Así vivían los primeros cristianos. Evolución de las prácticas y de las creencias en el cristianismo de los orígenes.

Rafael Aguirre (Ed.)

 

Francisco Martínez Fresneda OFM
Instituto Teológico de Murcia OFM. PAA

Los Autores ofrecen la cuarta entrega de sus estudios sobre el cristianismo primitivo (Orígenes 2008.2010; El NT en su contexto 2013). Han aportado estos profesores, pertenecientes a las Universidades de Deusto, Comillas-Madrid, Salamanca, Toronto y del Estudio Teológico Agustianiano, unas serias contribuciones de los múltiples aspectos de la antigüedad cristiana y la relación entre su literatura, pensamiento y teología.
El texto se divide en cuatro partes. En la primera tratan Ester Miquel Pericás y Carlos Gil Arbiol las experiencias religiosas extraordinarias y el impacto de la muerte de Jesucristo en las primeras comunidades. La primera estudia los tipos de experiencias extraordinarias, sin centrarse en su historicidad, y su relación con la novedad de la fe y de la religión cristiana. Las posesiones espirituales, los encuentros con los difuntos, las visiones, las audiciones, los sueños revelatorios se examinan a la luz de la antropología, la psicología y la neurología. Los dos modelos que el judaísmo tiene para describir la acción de Dios sobre las personas son la posesión espiritual, acorde con la cultura popular y la dimensión teológica de la inhabitación del Espíritu. Los cristianos prefieren el primer modelo con el riesgo de ser tachados de histéricos o embaucadores (cf 1Cor 14,23, la glosolalia) (54). No obstante, se observa una coherencia de estas experiencias con otras de las culturas vecinas y la capacidad que tienen de explicar algunos rasgos del cristianismo primitivo, como, por ejemplo, las interpretaciones de la muerte y resurrección de Jesús.- El impacto de la muerte de Jesús se sitúa en las experiencias extraordinarias y las interpretaciones de la resurrección, que logran superar la decepción de los discípulos por la crucifixión de su maestro, y que se concentran en fórmulas de transmisión breves y precisas. El Autor lo desarrolla citando los testimonios del relato de la pasión de los evangelios y bastantes referencias de las cartas paulinas, pasando después a las interpretaciones según las creencias del Judaísmo del Segundo Templo —muerte del justo, del siervo, etc.— y las propias de la fe cristiana: el sentido último de muerte de Jesús «por nosotros; por nuestros pecados»; la muerte sacrificial y expiatoria que nos salva. En fin, las interpretaciones de la muerte conducen a una nueva imagen de Dios, la nueva visión de la historia y la reformulación del sentido de los sacrificios (91), con sus derivaciones prácticas como acoger a los gentiles sin tener que circuncidarse.
La segunda parte versa sobre dos ritos fundamentales para la fe cristiana: el bautismo, como momento esencial de la iniciación, y el banquete eucarístico, centro de la vida religiosa. David Álvarez Cineira estudia el bautismo. Es el rito que cambia al creyente y le introduce en una nueva vida que experimenta la comunidad cristiana. Constituye un rito de paso de un sentido y estado de vida a otro, donde se da una separación paulatina de la vida personal y social anterior; establece un período de transición entre la vida anterior y la nueva; y, finalmente, la plena incorporación a la comunidad creyente. Ello origina una ruptura con la familia y sociedad, que supone serias dificultades para los nuevos cristianos, provengan del ámbito judío o gentil. El esquema básico del bautismo lo ofrece el de Juan a Jesús y las abluciones y lavados rituales del judaísmo. El bautismo de Juan, los bautizos de Jesús y su comunidad (cf Jn 3,22-23.26; 4,1-2), el mandato de bautizar a todas las gentes (cf Mt 28,19) y la permanente actividad bautismal en la iglesia primera, hacen del rito la primera señal pública de la pertenencia e identidad cristiana, rito al que le precede una instrucción.