XX DOMINGO (C)

Del Evangelio según San Lucas 12,49-53.
En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «He venido a prender fuego a la tierra, ¡y cuánto deseo que ya esté ardiendo! Con un bautismo tengo que ser bautizado, ¡y qué angustia sufro hasta que se cumpla! ¿Pensáis que he venido a traer paz a la tierra? No, sino división. Desde ahora estarán divididos cinco en una casa: tres contra dos y dos contra tres; estarán divididos el padre contra el hijo y el hijo contra el padre, la madre contra la hija y la hija contra la madre, la suegra contra su nuera y la nuera contra la suegra».

1.- Jesús siente que van a por él las autoridades religiosas. Y reacciona con la actitud propia de los grandes profetas del siglo VIII. No se puede pactar con el dinero, con el diablo, en definitiva, con el mal, porque al final se impone y reduce a cenizas los principios básicos del amor y la convivencia pacífica. Lo leíamos el domingo pasado: «Vended vuestros bienes y dad limosna; haceos bolsas que no se estropeen, y un tesoro inagotable en el cielo, adonde no se acercan los ladrones ni roe la polilla. Porque donde está vuestro tesoro, allí estará también vuestro corazón» (Lc 12,33).

2.- Discernir el bien y el mal desde la relación de amor misericordioso del Señor es una de las tareas de Jesús. Y en dicho discernimiento hay una crisis de separación que entraña sufrimiento y dolor. No es tan fácil arrancar de la vida humana los tumores de egoísmo, intereses personales, actitudes corrompidas que, por años, hemos ido cuidando como sumo cuidado. Y la Iglesia es la que debe discernir, indicar y denunciar dichos tumores sociales y culturales que tanto daño hacen a los más débiles. Aquí es desde donde se anuncia la paz que Dios ha proclamado en el nacimiento de Jesús a tanto pecador y enfermo (cf Lc 2,14)

3.- Hablar claro desde la perspectiva de Dios ha sido la actitud permanente de Jesús. «Pero yo os digo […]que vuestro hablar sea sí, sí, no, no»(Mt 5,34.37). Nos pide que no andemos con medias tintas; que no mezclemos a Dios con el diablo, que distingamos dónde está el bien y el mal (cf Lc 16,13); que sepamos cuáles son las leyes y tradiciones que defienden al hombre y desechemos aquellas que lo esclavizan a usos que nada tienen que ver con el servicio a los demás (cf Mc 3,1-6). Y esto acarrea incomprensiones de todo tipo, incluso de nuestros familiares, amigos y compañeros. Sin embargo, a la larga, es como se consigue ser testigos del amor de Dios ante todo el mundo.

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