XIV DOMINGO (B)

 

Del Evangelio según San Marcos 8,27-35.

En aquel tiempo, Jesús y sus discípulos se dirigieron a las aldeas de Cesarea de Filipo; por el camino preguntó a sus discípulos: «¿Quién dice la gente que soy yo?». Ellos le contestaron: «Unos, Juan el Bautista; otros, Elías, y otros, uno de los profetas». Él les preguntó: «Y vosotros, ¿quién decís que soy?». Tomando la palabra Pedro le dijo: «Tú eres el Mesías». Y les conminó a que no hablaran a nadie acerca de esto.  Y empezó a instruirlos: «El Hijo del hombre tiene que padecer mucho, ser reprobado por los ancianos, sumos sacerdotes y escribas, ser ejecutado y resucitar a los tres días». Se lo explicaba con toda claridad. Entonces Pedro se lo llevó aparte y se puso a increparlo. Pero él se volvió y, mirando a los discípulos, increpó a Pedro: «¡Ponte detrás de mí, Satanás! ¡Tú piensas como los hombres, no como Dios!». Y llamando a la gente y a sus discípulos les dijo: «Si alguno quiere venir en pos de mí, que se niegue a sí mismo, tome su cruz y me siga. Porque, quien quiera salvar su vida, la perderá; pero el que pierda su vida por mí y por el Evangelio, la salvará.

1.- Jesús ha triunfado en la primera visita que ha hecho a los pueblecitos de Galilea. Las masas le siguen, afirman que predica con autoridad, sana a los enfermos y da la libertad a los endemoniados. Es lógico que los actores que aparecen en su ministerio se pregunten sobre la identidad del hijo de María y José: el pueblo, los escribas y fariseos, Herodes, los espíritus diabólicos, etc. (cf Mc 1,27). Ahora les toca a los discípulos. Pedro responde en nombre de los Doce que Jesús es el Mesías. El silencio que les exige también lo ha impuesto varias veces a lo largo del Evangelio: sobre la expulsión de los demonios, sobre algunas curaciones, etc. (Mc 1,25.44). Lo que sorprende a sus seguidores es la relación que establece entre el mesianismo y el sufrimiento, sufrimiento que extiende a los que él llama a seguirle en la proclamación de la salvación que ofrece Dios a todas las gentes.

2.- Jesús relaciona su identidad de enviado del Señor para salvar a los hombres con el dolor de la pasión y muerte. La invitación que le hace Pedro para que se aparte de la cruz la experimenta como una tentación diabólica. Pedro aplica una de las visiones que hay sobre el carácter prepotente y triunfante del Mesías de Dios. Una visión que los hechos descalifican, porque ya todos saben que Jesús ha muerto en cruz que lo ha resucitado el Señor. La cruz no es sólo un acto de justicia de Pilato fundado en una mentira ―hacerse rey de los judíos—, sino, leído desde Dios, supone la mejor respuesta que da Jesús a todos muriendo desde el extremo servicio que le exige su misión: «Nadie tiene amor más grande que quien da la vida por sus amigos» (Jn 15,13).

3.- La vida deJesús es la horma de la vida de los discípulos. La misión de salvación que el Señor encomienda a Jesús, y este a sus discípulos, la ha mostrado con claridad varias veces: salvar es amar y amar entraña servicio, negación de sí y, por consiguiente, sufrimiento. Es no sólo una exigencia de la vida que se enfoca desde la entrega sin límites a los demás, sino la identidad de una existencia que todos sabemos que no es angélica, que no corresponde a los espíritus puros y santos, sino de una convivencia que a todos hace sufrir, y de una entrega que supone la destrucción progresiva del egoísmo.

 

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