Juan Peckham

  1. Vida

Nacido en Patchan el año 1215, ingresa en la Orden Franciscana muy joven, con la convicción de que san Francisco era el nuevo regalo que Dios le había dado a la Iglesia para su  renovación y extensión. Lo consideraba como el Alter Christus, participando en la corriente de entonces que veía al Poverello como la persona que había vivido el núcleo fundamental del mensaje evangélico, imitando y siguiendo a Jesucristo según las exigencias culturales de su tiempo. Especial hincapié hizo en la pobreza como característica franciscana. Dotado de una gran inteligencia, estudia en París y enseña, desde 1271 a 1275, en Oxford. Es lector de la Curia Romana entre 1276 y 1279, siendo nombrado arzobispo de Cantorbery este mismo año. Falleció en su sede en 1290.

  1. Doctrina

             Entre sus numerosas obras destacan las Cartas que dirige a la Universidad de Oxford en los años 1284-85, donde muestra lo más original de su pensamiento, así como su relación con los acontecimientos eclesiales y doctrinales que se estaban dando en la Europa culta de entonces.

Ante todo pone en guardia sobre los escritos de Santo Tomás. Estos recogen ciertas teorías aristotélicas no acordes con las verdades cristianas, además del cambio que supuso para la teología integrar la filosofía del Estagirita en la exposición de la doctrina cristiana. No sucedió de una forma pacífica el cambio trascendental que dio a la teología el genio de Santo Tomás. Lo vemos en la reacción de Juan Peckham, cuyos motivos están proféticamente insinuados: El abandono de los Padres, el cientifismo materialista, etc. El riesgo que supuso para la vida de la Iglesia fundamentar

sabiduría fuera del ámbito de la Escritura y de los Padres. El Arzobispo estaba en contra que se pudiera alcanzar la verdad teológica fuera de la iluminación divina al hombre, concediendo la autonomía al entendimiento fundando la fe en la racionalidad según Aristóteles. Este peligro lo demostrará después la Modernidad, por un lado, como la teología actual, por otro.

El día 1 de junio le escribió en estos términos al Obispo de Lincoln y a las Autoridades Académicas de Oxford: «No censuramos en manera alguna los estudios filosóficos, ya que sirven para los misterios teológicos, pero reprobamos las novedades profanas de lenguaje introducidas desde hace veinte años en las profundidades de la teología contra la verdad filosófica y en perjuicio de los Santos Padres, cuyas posiciones resultan desdeñadas y menospreciadas».

«¿Qué doctrina es más sólida y más sana? ¿La de los hijos de San Francisco, es decir, la de Alejandro de Hales, de santa memoria, de San Buenaventura y otros semejantes, que se apoyan en los Padres y en los Filósofos exentos de censura, o esa doctrina nueva, casi completamente contraria, que invade todo el mundo de discusiones verbales, debilitando y destruyendo radicalmente lo que enseña Agustín sobre las reglas eternas, la luz inmutable, las potencias del alma, las razones seminales, incluidas en la materia, y sobre innumerables cuestiones parecidas? Que juzguen los ancianos, porque en ellos está la agente». Y defendía con ahínco, siguiendo a San Buenaventura y San Agustín, la presencia de Dios en las criaturas, en el alma, que tendía instintivamente hacia Dios.

Especial hincapié hizo sobre la pobreza como característica de la vida franciscana. Rechaza toda interpretación relajada de los usos de los bienes por parte de los seguidores de San Francisco. La austeridad y renuncia de las cosas, incluso necesarias, no está reñida con una vida serena, gozosa, propia de la perfección evangélica. Esta pobreza renueva también la vida interior y ayuda a la presencia de Dios en las criaturas. Enseña cumplir las exigencias del sacramento del bautismo como incardinación a Cristo, muerto y resucitado. Y siguiendo también a Jesucristo y a san Francisco, ve en la  pobreza el paradigma desde donde se comprende toda la religiosidad proveniente de la fe cristiana.

 

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