Teología de la oración. Levantemos el corazón.

Marianne Schlosser

La Fundación Vaticana Ratzinger-Benedicto XVI ha otorgado este año 2018 el premio de Teología a la profesora Marianne Schlosser, que enseña en la Facultad de Teología Católica de la Universidad de Viena desde el 2004. Es especialista de la teología y la espiritualidad patrística de la baja Edad Media con atención a las órdenes mendicantes. Ha traducido al alemán gran parte de la obra de San Buenaventura. Desde el año 2014 forma parte de la Comisión Teológica Internacional; se suma a las teólogas sor Prudence Allen, R.S.M. (Estados Unidos), sor Alenka Arko, de la Comunidad Loyola (Rusia), la profesora Moira Mary MacQueen (Canadá) y la profesora Tracey Rowland (Australia).
El texto que presentamos versa sobre la oración, que constituye la experiencia central de la teología espiritual, comprendida como la vida cristiana llevada a cabo por el Espíritu de Cristo. La oración es posible porque Dios es una persona capaz de escuchar. Orar es «el acercamiento dialógico de un ser humano a su Dios con el fin de presentarle la propia existencia, en su carácter menesteroso o satisfactorio, como ámbito de acción de este Dios» (Ratschow, 11). De la oración ha habido opiniones para todos los gustos. P.e., la oración de petición —entendida como relación comercial con Dios— la rechazan Platón, Rousseau, Kant, etc. Sin embargo, se defiende la oración de alabanza y adoración, más adecuada a un Dios trascendente. Con todo, la oración se comprende según la experiencia que se tiene del Señor. Y en el cristianismo depende de la revelación que Dios hace de sí mismo en la Sagrada Escritura, un Dios que es Padre, Hijo y Espíritu Santo; y ha creado a la persona humana capaz de relacionarse con Él.
En la Escritura hay dos modelos fundamentales de oración: los Salmos para el AT y el Padrenuestro para el NT. El Salterio entraña textos narrativos, proféticos, sapienciales, aunque todos están compuestos para orar, como modelos de oración y como lectura espiritual para los creyentes. Y se utilizan para orar por Jesús y por los cristianos de todos los tiempos, y tanto en Jesús como hijo de Israel, y en los cristianos como pertenecientes al cuerpo de Cristo, son oración de la comunidad, no son oraciones individuales. El Salterio contiene salmos de maldición, en los que se pide al Señor que tome la actitud tan semita de la venganza contra los enemigos personales o colectivos del pueblo. Llama la atención a los cristianos, cuando tenemos siempre en el corazón el amor al prójimo y a los enemigos (cf Mt 5,43-48). Sin embargo debemos pensar que están compuestos en situaciones extremas de violencia en los que se matan niños, ancianos y se esclavizan y violan a mujeres de toda edad (cf Sal 137). Es una oración, en la que se pide justicia, justicia tomada como una virtud que se contempla en las entrañas divinas y que, antes, se ha apreciado en boca del Señor (cf Éx 22,20-26). Hay que subrayar los salmos en los que se acerca a Dios al orante y a toda clase de situaciones que experimenta: Dios es el Pastor que vela por su pueblo; que lo cuida y lo lleva a tierras donde puede vivir en paz y en alabanza divina. El salmo 23, más tarde, se aplicará a Jesús como el buen pastor (de Lc 15,1-7 a Jn 10,11-18), o promesa profética de los principales sacramentos cristianos (Gregorio de Nisa, Ambrosio, Cirilo, Agustín, etc.). Además poseemos los salmos de alabanza y adoración (33, 95, 195, etc), de acción de gracias (118, 137, 138, etc.), de petición (35, 44, 85, etc.). Ellos recorren todas las actitudes fundamentales del creyente y de la comunidad en su relación con Dios y con los demás. Todas las situación vitales y sociales están contempladas en el Salterio.
La oración central del NT es el Padre nuestro. La autora lo explica detalladamente. Comienza con el «Padre del cielo», entendido como trascendente y, a la vez, sito en la vida humana, al decir de Agustín: «El Señor está cerca de los contritos de corazón —Salmo 33,19—, y esto pertenece a la humildad»; en los cielos cosmológicos estarían las aves más cerca del Señor que los hombres. Es Padre del cielo «nuestro»; es una oración en plural, de la comunidad; el creyente no puede olvidar que está sostenido por la comunidad; de ahí que excluya todo pecado que rompa las relaciones comunitarias. A continuación a estas tres peticiones, vienen las que se dicen en segunda persona del singular: «tú»; se santifica tunombre, porque el nombre del Señor es santo y el creyente debe dar testimonio de Él como santo; y la mejor manera de hacer es llevar una vida santa, que, al final, la hará posible el propio Dios; «venga tu reino», iniciado por Jesús y aparece continuamente por los dones de Dios que santifican a sus hijos, haciendo presente la vida divina en la historia (cf Jn 20,32); «hágase tu voluntad en el cielo como en la tierra»; es una voluntad del Padre bueno, santo, y dirigida a la salvación de todos los hombres (cf 1Tes 4,3); por eso la libertad humana es importante para aceptar dicha voluntad divina salvadora y estar conforme a ella. La parte siguiente, que incluye las peticiones en primera persona del plural, se orienta a la petición del pan, de las cosas necesarias para vivir, y subraya que incluso para ellas es necesaria la presencia divina. Pedir cosas a Dios no es para acumularlas, sino para cubrir las necesidades de cada día. El texto amplia la petición para el alimento espiritual del creyente, sobre todo en la participación de la Eucaristía. La segunda petición refiere el «perdón» ( cf Mt 18,13-35) y, por consiguiente, un paso trascendental para la convivencia humana. El perdón, que solo es posible entre personas y no con las leyes y principios, al decir de San Francisco apela a la misericordia divina y a la cruz de Cristo; y al amor a los enemigos hecho posible por el amor de Dios inscrito en nuestro corazón. «No caer en tentación» supone que Dios no nos permita seguir un camino equivocado en el que se dé la tentación; o una prueba en la que no tengamos fuerzas para vencerla. Unida a la tentación, se pide al Señor que nos «libre del mal», de Satanás, de las estructuras de pecado, de los males institucionales, etc.
Una vez explicadas las dos fuentes fundamentales de la oración en la Escritura, el texto trata de la explicación sistemática de la oración, recorriendo las cuatro dimensiones tradicionales en las que se divide: oración de petición (providencia de Dios), de acción de gracias y de alabanza (gloria a Dios) y de adoración (santidad de Dios). A continuación viene un capítulo muy práctico para la realización de la oración: el espacio, tiempo, posturas, gestos, actitudes personales e interiores como el recogimiento, preparación, devoción y las crisis propias de la evolución espiritual cristiana, en la que aparece como elemento fundamental la fidelidad al Señor. Termina el libro con una serie de textos sobre la oración y para la oración de los Padres de la Iglesia, Santos y Teólogos: Juan Crisóstomo, Agustín, Francisco de Asís, Alberto Magno, Tomás de Aquino, Romano Guardini, Henri Caffarel, etc., y según temas, como el Padrenuestro, adoración, alabanza, petición, etc., y práctica de la oración como posturas, o actitudes como el recogimiento o la sequedad.

Ediciones Sígueme, Salamanca 2018, 285 pp., 13,5 x 21 cm.

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