RAIMUNDO LULIO

III

3.-  Doctrina

Dios.- Raimundo Lulio sigue en el pensamiento de la Escuela Franciscana. Según San Buenaventura, concibe toda la realidad como una revelación divina. Por esto el simbolismo tiene tanta importancia en su doctrina. La verdad es única, y todo debe estar encaminado hacia ella. La inteligencia, pues, iluminada por la fe, superándose a sí misma, puede alcanzarla. Para ello coloca en paralelo todo el saber: El concerniente a Dios y el de la inmanencia, el de los seres creados. Como éstos representan a Dios, serán comprendidos por el hombre en la medida que el entendimiento vaya conociendo a Dios en su dignidad y atributos: infinitud, eternidad, unidad, trinidad, poder, conocimiento, bondad y verdad. Y todo ello para dialogar con los musulmanes con el fin de llevarlos al auténtico Dios, que es el revelado por Jesucristo.

La verdad.- Todo el universo tiene una armonía. No está roto o es producto de la casualidad. Es la armonía que vivía San Francisco desde la fe y la explicaba San Buenaventura. Toda la realidad parte de unas razones eternas y ejemplares que están presidiendo todo el universo. La actividad intelectual del hombre, mediante la lógica, es ir paulatinamente descubriendo esta unidad por medio de la relación de las verdades, que constituyen cada cosa concreta existente, y captar su relación y dependencia mutuas. Por eso todas las ciencias están relacionadas. No pueden subsistir aisladas y menos enfrentadas, sino que constituyen un todo unitario a fin de desvelar la presencia de Dios, que todo lo ha hecho bien. Por consiguiente, a través de un sistema complicado, de figuras geométricas (triángulos, cuadrados y círculos concéntricos), Raimundo Lulio demuestra el orden y armonía que existe entre Dios, el hombre y el mundo.

Esta teoría encaminada a que el hombre de toda religión y cultura pueda relacionar a Dios y al universo, parte de unos principios admitidos por todos: Los que están en Dios, como son la bondad, la verdad y la gloria; y los que están en la criatura, que son la diferencia, concordancia, contrariedad, principio, medio, fin, mayor, igual y menor. Todos estamos implicados en estos principios, y accedemos por las figuras antes enunciadas, además de ciertas preguntas que pueden aplicarse a cualquier cuestión en particular: ¿por qué?, ¿para qué?, ¿de qué?, ¿cómo?,… De esta forma Raimundo estaba convencido de llevar a toda criatura al conocimiento de la verdad cristiana. Porque la verdad es única, y todo debe estar encaminado hacia ella. La inteligencia, iluminada por la fe, puede alcanzarla.

Por aquel entonces aún se resentía la cultura de la doctrina de Averroes que demostraba la eternidad del mundo, máxime cuando nuestro Autor estaba en continuo contacto con la cultura y la ciencia árabe. El pensador musulmán defendía que si Dios es infinito y eterno, también lo que provenía de El debía ser así. Pero la inteligencia humana, que no está capacitada para asimilar la infinitud y eternidad, es la que lo entiende como finito y creado. Raimundo, desde su propia lógica, argumenta la posibilidad de la inmanencia o presencia de Dios en el mundo, capaz de actuar temporalmente, sin dejar de ser eternamente en acto, como también que posea las Ideas ejemplares, el Verbo de Dios de San Pablo, mediante las cuales todo es y existe en la realidad, siendo reflejo de ellas.

En su concepción de la persona, nos dice que ésta posee memoria, entendimiento y voluntad, las tres facultades del alma de San Agustín, como imagen y semejanza de la Trinidad. Y el hombre asciende y se adentra en el mundo divino a través de la Sagrada Escritura y del descubrimiento en la naturaleza creada de aquellas semillas del Verbo que posee, por haber sido creada por El. Es una concepción arraigada en la tradición patrística y franciscana, donde el Dios del Amor y de la Paz está continuamente presente en la mente y en el corazón ¿humanos, cuando éstos se colocan y viven en lo concreto de la realidad y en la fe en Dios alimentada por la lectura de la Sagrada Escritura y la oración. El hombre, de esta manera, no se siente dividido o desdoblado por sus tareas terrenales, por el pecado que le lleva a la incoherencia, o desarraiga de su mundo y cultura en las relaciones continuas que debe mantener con Dios. Él le ha creado y donado la naturaleza como la casa donde debe vivir, hasta adentrarse definitivamente en las moradas eternas, que el mismo Dios ha preparado para los que le aman.

Ciertamente Raimundo pertenece a un mundo donde todavía se podía vivir y pensar sin gran contradicción a Dios, al mundo y al hombre a la vez. Sobre todo verlo todo desde la experiencia de fe en el Dios revelado en Cristo Jesús. Pero también hoy sigue siendo un ejemplo porque, no obstante vivir en una cultura donde Dios era una evidencia, supo responder también desde la razón a las eternas preguntas que nos hacemos sobre nuestra proveniencia, destino y sentido de nuestro vivir cotidiano.

 

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