Invitación al cristianismo. Experiencia y verdad

Olegario González de Cardedal

Pîlar Sánchez Álvarez
Instituto Teológico de Murcia OFM
Pontificia Universidad Antonianum

Este nuevo libro del teólogo es un libro pensado, reflexionado e integrado en su pensamiento. Es un compendio de su larga trayectoria teológica donde se recoge los temas siempre presentes en sus libros: Dios, hombre, y la relación entre ambos, relación que origina en el hombre una forma peculiar de vida y de verdad.
Está formado por un prólogo, seis capítulos y una invitación final al lector a seguir el camino mostrado por Cristo. Se encuadra en la línea teológica emergente, la nueva apologética, consistente en dar razones de la fe cristiana y mostrar la convicción de la esperanza en la salvación, de una fe “ reflexionada, vivida, sudada y querida”.
A pesar de seguir un hilo conductor, cada capítulo es una unidad completa, empieza y acaba en sí mismo por lo que se puede romper el orden de la lectura, sin afectar a la compresión total.
Quizás sea el libro del autor donde menos recursos literarios use, pero la claridad del lenguaje, así como la bien definida estructura de los capítulos, consigue una lectura fácil e inteligible aún para el profano en teología.
El objetivo, indicado por el autor, es pensar y ejercitar el cristianismo porque el cristianismo implica conocimiento (gnosis), forma de vida (praxis) y relación con el futuro absoluto (elpis), ya que esta religión siempre ha tenido la pretensión de ofrecer en todos los tiempos experiencia y verdad. Los grandes místicos son responsables de esa fe que genera experiencia, y la verdad que propone es fruto de la revelación de Dios en la historia. Ambas, experiencia y verdad, son inseparables.
El primer capítulo lo dedica a Dios y la cuestión del fundamento. El hombre busca siempre fundamento para ser, para pensar y para vivir, aunque en este momento de pensamiento débil, de crisis general en todos los ámbitos, incluso en el cultural, ético y religioso, reclama una realidad sin fundamento, porque no hay espacios que iluminen la forma de vivir y morir, qué esperar y para qué trabajar, cómo relacionarse con el cosmos, con Dios, ni se pregunta hacia donde camina el hombre. Entre las causas de este desfondamiento el autor expone el fracaso de las grandes ideologías del siglo XX, y las consecuencias de la posmodernidad.
A través de varias vías, metafísica, ética, religiosa o antropológica, el hombre ha buscado a Dios, por el asombro ante la irreductibilidad a la existencia individual. Pero el hombre actual no siente la ausencia de Dios porque solo existe para “estar”.
Don Olegario ante esta actitud afirma que el cristiano debe dar testimonio, comunicar la fe recibida y afirmar que Dios no es indiferente para la vida humana.
El segundo capítulo lo dedica a la experiencia cristiana, al origen, contenido y transmisión. Olegario González de Cardedal parte de una perspectiva bíblica donde Dios hace y dice al hombre, y este responde a ese don y a esa llamada con la fe. El origen de esta experiencia, según el autor, está en creer. El hombre descubre hechos, valores e ideas que son fundamentos para él, de los que no puede prescindir para vivir. Entre estos está la experiencia del Absoluto que le trasciende y que cuando intenta apoderarse de El, el mismo se devalúa. Estos hechos, valores e ideas fundamentales son absolutos y relacionales, y dan lugar a la experiencia metafísica, la ética, la estética y la religiosa.
La experiencia cristiana tiene una continuidad antropológica que la une al resto de la historia religiosa de la humanidad (su abertura al Absoluto con la inteligencia, voluntad y corazón) y una continuidad histórica que la une a la historia de Israel (lo refiere al Antiguo Testamento). El cristianismo es una religión histórica (intervención divina en la historia del hombre), positiva (porque está centrada en acontecimientos y personalidades que se han comprendido llamados y enviados por Dios), cristológica (centrada en Cristo, autodonación de Dios en su Hijo desde toda la eternidad para compartir, redimir y divinizar a los hombres), eclesial (institución divina, signo humano, misterio, enigma e incluso escándalo) y pneumática (porque el Espíritu está presente desde la concepción de Jesús y está en la Iglesia como principio de novedad y de continuidad. Este es el contenidos de la experiencia religiosa cristiana.
La transmisión del cristianismo tiene que ser connatural con la forma en que tuvo lugar la revelación: historia vivida, narrada, interpretada, cristalizada en instituciones y recogida en textos. Son hechos y palabras, individual y comunitaria, memoria, celebración y esperanza los elementos constituyentes de la revelación y por ellos debe transmitirse.
El capítulo tres lo dedica a la pretensión de verdad en el cristianismo. Siempre se ha comprendido como portador de una verdad revelada, confiada por Dios a los hombre. En este apartado Don Olegario reflexiona sobre tres palabras: Verdad, secularidad y pluralismo, incidiendo en la secularización de la conciencia. Afirma que el pluralismo no puede ser pensado sin relación con la unidad, como por ejemplo la unidad del hombre compuesta por múltiples miembros y funciones que forman el organismo, o la fe en el cristianismo cuya unidad de fe se expresa en verdades diferentes como se expresa en el Credo.
En este mismo capítulo se plantea la cuestión del cristianismo ante las grandes religiones, analizando el cambio dado por la Iglesia después del Concilio Vaticano II, para llegar a la conclusión de reconocer lo verdadero y bueno de ellas como reflejos de las semillas de Cristo, pero sin caer en un relativismo, porque todas no son igualmente válidas. La Iglesia da testimonio de fe y a la vez se esfuerza en dar razón de ella, por haber sido agraciada y tiene el deber de darla a conocer a todos.
