SAN JOSÉ, Corazón de Padre

 

 

R. Sanz Valdivieso

El pasado de diciembre de 2020, mientras estábamos en cuarentena y preocupados por el contagio de coronavirus, el Papa Francisco publicó la carta apostólica “Patris corde”, de dicada a san José, en el 150º aniversario de su proclamación como patrono de la Iglesia universal.
Los Evangelio, en especial los de Mt y Lc hablan de José como el hombre justo y creyente que también dice su “sí” (fiat) a Dios para desempeñar su misión de padre en cuanto esposo de María, la madre de Jesús. En Lc 4,22 y Jn 6,42 aparece al decir de Jesús que es “hijo de José”, el artesano, o carpintero, siempre dispuesto a cumplir la voluntad de Dios, como indican los sueños en los que es protagonista y recibe la revelación de Dios.
En la carta apostólica, el Papa lo describe como un “padre amado”, por su vida de servicio y de don total de sí, como custodio y garante legal de la Familia de Jesús y por su amor al servicio de María y de Jesús, el Mesías. Es el padre atento y premuroso que enseña a caminar a Jesús según la Ley, a rezar con los Salmos a Dios de la alianza y de la ternura, cuya misericordia se vuelca sobre todas sus criaturas y en la debilidad o la angustia, en los miedos, mantiene su mano en el timón de nuestra barca.
Es el padre que en la obediencia a Dios supera los temores, instruido en sueños, ante el embarazo incomprensible de María o el riesgo que amenazaba al niño se encaminó a Egipto hasta la muerte de Herodes, como le había de nuevo comunicado Dios en otro sueño revelador. Es padre que acoge y recibe a María con todo el respeto y la dedicación, aunque no sabía todos los detalles, un poco misteriosos. Dios le instruye “no temas, José, hijo de David” (Mt 1,20), lo que aclara que “todo concurre al bien para los que aman a Dios”, y la fe nos ilustra en todo acontecimiento triste o alegre, dándonos pie a una aceptación y acogida de los demás sin exclusiones, porque Dios quiere que amemos incluso al enemigo. San José es el padre que con valentía y decisión interviene cuando es necesario garantizar la vida de la madre y del niño que va a nacer, busca el lugar donde pueda dar a luz y colabora con Dios para que todo el proyecto salvador vaya adelante, aunque parezca que las condiciones son precarias, y lo hace defendiendo, protegiendo, cuidando y educando al niño y a la madre, a María que confía en José y en su atención premurosa.
Es el padre trabajador y honrado artesano que gana el sustento suyo y de su familia; este trabajo participa de la obra creadora de Dios y de la acción salvadora que da espacio al Reino de Dios y da sentido al servicio de la sociedad y de su núcleo originario, la familia. Pero es un padre que permanece en la penumbra, en el segundo plano, como el de que pasa sin ser observado, pero con una actividad que le hace capaz de resolver todas las decisiones de la vida y de llevar a delante su propio camino. Un aspecto de ese estar en la sombra es el que junto al nombre “padre” a parezca en la tradición el adjetivo calificativo “castísimo”, que no es una indicación meramente afectiva, sino una dimensión personal que manifiesta lo contrario a poseer. “La castidad está en el ser libres del afán de poseer en todos los ámbitos de la vida… el amor que quiere poseer, al final, se vuelve peligroso, aprisiona, sofoca, hace infeliz” (n. 7). Es interesante este destacar el amor casto que respeta por completo la libertad del otro, nunca antepone el propio interés, como José ha hecho eligiendo siempre el bien de la esposa y del Hijo.
No se trata del sacrificio de sí mismo, sino del don de sí mismo, de la entrega que caracteriza su vocación paterna. Es una dimensión de confianza y de servicio lo que caracteriza toda vocación como don de sí que va más allá del sacrificio y hace de esa paternidad un servicio espiritual, capaz de educar y acompañar en la maduración respetando la libertad. José vivió la propia paternidad como un don de sí, sabiendo que aquel Hijo no era suyo, sino fruto de una paternidad más alta, era Hijo de Dios y le había sido confiado. No se llega a ser “padre” sólo por contribuir a que nazca un hijo, sino porque se acepta con responsabilidad el cuidado del hijo y amándolo se le hace partícipe de la vida. Así es la paternidad un servicio espiritual que manifiesta ese don de sí que contribuye al bien de la persona.
José aparece en los evangelios como el hombre del silencio, contemplativo y envuelto en el misterio del “Hijo” que se ha hecho carne y de María, que es madre por obra del Espíritu Santo. Así que valoramos en él no las palabras o discursos brillantes sino los hechos que en su caso están marcados por el silencio interior. El hombre de la presencia cotidiana discreta y escondida es para nosotros un intercesor y un guía en los momentos difíciles como los presentes. Así la carta Patris corde nos ayuda a amar a san José y a pedirle que interceda por nosotros, por las familias, por el bien de los hijos e hijas que crecen con la esperanza de un mundo mejor.
Fr. Rafael SANZ OFM

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