Oraciones de la Misa. La Trinidad

SANTÍSIMA TRINIDAD

P. Ruiz Verdú OFM

 Oración colecta

Dios, Padre todopoderoso,  que has enviado al mundo la Palabra de la verdad y el Espíritu de la santificación para revelar a los hombres tu admirable misterio; concédenos profesar la fe verdadera, conocer la gloria de la eterna Trinidad y adorar su unidad todopoderosa. Por nuestro Señor Jesucristo.

 

La Trinidad expresa la comunión entre las relaciones divinas. Dios crea, recrea y salva, y las tres funciones están íntimamente relacionadas. No hay oposición, ni distanciamiento entre ellas, sino funciones que se suceden unas a otras, se complementan y se fortalecen. La comunidad humana y cristiana es imagen de estas relaciones divinas. La familia crea y desarrolla la vida, de forma que hace de niños personas. La sociedad y la comunidad cristiana crean al recrear y desarrollar las vidas que no han tenido la oportunidad de alcanzar su dignidad, o simplemente complementan desde las relaciones amorosas divinas nuestros fallos y pecados culturales e institucionales. Como la persona, las sociedades y las comunidades tienden a buscarse a sí mismas, desconociendo el nombre de los vecinos, porque hemos construido muros bien altos para no ver lo que pasa en África, por ejemplo. Pero la comunidad cristiana posee el Espíritu, que le recuerda constantemente cuál es su misión: hacer relevante a un Dios que continuamente crea, recrea y salva, porque no se cansa de darse sin límites a nuestra vida común y personal.

Padre de todos, siempre joven,

el Hijo amado eterno engendras,

y el Santo Espíritu procede

como el Amor que a los dos sella.

(LH Laudes)

 Oración sobre las ofrendas

Por la invocación de tu nombre, santifica Señor y Dios nuestro, estos dones de nuestra docilidad y transfórmanos, por ellos, en ofrenda permanente. Por Jesucristo, nuestro Señor.

Hemos colocado sobre el altar el pan y el vino, que Dios nos ha dado; y le pedimos que los santifique enviando el Espíritu Santo, porque solo Él, Dios y Señor nuestro, lo puede hacer. Le decimos que en estos dones queremos expresar nuestra obediencia a su voluntad. “Yo siempre hago lo que a Dios Padre le agrada”, nos había dicho Jesús de sí mismo. Y esto es lo que ahora nosotros le decimos a Dios: te queremos, Señor, expresar nuestra obediencia al ofrecerte el pan y el vino, signos de tu generosidad y amor. ¿Somos dóciles a la voluntad de Dios?

Pero a la vez le pedimos que a nosotros nos transforme en ofrenda permanente. No es poco lo que pedimos. ¿Estamos dispuestos a aceptar ser ofrenda de Dios y que el nos vaya transformando día a día según la imagen de Jesús? Este es su deseo. Pero nuestra voluntad ¿está en la misma línea de Dios?

Como sois hijos, Dios envió a nuestros corazones el Espíritu de su Hijo, que clama: ¡Abba! (Padre)

 

Oración después de la comunión

Señor y Dios nuestro, que la recepción de este sacramento y la profesión de fe en la santa y eterna Trinidad y en su unidad indivisible, nos aprovechen para la salvación del alma y del cuerpo. Por Jesucristo, nuestro Señor.

 

Hoy la celebración litúrgica nos ha invitado a contemplar el misterio de Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo. Es Dios Padre quien nos da a su Hijo, Jesús Salvador, y nos envía el Espíritu para que podamos contemplar en nosotros su misterio. Después de comulgar, Dios está en su plenitud en nosotros. Es la fe la que nos asegura esta permanencia, como Cristo Jesús lo afirmó en el discurso sobre la Eucaristía en la Sinagoga de Cafarnaún: “El que come mi carne y bebe mi sangre habita en mí y yo en él” (Jn 6, 56). Creer a Jesús es para nosotros vida eterna. Es dejarse conducir por él como camino necesario y único. Eucaristía-comunión y fe nos aprovechan para la salvación del alma y del cuerpo: “Y yo lo resucitaré, dice Jesús, en el último día” (Jn 6,54).

Como somos hijos,

Dios Padre ha enviado a nuestros corazones

el Espíritu de su Hijo, que clama:

¡Abba-Padre!