XIX DOMINGO (B)

Del Evangelio según San Juan 6,41-52.

En aquel tiempo, los judíos murmuraban de Jesús porque había dicho: «Yo soy el pan bajado del cielo», y decían: «¿No es este Jesús, el hijo de José? ¿No conocemos a su padre y a su madre? ¿Cómo dice ahora que ha bajado del cielo?». Jesús tomó la palabra y les dijo: «No critiquéis. Nadie puede venir a mí si no lo atrae el Padre que me ha enviado. Y yo lo resucitaré en el último día. Está escrito en los profetas: “Serán todos discípulos de Dios”. Todo el que escucha al Padre y aprende, viene a mí. No es que alguien haya visto al Padre, a no ser el que está junto a Dios: ese ha visto al Padre. En verdad, en verdad os digo: el que cree tiene vida eterna. Yo soy el pan de la vida. Vuestros padres comieron en el desierto el maná y murieron; este es el pan que baja del cielo, para que el hombre coma de él y no muera. Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo; el que coma de este pan vivirá para siempre. Y el pan que yo daré es mi carne por la vida del mundo». Disputaban los judíos entre sí: «¿Cómo puede este darnos a comer su carne?».

1.- Jesús nos dice en el Evangelio (cf Jn 6,45) que todos los hombres serán discípulos del Señor (cf Is 54,13). Jeremías afirma que Dios se relacionará directamente con los hombres: «Ya llegan días en que haré con la casa de Israel y la casa de Judá una alianza nueva. […] Pondré mi ley en su interior y la escribiré en sus corazones; yo seré su Dios y ellos serán mi pueblo. Ya no tendrán que enseñarse unos a otros diciendo: «Conoced al Señor», pues todos me conocerán, desde el más pequeño al mayor —oráculo del Señor—, cuando perdone su culpa y no recuerde ya sus pecados» (Jer 31,31-34). Pero con Jesús cambia esta orientación de la relación inmediata del Señor con sus criaturas. Él es la presencia de la Palabra en la historia humana; él ha bajado del cielo enviado por el Padre para expresar su amor y dar la vida al mundo. La nueva Alianza no se escribe en tablas de piedra, ni se formula por leyes: es una vida, que es vida del Señor, cuya relación con todos nosotros infunde una vida para siempre, porque es la vida propia de Dios. Y todo lo ha enseñado con lenguaje y hechos humanos, comprensibles a todos.

2.- En el desierto del Sinaí los hebreos criticaban a Moisés, como ahora critican a Jesús sus adversarios, porque solo ven su origen humano. No tienen el don de la fe para comprenderle como la última y definitiva Palabra del Señor entre nosotros (cf Heb 1,2). La fe nos acerca al verdadero Jesús, y en él a Dios. La comunidad cristiana debe tener en cuenta esto. Nuestros compromisos con los marginados y nuestra lucha permanente por un mundo más justo y libre, se originan y toman sus fuerzas en Jesús como Palabra eterna del Padre y alimento que da vida. Y cuya memoria celebramos en la Eucaristía. De lo contrario, si seguimos a un Jesús exclusivamente humano, duraremos lo que han durado las instituciones que defienden el bien común: hasta que los intereses individuales y grupales del poder se impongan al resto. Los ricos seguirán siendo los de siempre; y los pobres también. Solo con la fuerza de Dios se puede subvertir el mal y el poder.

3.- Cuando Jesús se ofrece como pan de vida y de vida eterna se enfrenta al mayor enemigo de la creación y de los hombres: la muerte. La muerte física; y las otras muertes solapadas en las ausencias de relaciones humanas; la falta de experiencia del amor; la soledad o soledades de pueblos que mueren por carecer de perspectivas de una vida mejor; la ausencia de pan, agua, formación, sanidad; carencias de libertad y justicia. Todo esto nos hace esclavos de los poderosos egoístas que impiden que tengamos nuestra propia historia personal y colectiva. Cuando Jesús es el pan que comulgamos, se constituye en el que nos da el sentido de la vida que vence la muerte y sus expresiones destructoras. Entonces entonamos con Pablo: «Quién nos separará del amor de Cristo?, ¿la tribulación?, ¿la angustia?, ¿la persecución?, ¿el hambre?, ¿la desnudez?, ¿el peligro?, ¿la espada?; […]. Pero en todo esto vencemos de sobra gracias a aquel que nos ha amado. Pues estoy convencido de que ni muerte, ni vida, ni ángeles, ni principados, ni presente, ni futuro, ni potencias, ni altura, ni profundidad, ni ninguna otra criatura podrá separarnos del amor de Dios manifestado en Cristo Jesús, nuestro Señor» (Rom 8,35-39).

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