XVII DOMINGO T.O.

P. Ruiz Verdú OFM

Oración colecta
Dios nuestro, protector de los que esperan en ti, fuera de quien nada tiene valor ni santidad;
acrecienta sobre nosotros tu misericordia, para que, bajo tu guía providente, usemos los bienes pasajeros de tal modo que ya desde ahora podamos adherirnos a los eternos. Por nuestro Señor Jesucristo.

Dios es nuestro protector, que cuida de nosotros. La esperanza puesta en Él nos da seguridad. Afianzados en ella, le decimos que sólo en Él está nuestra fortaleza y santidad. No obstante, le pedimos que no deje de darnos signos de su misericordia, porque nuestra condición de pecadores puede destruir lo bueno que Dios ha puesto en nosotros.
Necesitamos que Dios nos instruya, que su palabra nos ilumine, que Él nos guíe por el camino del bien, que aprendamos de la vida de Jesús a servirnos de los bienes de este mundo sin poner en ellos nuestro corazón. Todo lo creado por Dios es bueno; pero existe una jerarquía de valores que nos ayuda a discernir qué es lo mejor, de tal manera que, en el uso de los bienes materiales, no olvidemos los bienes eternos.
“El Reino de los cielos se parece a un tesoro escondido en el campo”; el afortunado que lo encontró tuvo que renunciar a todo aquello en lo que confiaba para adquirirlo: “Mi porción es el Señor” (salmo 118).

Oración sobre las ofrendas
Acepta Padre, estos dones recibidos de tu generosidad, y, por la acción poderosa de tu gracia, haz que estos sagrados misterios santifiquen nuestra vida presente y nos conduzcan a los gozos eternos. Por Jesucristo nuestro Señor.

De muchos modos Dios manifiesta su generosidad, pero de manera especial al dignarse aceptar los dones de pan y vino que Él mismo nos da para que podamos celebrar la Eucaristía. Es lo que ahora le pedimos: “Recibe, Señor”. Es el misterio de su Cuerpo y de su Sangre. No debemos dudar de su eficacia, de su poder santificador. A nosotros se nos exige participar con fe, deseando que los días de nuestra vida sean santificados para gloria de Dios. La fe es requisito imprescindible para que la Eucaristía haga crecer en nosotros la vida divina y así alcanzar las alegrías eternas que Cristo ha prometido a los que se acercan con corazón limpio a su mesa.
“Así nosotros, al ver con los ojos corporales el pan y el vino, veamos y creamos firmemente que son su santísimo cuerpo y sangre vivos y verdaderos” (San Francisco de Asís, Avisos Espirituales, 1,21)

Oración después de la comunión
Te pedimos, Padre, que alimentados con este sacramento divino, memorial perpetuo de la Pasión de tu Hijo, este don de su amor inefable nos conduzca a la salvación. Por Jesucristo, nuestro Señor.

¿Es posible que la Eucaristía que hemos recibido no nos sea provechosa siendo el mismo Cristo Jesús a quien recibimos? San Pablo nos advierte que debemos preparar bien nuestra voluntad, nuestro espíritu, para que la salvación que se nos ofrece, sea aceptada y crezca en nosotros. Si queremos que la comunión nos sea provechosa, no puede ser de otra manera. Porque no celebramos un recuerdo de algo que pasó, que viene a la mente y luego se borra, sino la pasión de Cristo que se nos ha hecho presente en el sacramento. Si Cristo se entregó por amor, con amor debemos recibirlo. Pues bien; tratándose de una oración después de comulgar, nuestra respuesta a tan inefable don debe ser una respuesta de acción de gracias.
Somos morada de Dios, casa de Dios,
templos del Espíritu Santo:
bendigamos al Señor,
no olvidemos sus beneficios.

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