SEMANA SANTA

Breve recorrido

P. Ruiz Verdú OFM

Las iniciativas litúrgicas de la Semana Santa nacieron en la Ciudad Santa, Jerusalén, donde los recuerdos de la Pasión del Señor suscitaban en los cristianos un fervor extraordinario que motivó que otros lugares lo imitasen.

La “Semana Santa”, también conocida  en las Iglesias de Oriente como “Semana Mayor”, recuerda y celebra todo lo que Jesús vivió en su última semana de vida terrena.

DOMINGO DE RAMOS

Recuerda la entrada de Jesús en Jerusalén, montado en un pollino y acompañado de sus discípulos y multitud de gente que el aclamaba. Es una celebración triunfal. Comienza con la bendición de los ramos, que debe hacerse en un lugar distinto de la iglesia. Es la primera parte de la celebración. La más triunfante. La procesión de los ramos tiene su origen en la iglesia de Jerusalén, en el siglo IV, una vez que la Iglesia ha obtenido la libertad social. Con esta procesión se quiere afirmar que Jesús es el Mesías prometido al pueblo de Israel. A partir del siglo VIII  se bendicen los ramos.

La segunda parte es la celebración de la Santa Misa de la Pasión con la lectura del evangelio de la Pasión correspondiente al ciclo litúrgico A-B-C.(Mateo, Marcos o Lc). Por eso, antiguamente se le llamaba Domingo de la Pasión del Señor.

En la Edad Media se solemnizó litúrgicamente la procesión de ramos, en la que participaba todo el pueblo, el obispo y el clero. Se reunían todos en una iglesia fuera de la ciudad o en un lugar elevado, que recordaba el monte de los Olivos, y, desde allí, portando ramos de olivo, palmas o de otros árboles, bendecidos anteriormente, iban en procesión hasta llegar a la catedral, cuyas puertas estaban cerradas y que sólo se abrían cuando eran golpeadas con la cruz. Esto significa que es Cristo quien nos precede y, por la fuerza de la cruz, introduce a los justos en el cielo.

En algunos países se acostumbraba a bendecir también flores, de donde el nombre de Pascua  de las flores o Pascua Florida. Así era conocida también entre la gente.

LUNES, MARTES Y MIÉRCOLES SANTO

De las tres primeras ferias de la Semana Santa, – lunes, martes y miércoles-, esta última es la más antigua y la más importante. Se recuerda cuando el Sanedrín, gran Consejo de los judíos, se reúne para ver el modo de apresar a Jesús y darle muerte. El evangelio del día recuerda la oferta de Judas a los sumos sacerdotes de entregarles a Jesús y la aceptación de éstos por treinta monedas. Y el anuncio, en la Cena,  por parte de Jesús de la traición de Judas, según nos lo cuenta el evangelio según san Mateo.

JUEVES SANTO

Con el Jueves Santo se termina la Cuaresma y comienza el Triduo Pascual.

En primer lugar la Celebración de la Cena del Señor. Se recuerda la institución de la Eucarística, la institución del sacerdocio, el mandamiento del amor cristiano dado por Jesús, la oración de Jesús en Getsemaní y la prisión de Jesús siguiendo las instrucciones de Judas.

Este recuerdo especial de la celebración de la Cena Última del Señor pudo empezar en Jerusalén, ya en el siglo IV. Más tarde, el Jueves Santo, era el día en que tenía lugar la reconciliación de los penitentes y las bendición de los óleos. En muchos lugares es el día dedicado a la confesión anual. Los óleos, que hoy en día se bendicen el martes o miércoles santo, según la tradición de las diócesis, son tres: el santo Crisma, el de catecúmenos y el de enfermos. El santo Crisma se emplea en el bautismo, confirmación y ordenación presbiteral y episcopal; el de los catecúmenos en el bautismo, antes de ser bautizados, y el de los enfermos, para cuando un cristiano está en estado de enfermedad grave, que no significa que ya está agonizando. Una vez muerto ya no se debe administrar la Unción de enfermos, pues ésta es para enfermos, no para muertos.

