NUEVO UNIVERSO

Ángeles Hernández-Gil

Mira, siempre con prisas. De un lado a otro sin parar. Eso que ves es la especie humana. Corriendo en busca de su destino. Sea el que fuere. Eso no importa. Y no pensar; no detenerse. No queda tiempo. La búsqueda del Universo individual es lo que mueve a la humanidad, y si no lo haces te quedas fuera de juego, desprotegido. Sucumbes al peor enemigo que eres tú mismo. Eso no lo sabemos, pero lo hacemos. Nuestra acción va arrasando el tiempo, rompiendo sus normas, apoderándose de las biografías humanas. No hemos aprendido otra cosa; la sociedad no tiene reposo. Ha perdido la inercia del descanso, del pensamiento, de la mirada contemplativa, por unos instantes… detenerse en uno mismo. Y también en los demás.

Ahora, muertos de miedo estamos encerrados, nos han recluido en nuestra concha ¡Búscate la vida! Llora, ríe, come, reposa, duerme, pero, ¡no  te muevas de ahí! Y pasan los días, y seguimos sin estar preparados. Tenemos medios para comunicarnos, es maravilloso; pero caemos enredados en ese laberinto virtual, soberbio,  que nos informa implacable; desde lo que deseamos obviar, hasta de lo que debemos hacer las 24 horas del día en nuestras trincheras. Ese REENVIADO, es verdad, se puede borrar o aceptarlo como algo sagrado, es el adiestramiento diario de nuestras conciencias; sin darnos cuenta hacemos de su lectura el “Leitmotiv” de la vida diaria. Decenas de ellos vuelan como palomas mensajeras, y no de la paz, precisamente. Perturban y bloquean las redes, que deben comunicar situaciones y realidades mucho más trascendentes. Pasan las semanas; leemos y borramos o borramos directamente los mensajes que nos abruman. Unos son dramáticos, otros mentirosos, otros graciosos ¡Basta ya! A mí que me dejen tranquila. ¿Dónde están mis cuadernos, mis apuntes, mis lápices?

Estamos programados, aunque en una actitud de no movimiento. Solo unos pocos pueden y deben seguir, aun a costa de su salud. Son nuestros ángeles de la guarda: los que nos sanan, preparan los alimentos diarios, nos hacen pan, velan por el orden cívico, desinfectan nuestras calles, y frenan la inercia de muchos, que no se dan por enterados de qué va la cosa… Mi pequeña despensa. Lo que esperaba ser consumido y nunca se logra. El congelador poco a poco, bien administrado surte cada día un menú austero, restringido, saludable. El despertar es paulatino, lentamente va calando la importancia que impone una disciplina inédita, rara, con unas exigencias que no están en la agenda. La antigua rutina se ha partido por la mitad. No sirve. Ahora.

Y suponemos que esto va a acabar. Nos lo dicen y nos lo creemos porque necesitamos hacerlo. Vamos camino de las tres semanas y cada día se estira más la cuerda que mide el encierro. Algo terrible se nos ha colado, así, sin más. Como una mancha de aceite que se agranda irremediablemente en el océano. Una locura.

Sin embargo, es curioso, nos vamos adaptando. Y Los niños estudian, hacen sus deberes escolares, y juegan en casa a cosas nuevas que antes no sabían y disfrutan con más holgura de todo lo que se les prohibía normalmente. Y una nueva responsabilidad los hace capaces de resolver el día mucho más libres y sosegados. Son inteligentes nuestros chicos. Están aprendiendo una buena lección para la vida; cualquiera de ellos nos sorprendería dando su opinión…

Y cada cual hace lo que puede para sobrevivir. A los mayores nos han confinado todavía más, y si es posible solos. Almas caritativas dejan las bolsas de la compra en la puerta. Aislados de todos. Lo entendemos. Y un día, una mañana, nos sentimos impotentes ante lo extraño que es todo esto. “Solo hay que estar en casa, lo demás es cosa mía”. Parece una tontería pero algo tan simple agita o detiene la ansiedad. Para muchos una desesperación porque sus vidas no están bien gestionadas para volar por sí mismos. Y eso es peligroso. Para otros, un día después de otro, de protesta silenciosa, atisban un horizonte nuevo, distinto, que se apropia de su estar aquí, en el mundo, en su ciudad o pueblo, en su casa, día a día, y reconocen que se encuentran tranquilos, utilizando los recursos que han aprendido, y aceptan otra rutina diferente, que les proporciona una cierta estabilidad dentro de la precaria situación; cordialmente, sin brusquedad emocional.

Pero la duda está en lo que vendrá después. En medio del caos muchos  nos sentimos afortunados, aunque con mucho sufrimiento. Un cierto egoísmo se apodera de nuestro reposo, en la imposibilidad de hacer algo.

Como ha dicho el Papa: “La vida es linda, pero hay que saber verla linda”

 

 

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