El cuarto capítulo lo dedica a Dios en el cristianismo. Identifica al Dios cristiano con dos categorías: como Don (crea al hombre y se da como compañero y amigo) y como Perdón (en la Biblia el acento no está puesto en que el hombre pida perdón a Dios, sino en que es Dios el que llama al pecador y le invita a la reconciliación para superar las consecuencias de su pecado). El perdón que Dios ofrece a los hombres encuentra su expresión última en la Cruz, en el destino de Cristo, donde los hombres entregan a Jesús, en la entrega de sí mismo y en la entrega de su Hijo por parte de Dios. Esta muerte no es necesaria ni físicamente, ni jurídicamente, Cristo fue a ella libremente por Amor. Después de su Ascensión ha dejado un legado para el perdón a los hombres: la presencia del Espíritu y la Eucaristía, sacramento donde se actualiza y presencializa su muerte y su resurrección, y del que manan los demás sacramentos.
Explica el misterio trinitario partiendo de la experiencia cristiana originaria de los primeros discípulos y de las confesiones de fe. Se parte: “en Jesucristo los hombres tenemos salvación definitiva y esta solo puede venir de Dios porque salvación es ser afirmado e integrado en su propia vida divina”. Y se habla de salvación en relación a tres protagonistas en íntima relación entre si: Padre que envía y da a su Hijo, Palabra encarnada, guiado por el Espíritu a lo largo de su existencia, que él enviará desde el Padre a la Iglesia. La teología y los Concilios han afirmado, repensado y defendido la común naturaleza divina junto a la unidad y diferencia entre esos protagonistas de la salvación de los hombres. Esta es la esencia de Dios. ¿Cómo explicar esto? Unos lo hacen afirmando: la fe en Dios creador del mundo; la fe en Dios reconciliador del mundo; la fe en Dios consumador del mundo. Esto puede llevar a un modalismo, es decir, tres maneras distintas de nombrar al único Dios. Otros han puesto el acento en el personalismo, existiendo el peligro de llegar a un triteísmo, es decir, unión de tres como realidades autónomas, como lo son las persona en el orden humano. La Biblia nos revela que Dios es comunión de vida en mismidad y alteridad, que hay relación, no hay soledad, sino Amor que se da, se acoge y se devuelve al origen. En la luz del misterio trinitario, las categorías primordiales del cristianismo no son esencia y autonomía, sino relación y autodonación, que han encontrado eco y respuesta en las conciencias de los creyentes.
El quinto capítulo presenta a Jesucristo: de la plenitud de Dios a la plenitud del hombre. El cristianismo a diferencia de otras religiones, está convencido que Dios busca al hombre, que le llama, que le visita, que se encarna. Y el hombre responde a esta iniciativa con la fe. Luego la plenitud humana en el cristianismo es Cristo, como don de Dios al mundo. Cristo, expresión de una plenitud humana en figura particular Cristo, expresión de la plenitud de Dios en el mundo La Plenitud de Dios, mediada en Cristo, presente en la Iglesia.
El capítulo sexto lo dedica a Jesucristo, iniciador y consumador de la santidad cristiana. Todos los hombres están llamados a la santidad y don Olegario nuestra la santidad en el Antiguo Testamento convergiendo en el mismo Dios y en todo lo relativo a Él (culto, lugares, personas…). La santidad en el Nuevo Testamento es la persona de Jesucristo, porque es el Santo de Dios; el Justo y el Santo; El Hijo santificado por el Padre; El Santificador, El sin pecado o la santidad moral de Cristo; el Maestro de la santidad y el Donador del Espíritu. Jesús se abre hacia el padre. Hacia el Espíritu y hacia la iglesia
Termina el libro con una invitación al cristianismo. El camino de la fe hacia Dios, tiene una doble dimensión; la experiencia personal del creyente, dimensión subjetiva y la dimensión objetiva, referida a la persona de Jesús, su vida, su muerte y su resurrección, y desde la reflexión de la resurrección se piensa a Dios Creador y Padre, que nos ha enviado a su Hijo y a este que nos ha enviado su Espíritu Santo. Por medio de la Iglesia nos ofrece el perdón de los pecados, nos da una vida nueva, que implica la resurrección de la carne y la eternidad propia de Dios.
Don Olegario no invita al cristianismo cultural, al cristianismo moral o al cristianismo social porque aunque sean válidos, el cristianismo que la Iglesia ofrece no busca los efectos temporales y materiales, ya que el cristianismo es ante todo una propuesta de revelación de Dios y de la salvación del hombre derivada de la persona, doctrina y destino de Cristo. De entre las virtudes, Dios ha elegido tres como su don y contenido específico: fe, esperanza y caridad. Un cristianismo que ha sido vivido, pensado y proclamado a lo largo de veinte siglos. Es un cristianismo concreto en su contenidos, exigencias y promesas; es complejo porque en él se da una jerarquía de verdades, porque no todos los elementos son igual de importantes; es completo porque todos los artículos del Credo son necesarios; y por último es eclesial, porque solo viviéndolo dentro de ella se llega al núcleo del evangelio, ofrece los sacramentos, la palabra, y los medios de gracia que nos hace posible ser santos.
La lectura del libro da una visión completa de a qué cristianismo invita Don Olegario a los lectores, un cristianismo de razón y voluntad, de fe y amor, de individualidad con Dios y comunidad con los hermanos; un cristianismo con Iglesia. Quien hoy quiera profundizar más en su religión, en su fe, en sus creencias encontrará en este libro una visión profunda y clara, por lo que es recomendable su lectura serena y pausada.

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