Otro de los ritos propios de este día es el lavatorio de los pies, que comenzó a celebrarse en Jerusalén en la segunda mitad del siglo V. De ahí se extendió a Oriente y Occidente. Significa el mandamiento nuevo del amor y el servicio de Cristo, que no ha venido a ser servido sino a servir (cf. Mt 20,28), en cuyo servicio nos dijo que lo imitásemos.

El Monumento.  Durante los siglos XIII y XV se afianzó la costumbre de reservar la Eucaristía en un sagrario provisional, donde se guardaba para la adoración por los fieles y también para la comunión del día siguiente. Con el desarrollo de la devoción eucarística, el sagrario provisional recobró especial relieve y se adornó con flores, luces y otros adornos. A partir de la medianoche debemos centrarnos en la meditación de la Pasión del Señor. Es el consejo de la Iglesia,

Una vez guardada la Eucaristía en le Monumento, se quitan los manteles del altar, dejándolo totalmente vacío de adornos. Esto simboliza el despojamiento de Cristo en la Cruz.

VIERNES SANTO

En este día no se celebra la Santa Misa. Es el gran día de luto para la Iglesia. Es un día de intenso dolor, dulcificado por la esperanza cristiana. Recordar lo que Cristo sufrió por nosotros suscita sentimientos de dolor y compasión, así como de pesar por nuestra participación en sus sufrimientos a causa de nuestros pecados. Es dolor unido a la gloria y salvación que reporta para la humanidad. ¡Nuestra gloria es la cruz de Cristo! Es día de agradecer el amor de Dios hacia nosotros.

Tres son los ritos que comprende la liturgia del Viernes Santo o Celebración de la Pasión del Señor: la liturgia de la Palabra, que se concluye con las oraciones solemnes. Éstas son 10, en las que se pide por todos los que vivimos y por las todas las necesidades del mundo. Se hacen después de la lectura de la Pasión según san Juan. Con esto se quiere indicar que el fruto de la muerte de Cristo es universal y se extiende a todos sin exclusión de razas, religión y cultura.

La adoración de la cruz. Tuvo su inicio en Jerusalén, después de que santa Elena, la madre del emperador Constantino, hallase la cruz de Cristo (s. IV). El rito es simple: presentación de la cruz y adoración de la misma mediante un gesto o un beso a la cruz. Mientras tanto se canta o se recitan los llamados “Improperios”: quejas de Jesús a su pueblo que, a pesar de haberlos cuidado con amor y misericordia durante toda su historia, lo han rechazado y crucificado.

La llamada “misa de los presantificados” (lo que ha sido santificado en la Eucaristía del Jueves Santo), que consiste en la comunión con las formas consagradas el Jueves Santo. Es un simple rito de comunión, con el rezo del Padre nuestro y una oración conclusiva de acción de gracias.

La liturgia del Viernes Santo es como un vía crucis celebrado litúrgicamente.

SÁBADO SANTO

Día alitúrgico. Día en el que la Iglesia acompaña a María en su dolor. Continúa el luto por la muerte del Señor, conmemorando su sepultura y su descenso al lugar de los muertos para liberar a los justos que esperaban a su Redentor, abriéndoles  las puertas del Cielo. Es lo que confesamos cuando afirmamos en el Credo: “Descendió a los infiernos”.

LA VIGILIA PASCUAL

“Madre de todas las vigilias” (san Agustín). Los ritos son:

Bendición del fuego,  que se realiza en el atrio o al fondo de la iglesia. Este rito,  es muy antiguo.  El fuego antiguamente se obtenía con la piedra pedernal, por eso se realizaba fuera de la iglesia por los inconvenientes de humo, mal olor, etc. La bendición del fuego, según la oración que se emplea para bendecirlo, nos recuerda la finalidad de las fiestas pascuales; a saber: guiados por la luz “llegar con corazón limpio a las fiestas de la eterna luz”, en el cielo con todos los santos.

