LA ANCIANIDAD COMO REGALO

               

Elena Conde Guerri

 

Se supone que todos los regalos son bonitos por si mismos o, al menos, conforme al buen criterio de quien los elige. En los años de la exaltación social de los cuerpos jóvenes y esculpidos y de la estética comprada que muda lo viejo en falazmente joven, el título de estas líneas resulta paradójico. Porque la ancianidad (término más elegante que vejez pero sinónimo) no es bonita, no es hermosa. No valen aquí de entrada las reflexiones filosóficas, aunque haré más de una. La última etapa de la vida va asociada al adolecer progresivo del organismo en sus múltiples funciones. Salvo excepciones, es el tributo que hay que pagar y por el que las sociedades llamadas industrializadas  por sus avances en  medicina, nutrición e higiene, exhiben el cuadro de una población envejecida, esencialmente en nuestra querida Europa que por historia y derecho propio también es vieja. En empatía con Japón, que no se diga, donde hay jóvenes pero también muchos ancianos.

Los antiguos romanos ya lo advirtieron. Cuando los hombres jóvenes morían sin remisión en las guerras, una constante entonces, los que no se habían enrolado por su edad (ya que la Constitución romana reglamentaba el servicio militar obligatorio como gloriosa prestación a la patria) se quedaban pensando en la esencia de la vejez y lograron enfocarla de otra manera, sacando  provecho y  sabia utilidad de tal  secuencia biológica que parecía inútil. Estas mentes privilegiadas y filosóficas, consiguieron ensalzar el contrapunto de la edad provecta frente a las glorias patentes de su opuesta. Y, por ejemplo, reservaron la pertenencia al Senado a los senes o senadores que debían tener sesenta años cumplidos para aportar toda su experiencia. El bagaje multicolor vivido nunca se consideró en Roma como un lastre sino como un privilegio del que las nuevas generaciones podían aprender. El proceso de observación, escucha y mímesis era para aquella sociedad patriarcal  un gran tesoro ya que, si bien los jóvenes eran el futuro, éste no podía construirse sin el conocimiento y la fidelidad a las columnas constitutivas por tradición. Incluso, hubo un cierto momento en el transcurso del Imperio romano en que los tratadistas políticos polemizaron si convenía mejor a la estabilidad del Imperio un césar mayor que uno adolescente, que también los hubo. La pericia de estos últimos en las artes de la guerra, por arrojo y agilidad corporal, quizá desmerecían ante la sabiduría adquirida y la sagacidad diplomática de los otros.

Esta valoración de la experiencia había tenido defensores previos de altísima talla intelectual.  A mi entender, uno de los mejores fue M. Tulio Cicerón que escribió su Tratado De senectute cuando ya había cumplido los sesenta, frontera entonces casi límite, y se lo dedicó a Ático, uno de sus mejores amigos, aunque siguió  un capricho bastante habitual en su hacer literario: retrotraer la acción, expresada en forma de diálogo, a los primeros tiempos del siglo II de la República. Y eligió  como protagonista de la obra a Catón el Censor, político y humanista insigne, glorioso defensor de Roma en la segunda guerra Púnica y proclive al equilibrio propio de la filosofía estoica. ¿Cómo podía afrontar Catón la vejez, dado su rango aristocrático y sus valores cimentados en la serenidad  que asimila lo inexorable?.  Pues con la lógica que acepta sus limitaciones pero las alumbra con las bondades  que  generan para el espíritu. La ancianidad debilita las fuerzas físicas, es verdad, pero a menudo tareas importantes no  precisan de ellas sino del prestigio y poso de la experiencia. Los placeres y apetencias de la juventud ya quedan lejos, pero algunos de aquellos eran nocivos para la persona y, además, en la última etapa de la vida pueden descubrirse gozos nuevos maniatados anteriormente por la acción estrepitosa. Escuchar música, la lectura placentera, el diálogo sosegado bajo el emparrado con los amigos, la guía prudente para los más jóvenes, son todos deleites propios de una cierta edad. La vejez, en fin, sólo es una etapa de la vida diseñada por la propia naturaleza y ha de enfocarse  con la satisfacción de haber llegado a ella y sin miedo, en la convicción de que nuestra alma sobrevive al cuerpo.

