. Prov 7,2). Por eso se dice en el Apocalipsis: Porque has guardado la palabra de mi paciencia, también yo te guardaré en la hora de la tentación que va a venir sobre todo el orbe para tentar a los que habitan en la tierra (Ap 3,10). (San Antonio de Padua, Sermones: «Natividad de Juan», 5).

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