V PASCUA (C)

Del Evangelio según San Juan 13,31-33a. 34-35.
Cuando salió Judas del cenáculo, dijo Jesús: «Ahora es glorificado el Hijo del hombre, y Dios es glorificado en él. Si Dios es glorificado en él, también Dios lo glorificará en sí mismo: pronto lo glorificará. Hijitos, me queda poco de estar con vosotros. Os doy un mandamiento nuevo: que os améis unos a otros; como yo os he amado, amaos también unos a otros. En esto conocerán todos que sois discípulos míos: si os amáis unos a otros».

1.- Para que el cristianismo sea relevante en la cultura y en la sociedad tiene que mostrar en la vida esta enseñanza de Jesús: amar al prójimo como a sí mismo, dar la vida por los hermanos, etc. Porque «quien se empeñe en salvar la vida, la perderá; quien la pierda por mí y por la buena noticia, la salvará. ¿De qué aprovecha al hombre ganar el mundo entero a costa de su vida? ¿Qué precio pagará el hombre por su vida?» (Mc 8,35-37par). Jesús afirma que sobre la base de nuestra vida, limitada y perecedera, empezamos a construir la vida auténtica, creada y sostenida por Dios, que nadie nos puede quitar. Y esa vida alcanzamos por medio del seguimiento de Jesús, que nos lleva a la entrega de nosotros como signo de amor, que es el norte al que debemos apuntar con nuestras actitudes y actos. Se impone, pues, la convicción de que después del tiempo es posible una vida interminable, que no la aseguramos ni con nuestros esfuerzos humanos ni con sus beneficios. Que nuestra vida perdure es cuestión del que puede hacerlo: Dios, y no de los bienes. Y el único bien que reconoce Dios es el suyo, lo que Él es, es decir, el amor. Quien lo hace real es Jesús y el Reino; es la buena noticia que anunciamos con nuestra vida.

2.- La Iglesia ha demostrado a lo largo de los siglos su relevancia servicial en la dimensión personal, colectiva y cultural, porque ha sabido seguir y cumplir el mandamiento del amor. Los santos y beatos que ella ha declarado son un exponente de su vida auténtica y el ejemplo de que no existe otro camino si quiere llamarse la comunidad de Jesús. Pero, como decían los Padres, la Iglesia es virgen y prostituta a la vez; es decir, junto a la fidelidad de los santos está la infidelidad de los que dan la espalda al amor y prefieren seguir sus intereses al margen de los intereses de Dios, que son todos sus hijos, todo el mundo creado. Y no es necesario elevar mucho los ojos para observar que nuestro horizonte está lleno de gente egoísta, a la que solo le interesa lo suyo. Los tenemos al frente, detrás, a los lados. Pero no por ello debemos abjurar de nuestra vocación, del mandamiento de amarlos, porque la justificación y fuerza de nuestra entrega está en Jesús, que nos empuja a ello, y no la respuesta que nos puedan dar los prójimos o los así llamados hermanos.

3.- «Amar a los hermanos» se puede entender de una forma personal o estructural. Si lo es en esta última forma, da pena ver la historia de nuestra cultura occidental, así llamada cristiana. Es fácil que, desde la perspectiva de otras religiones, nos pregunten dónde está el seguimiento del amor mutuo de Jesús, cuando nuestra historia es una historia de poder, de afán por el dinero, de enriquecimiento ilícito e inmoral, a costa de quien sea, de lo que sea, y de qué país o cultura sea. Es una pena que el poder del mundo se siga ejerciendo con la ferocidad del lucro, y esclavizando a millones de hermanos. En este sentido, Jesús ha predicado al aire. Hay que fijarse en las personas individuales, en los sentimientos y convicciones de una mayoría de cristianos que se aman, que son solidarios con cualquier causa de ayuda o servicio, a pesar de que los que mandan sigan sirviendo a los así llamados «amos del mundo».

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