-Rafael Aguirre Monasterio se encarga del banquete eucarístico cuya acción no es de pasar de una comunidad a otra, sino que significa un rito de recuerdo y refuerzo en la pertenencia en una misma fe. Ya desde el principio tiene un doble significado: memoria de la muerte de Cristo con evidente carácter sacrificial y relación con los sacrificios paganos; y el que nace de las comidas con el resucitado —partir el pan—, o comidas compartidas con varios significados para las comunidades que lo celebran. El esquema que sigue el banquete eucarístico, por lo general, es el banquete grecorromano —las comidas judías son una variante—: la comida propiamente dicha con varios platos y la bebida, en la que se conversaba, se instruía, se jugaba, etc. Los ritos del banquete eucarístico son muy diversos al principio del cristianismo —no existe un proceso lineal desde la Última Cena—. Lo común es la comida fraterna como rito central de las comunidades, donde se hace memoria de la Cena de Jesús con sus discípulos de una forma implícita o explícita y en las que, poco a poco, se enriquecen teológicamente las palabras de Jesús sobre la copa (188). Cuando se desvincula la comida del rito consagratorio de Jesús en la cena con sus discípulos, se acentúa el sacrificio expiatorio de la muerte de Jesús y la predicación unida a la comunión sacrificial. Es el paso de la mesa al altar; de compartir la comida al sacrificio salvador. Pero también es verdad que el rito sacrificial cristiano, reinterpretando la muerte de Jesús, descubre un rostro nuevo de Dios, su solidaridad con los marginados y la comunidad filial con el Padre gracias a la entrega del Hijo (209).
La parte tercera se centra en el cristianismo como un estilo de vida y la vida ascética. Es la práctica cristiana que nace de la profesión de fe. Carmen Bernabé Ubieta distingue entre modos de vida, unidos a la cultura y la realidad de la vida cotidiana, y los estilos de vida que suelen ser una alternativa, ciertamente nueva, a las formas de vida que transmite la sociedad. El estilo de vida cristiano se aprende en la comunidad mediante la repetición, experimentación y aprendizaje de una ética que nace del seguimiento y conformación con la vida de Jesús. Se practica en la comunión de bienes y ayudas concretas a los centros tradicionales de marginación que se daban en el judaísmo: huérfanos, viudas, extranjeros y peregrinos, prisioneros, defensa de los menores: lucha contra el aborto, infanticidio, la pederastia, etc.; relación con los esclavos; el uso del dinero: la limosna y los bienes compartidos, cuya práctica antepone las necesidades de los demás antes que las propias; la fuerza que da cohesión a la comunidad. Por eso las comunidades formadas por los primeros seguidores de Jesús y organizadas como familias extensas aportaban bienes a un fondo común con lo que se cubrían las necesidades fundamentales de los miembros más necesitados (256). Con ello se mantiene el sentido comunitario del estilo de vida judío al individualista del Imperio.- El ascetismo, escrito por Leif E. Vaage, conduce al cristiano a vivir otra realidad alternativa a las costumbres sociales de los pueblos donde se incardinaba. La renuncia sexual, p.e., es vivir más allá del mundo sostenido por la reproducción biológica (cf 1Cor 7,29). Dígase lo mismo de la comida, como prolongación de la creación familiar; o del dinero centrada su importancia en vivir bien, o mal si no se disponía de él.
El texto termina con dos estudios sobre ciertos aspectos de la configuración de las creencias en el cristianismo primitivo. Santiago Guijarro Oporto y Fernando Rivas Rebaque se encargan de precisarlo en los dos primeros siglos cristianos. Con unos inicios inciertos, sobre todo en las dos primeras generaciones cristianas, el siglo II precisa los principios creyentes en la elaboración de los credos. Con todo, hay que acentuar la intervención definitiva del Señor después de la muerte y resurrección de Jesús y vinculada a la Parusía, y que pasó de una inminencia de dicha actuación a un olvidarse con el tiempo, sin dejar de creer la acción salvadora sobre los pobres y marginados de la historia. La fe en Jesús, paulatinamente, camina hacia una incondicionalidad de su seguimiento después de la resurrección. La fe pascual con las afirmaciones de su venida como juez y su resurrección como acto poderoso del Padre, con el que se relacionaba en la historia desde una relación filial.

Ed. Verbo Divino, Estella (Navarra) 2017, 414 pp., 15 x 23 cm.

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