Con este fuego se enciende el cirio pascual, símbolo y signo de la presencia de Cristo resucitado. La vigilia pascual se remonta muy al inicio de la historia litúrgica. Nos quiere recordar que Cristo está presente en su pueblo, instruyéndolo, como a los apóstoles, sobre la verdad de su resurrección y sobre nuestra participación en ella. Este cirio lucirá en las celebraciones litúrgicas durante los 50 días que dura el tiempo Pascual, hasta el día de Pentecostés, indicando con esto que a partir de la venida del Espíritu Santo, será Él quien nos guíe, y, a su vez, nos recuerda la presencia de Jesús entre nosotros: “Yo estaré con vosotros todos los días”.

Sigue el Pregón pascual, “texto lírico de gran belleza”, que canta la victoria de Cristo sobre el pecado y la muerte y la redención del género humano. Una de las estrofas, dice: “Esta noche santa, ahuyenta los pecados, lava las culpas, devuelve la inocencia a los caídos, la alegría a los tristes, expulsa el odio, trae la concordia, doblega a los poderosos.– ¡Qué noche tan dichosa, en que se une el cielo con la tierra, lo humano y lo divino!”

Con las lecturas comienza propiamente la Vigilia Pascual. Hasta este momento hemos estado preparándonos para escuchar, con atención y gratitud, un resumen de la historia de la salvación, historia del amor de Dios, comenzando por la lectura de la creación. Son siete lecturas del AT, comenzando por la Creación. Forman como una especie de diapositivas que sirven para recordarnos el gran amor misericordioso de Dios. Conviene advertir que concluida la lectura del AT, se encienden las velas del altar, hasta ahora apagadas, que son las que iluminarán durante la celebración de la Santa Misa. ¿Por qué precisamente ahora? Probablemente para indicarnos que, por la resurrección de Jesús, hemos pasado la esclavitud de la ley del AT a la ley de la gracia y el amor, la libertad cristiana.

Y entonces se canta el “Gloria a Dios en el cielo”, acompañado del repique de campanas, anunciando la resurrección de Cristo. Proclamada la lectura del NT, que nos habla de nuestra resurrección en Cristo, se canta el Aleluya,  momento cumbre, que inicia siempre el celebrante. Es el grito de júbilo cristiano, que desde el inicio de la Cuaresma, no se oía. Siempre se debe cantar estando de pie, porque es canto de victoria, de alabanza a Dios. Aleluya significa: “Alabad a Dios”. Es el grito de alabanza dado por los elegidos para celebrar la victoria total y definitiva  de Dios. Y una victoria se celebra siempre en actitud de pie.

En la noche pascual tiene lugar la bendición del agua bautismal, con la cual serán bautizados los catecúmenos, si los hubiere, y para el momento de la renovación de las promesas bautismales, recordando nuestro bautismo y confesando nuestra fe como personas adultas que ya sabemos a que nos comprometimos cuando fuimos bautizados.

Y comienza el Tiempo Pascual cuya duración es de cincuenta días, durante el cual vamos descubriendo quién es el Resucitado, qué nos ofrece y cómo caminar en esta nueva vida hasta alcanzar la eterna. Si hemos resucitado con Cristo, nos dice san Pablo, vivamos las realidades de arriba, no las de la tierra, porque hemos sido injertados en la vida resucitada de Cristo Jesús.

El Domingo de Pascua es el punto culminante del ciclo eclesiástico entero, porque entre todas es la fiesta eminentemente de Cristo, principio y fundamento de toda nuestra vida cristiana. Partiendo de la Pascua podemos comprender todas las celebraciones, todos los ritos y todos los textos litúrgicos del año. Es la fiesta de las fiestas, siendo los domingos prolongación de ella.

 

 

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