La ética de Jesús

Jorge Cunha

La obra responde a la relación sobre la atracción indudable que tiene la figura de Jesús de Nazaret y, a la vez, sobre las exigencias éticas de su doctrina. Y en el mundo actual no es tan fácil establecer dicha relación. Parece que ha desaparecido la ética del amor en la historia humana, y que es el hilo conductor de la vida y el mensaje de Jesús. Para resolver dicho problema, el profesor Cuhna estudia, profundiza y fija la ética que Jesús vivió como camino de la virtud para todos los bautizados. Él es, pues, el centro de la ética cristiana. Después viene, necesariamente, la cultura de cada pueblo que debe apropiarse dicha ética en razón de los objetivos y perspectivas vitales que entraña. La cultura occidental piensa que la ética cristiana se sitúa en una dimensión heterónoma, ajena a la historia, y que se impone a la razón humana o a los objetivos vitales que cada generación posee dentro de unos determinados parámetros culturales. Por otra parte, y desde la perspectiva contraria, se puede plantear la ética cristiana  según la Encarnación de la Palabra. Entonces los valores a seguir no habrían que referirlos  a una ética situada fuera de la historia, o salirse de la autonomía humana, pues  dicha ética sería más bien fruto del más evidente humanismo. Siguiendo a Michel Henry —Yo soy la verdad. Salamanca 2001; Palabras de Cristo. Salamanca 2004; Auto-donation. Paris 2004—, el autor desarrolla en cuatro capítulos la tesis siguiente: «No es la razón la que fundamenta la vida, sino la vida la que fundamenta la razón». Y ello teniendo como objetivo lo que la teología moral siempre se ha propuesto: que no es una cuestión exclusivamente interna de la comunidad cristiana, sino que el mensaje de Jesús tiene validez universal, por ser una vía compresible para todo hombre (13).

La obra trata de la conciencia, la norma moral y la existencia virtuosa, después de plantear, como capítulo inicial, que la Vida que introduce la Palabra en la historia humana, lo que se llama la Vida invisible, recorre el camino desde el principio hasta el final de la vida del hombre. Esta  Vida precede a la ética y el poder obrar precede al juicio, pues toda acción que se da en el mundo participa de la fuerza que genera la presencia del Hijo en la Creación (39).

Los hombres tenemos conciencia de sí. Al contrario de los demás seres, poseemos la capacidad de manifestarnos a nosotros mismos. Sin embargo, no sabemos como  funciona nuestra conciencia como lugar de conocimientos, porque, si adquirimos  cantidad de ellos que acceden a ella, no percibimos cómo se hacen conciencia. A esto añade la conciencia moral el componente de responsabilidad: responsabilidad del mundo y de sí mismo. Tanto la conciencia humana como la moral quedaron invalidadas por la Modernidad al marginarse el universo objetivo donde se situaban las normas de conducta. La razón asume la fundamentación del orden ético del mundo. Pero estamos en las mismas: no se sabe como se fundamenta la propia conciencia. Y tampoco vale justificar la obligatoriedad de la conciencia  cuando se asienta sobre las cualidades de la rectitud, la verdad y la certeza, pues permanece la dimensión representativa de un orden normativo. La vía de solución está en la subjetividad que se identifica con el poder saber y la posibilidad de desarrollar dicho saber, algo muy distinto  al pensamiento representativo de una cosa. La conciencia moral se une a la vivencia de Jesús resucitado originado y vehiculado por el don de la fe. «Jesús vivió una subjetividad única, de la que todos los seres humanos están destinado a participar. Esta subjetividad constituye el único origen de la subjetividad humana y la única fuente de la conciencia moral» (59).

La norma de la ética de Jesús es la Vida cuyo contenido y camino es la filiación divina de Jesús que la hace partícipe a todos los creyentes en él. Es el primero de una familia de hermanos cuya raíz está en la paternidad/maternidad de Dios, que se comunica y da vida por una relación de amor. Dios existe para el cristiano cuando nace en dicha relación amor, cuya norma ética coincide con el origen de nuestra vida. Y Jesús nos inició en esta Vida. Nuestra existencia moral trata del origen  de nuestras acciones, más que de su fin. Está más en nosotros como relación filial al Padre, más que en las obras que buscan un fin que perfeccione al hombre según un ámbito de representación objetiva de normas. «A nuestro modo de ver, la sensibilidad de nuestro tiempo nos lleva a regresar a la vía de la virtud no como afirmación delirante del sujeto, sino como inmersión en la Vida que tiene en sí su norma» (116).

Ediciones Sígueme, Salamanca 2018, 124 pp., 12 x 19 cms.

 

 

 

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