XXI DOMINGO (B)

 

    Del Evangelio según San Juan 6,61-69

            En aquel tiempo, muchos discípulos de Jesús, al oírlo, dijeron: «Este modo de hablar es duro, ¿quién puede hacerle caso?». Sabiendo Jesús que sus discípulos lo criticaban, les dijo: «¿Esto os escandaliza?, ¿y si vierais al Hijo del hombre subir adonde estaba antes? El Espíritu es quien da vida; la carne no sirve para nada. Las palabras que os he dicho son espíritu y vida. Y, con todo, hay algunos de entre vosotros que no creen». Pues Jesús sabía desde el principio quiénes no creían y quién lo iba a entregar. Y dijo: «Por eso os he dicho que nadie puede venir a mí si el Padre no se lo concede». Desde entonces, muchos discípulos suyos se echaron atrás y no volvieron a ir con él.  Entonces Jesús les dijo a los Doce: «¿También vosotros queréis marcharos?». Simón Pedro le contestó: «Señor, ¿a quién vamos a acudir? Tú tienes palabras de vida eterna; nosotros creemos y sabemos que tú eres el Santo de Dios». 

               1.- ¿Qué nos dice el Jesús en este evangelio? Diferencia la vida de la carne y la vida del espíritu. La vida de la carne se sacia con los panes que ha multiplicado, la vida del espíritu se colma aceptándolo como el Hijo de Dios que ha venido a salvarnos y comprendiendo que sus palabras y su obras son la presencia del Señor en medio de nosotros. Necesitamos, pues, la fe teologal para percibir el sentido de vida que tiene su existencia y hacerlo nuestro. Hay que vivir desde los principios y la fe en el Señor, porque sus palabras son «espíritu y vida». Para eso, como le dice a Nicodemo, «hay que nacer de nuevo»: hacer nuestro el bautismo.

2.- La comunidad cristiana comienza su andadura por la experiencia de fe en la resurrección y por la recepción del Espíritu en Pentecostés. Pero antes, en el ministerio público de Jesús, se ha ido conformando el grupo de los Doce, que constituye el núcleo duro de sus seguidores y principio básico de la Iglesia. Son los que han reconocido, entre tantos seguidores, que Jesús tiene «palabras de vida eterna». Jesús es el hijo de María y de José, pero también, y sobre todo, el Hijo de Dios, que nos hace relacionarnos con el  Padre como hijos y nos hace vivir como hermanos. Con esta experiencia es como formamos la Iglesia.

3.- Después del discurso de Jesús sobre el pan de vida, muchos le abandonan. Solo se quedan los Doce. Y aun así les tiene que seguir educando, porque su tendencia es ver las cosas desde el poder que les facilita una vida triunfante y acomodada. No podemos olvidar la pretensión de la madre de Juan y Santiago, que es la aspiración de todos. Y Jesús corta por lo sano: «Sabéis que los jefes de los pueblos los tiranizan y que los grandes los oprimen. No será así entre vosotros: el que quiera ser grande entre vosotros, que sea vuestro servidor, y el que quiera ser primero entre vosotros, que sea vuestro esclavo. Igual que el Hijo del hombre no ha venido a ser servido sino a servir y a dar su vida en rescate por muchos» (Mc 19,25-28).  Nuestra fe, al final, nos lleva a afirmar con Pablo: «Por eso doblo las rodillas ante el Padre, de quien toma nombre toda paternidad en el cielo y en la tierra, pidiéndole que os conceda, según la riqueza de su gloria, ser robustecidos por medio de su Espíritu en vuestro hombre interior; que Cristo habite por la fe en vuestros corazones; que el amor sea vuestra raíz y vuestro cimiento; de modo que así, con todos los santos, logréis abarcar lo ancho, lo largo, lo alto y lo profundo, comprendiendo el amor de Cristo, que trasciende todo conocimiento. Así llegaréis a vuestra plenitud, según la plenitud total de Dios» (Ef 3,14-19). Estas son las palabras que dan la «vida eterna».

 

 

 

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