SAN FRANCISCO O LA DENUNCIA DESDE LA SIMPLICIDAD EVANGÉLICA

José Manuel Vallejo OFMCap

A finales del s. XII no se vive una situación más fácil que la nuestra. La Edad Media está a punto de comenzar su declive para encaminarse a través de dos siglos de transición (XIII-XIV), a la Edad Moderna. La crisis no es tanto económica como una crisis cultural y de sistema de organización social y política de la sociedad. El sistema económico, social y político del feudalismo, que había sustituido exitosamente el modelo del mundo antiguo, estaba ahora entrando en crisis. Hay nuevas comunas o asociaciones de comerciantes que no quieren depender de los señores. El poder se desplaza progresivamente del campo a las ciudades. El valor fundamental ya no es la tierra sino el dinero. Se pasa de un mundo de est abilidad a un mundo móvil. Por ello, de la estabilidad de los monjes se pasa a la movilidad de los conventos y surge una nueva forma de vida religiosa: los frailes mendicantes.

Paralelamente, la Iglesia vive una crisis interna porque la acumulación de poder la han alejado de la simplicidad del Evangelio. Se ha inculturado maravillosamente al sistema de gobierno feudal, un sistema piramidal, donde el Papa-rey se encuentra en la cima de la pirámide. Ciertamente, esta acumulación de poder se ha conseguido evitando la dependencia que tenía hasta el siglo XI-XII de los señores feudales, que eran los que elegían a las autoridades eclesiásticas. Al asumir la Iglesia estos nombramientos adquiere un poder autónomo enorme.

A su vez, el mundo cristiano vive amenazado por tres frentes: por el norte, los bárbaros, por el sur, el islam, y en su interior, los cátaros. La Iglesia no tiene paciencia para esperar su conversión convencida, ni tiene una vida ejemplar suficiente para suscitar conversiones de manera natural por su testimonio. La impaciencia produce violencia sobre estos tres frentes: segunda cruzada y exterminio de los cátaros.

Los cátaros del sur de Francia tienen un gran éxito porque 1) reivindican la pobreza evangélica, 2) es un movimiento que surge del pueblo (son laicos), 3) leen el evangelio en lengua vernácula, y 4) hacen una predicación itinerante y sencilla.

Los franciscanos tomarán lo mejor de este grupo dejando de lado la herejía gnóstica de su teología, su purismo, y su maniqueísmo. Estos elementos esenciales de la espiritualidad franciscana podrían ser también puntos de renovación de la Iglesia actual. Francisco ejemplifica el carisma de ser profeta desde la simplicidad evangélica, de la denuncia desde el testimonio de vida. La vida es también una “palabra”, por lo que este tipo de profetismo aparentemente inaudible también se arriesga a que alguien se dé por aludido. En todo caso, si nuestro profetismo y nuestra denuncia de los elementos no-evangélicos de la Iglesia deben pasar a veces por la palabra explícita, tendríamos que: 1) Estar alerta para que ésta no sea una proyección de nuestro malestar interior, ya que la palabra generada desde la violencia interior es capaz de romper con el pecado que hay en la Iglesia, pero no de construir la de Cristo. 2) Procurar acompañar toda crítica de una autocrítica para no ponernos a nosotros como modelos, sino poner el evangelio.

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