Maravilloso este Diálogo ciceroniano. Les recomiendo que lo lean si no lo han hecho ya. Porque su actualidad  y las verdades que encierra deben ser resaltadas en un momento, el nuestro, en que la ancianidad no es precisamente la estrella de la pasarela ni absorbe las preocupaciones de los Gobiernos con las mejores intenciones. Es cierto que los programas están en cartera, deben de estar porque la población envejece, pero en el paisaje que arrastra a las masas fanatizadas ante el  baile de un balón entre muslos torneados y fuertes, la vejez y sus arrugas empiezan a molestar. No se valora la experiencia ni se respetan las canas que con tantos esfuerzos han legado más bienestar a los hijos. Se impone lo práctico, el rentabilizar los presupuestos en cuerpos jóvenes, en colectivos que generen a su vez activos para la espiral del consumo. En tal mentalidad, los ancianos ya no producen ni son hermosos y, frecuentemente, resultan  gravosos y hasta desagradables. El Papa Francisco habló desde siempre  de “la cultura del descarte”, que ya se ha convertido en uno de los signos de identidad de su catequética episcopal no sólo para los católicos sino para todos los hombres de buena voluntad que defiendan la dignidad intrínseca a la persona humana, fuera de su color, condición, educación y edad. “La dignidad se dice de las cosas absolutas porque dignidad significa que alguien o algo es valioso por si mismo, más allá de sus funciones  o de su utilidad para otras cosas. De ahí que hablemos de la dignidad de cada persona más allá de que su vida física sea apenas un frágil comienzo o esté a punto de apagarse como una velita.” Luminosas palabras que  Francisco, entonces más propiamente Monseñor Bergoglio, pronunció en la festividad de San Cayetano del 2007 cuando todavía no había sido elegido Papa, y que no han sido las últimas en estos temas. Pues sólo Dios es dueño y autor de la vida. Vida que, en su recta final, necesita más mimos y puede verse amenazada por legislaciones que, en su letra pequeña que siempre es donde está la esencia, intenten vulnerarla hasta acelerar su final  exhibiendo arteramente la belleza del envoltorio y sus prestaciones en detrimento del regalo que oculta, que es la vida en sí misma. Debemos estar atentos para que  nuestra experiencia de lo ya vivido, pueda alumbrar a otros más jóvenes si su recto criterio zozobra.

Quienes ya tenemos una cierta edad, disfrutemos de ese regalo y seamos el regalo en sí mismo si los receptores no lo rechazan. Además, somos afortunados al  comprobar cómo el proceso histórico de cristianización  fue capaz de asimilar y encumbrar las reflexiones de los filósofos clásicos que, sin saberlo, también eran algo cristianos en este campo. Tendamos la mano con alegría y esperanza a los que ya transitan por la ancianidad plena y ven mermadas su salud  e ilusiones. Se lo merecen y, si alguno lo ha olvidado, les recuerdo que en este mes de julio la liturgia conmemora a los Santos esposos Joaquín y Ana. Tras veinte años de vida conyugal no habían conseguido tener descendencia. Ya no eran jóvenes y corrían entre el pueblo chanzas sobre su presunta esterilidad. Pero un ángel del Señor se aprestó a apagar los rumores, revelándose por separado a ambos esposos. “No tengas miedo, Ana. Soy el ángel que presentó vuestras oraciones y limosnas ante la consideración y mirada de Dios. Ahora soy enviado a vosotros para anunciaros que os nacerá una hija cuyo nombre será María y que será bendita entre todas la mujeres”. (Libro sobre la Natividad de María, 4. Su núcleo se atribuye a San Jerónimo). Sin María no se hubiese producido la Encarnación del Verbo ni nuestra Redención. El regalazo más inimaginable vino, curiosamente, a través de la edad avanzada.

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