Del libro del Éxodo 22,21-27
No explotarás a viudas ni a huérfanos. Si los explotas y gritan a mí, yo escucharé su clamor, se encenderá mi ira y os mataré a espada; vuestras mujeres quedarán viudas y vuestros hijos huérfanos.  Si prestas dinero a alguien de mi pueblo, a un pobre que habita contigo, no serás con él un usurero cargándole intereses. Si tomas en prenda el manto de tu prójimo, se lo devolverás antes de ponerse el sol, porque no tiene otro vestido para cubrir su cuerpo, ¿y dónde, si no, se va a acostar? Si grita a mí, yo lo escucharé, porque yo soy compasivo. No blasfemarás contra Dios y no maldecirás a los jefes de tu pueblo.
Dios protege y defiende a los pobres y débiles; reafirma su compasión y clemencia con el pueblo de la alianza del Sinaí; se ampara del blasfemo y respalda a los responsables de la vida de Israel. «A vosotros los que me escucháis os digo: Amad a vuestros enemigos, haced el bien a los que os odian, bendecid a los que os maldicen, orad por los que os calumnian. Al que te pegue en una mejilla, preséntale la otra; al que te quite la capa, no le impidas que tome también la túnica. A quien te pide, dale; al que se lleve lo tuyo, no se lo reclames» (Lc 6,27-30).
Salmo responsorial 17,2-3a.3bc-4. 47 y 51ab
V/.R/. Yo te amo, Señor, tú eres mi fortaleza.
De la primera carta de San Pablo a los Tesalonicenses 1, 5-10
Hermanos: Sabéis cómo nos comportamos entre vosotros para vuestro bien. Y vosotros seguisteis nuestro ejemplo y el del Señor, acogiendo la Palabra en medio de una gran tribulación, con la alegría del Espíritu Santo. Así llegasteis a ser un modelo para todos los creyentes de Macedonia y de Acaya. No solo ha resonado la palabra del Señor en Macedonia y en Acaya desde vuestra comunidad, sino que además vuestra fe en Dios se ha difundido por doquier, de modo que nosotros no teníamos necesidad de explicar nada, ya que ellos mismos cuentan los detalles de la visita que os hicimos: cómo os convertisteis a Dios, abandonando los ídolos, para servir al Dios vivo y verdadero, y vivir aguardando la vuelta de su Hijo Jesús desde el cielo, a quien ha resucitado de entre los muertos y que nos libra del castigo futuro.
Desde el principio de sus escritos, Pablo sustituye la Ley como norma de salvación por la Muerte y Resurrección de Jesús. Resurrección es primicia para todos los que creen en él y han sido bautizados. La comunidad de Tesalónica espera la aplicación de la Resurrección para todos.
Del Evangelio según San Mateo 22,34-40
Los fariseos, al oír que había hecho callar a los saduceos, se reunieron en un lugar y uno de ellos, un doctor de la ley, le preguntó para ponerlo a prueba: «Maestro, ¿cuál es el mandamiento principal de la ley?». Él le dijo: «Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente”. Este mandamiento es el principal y primero. El segundo es semejante a él: “Amarás a tu prójimo como a ti mismo”. En estos dos mandamientos se sostienen toda la Ley y los Profetas».

COMENTARIO

1.- Un escriba se acerca a Jesús y le pregunta sobre el mandamiento más grande de la ley con el sentido del mandamiento que está por encima de todos. Jesús responde con la oración de la Shemá, que se recita dos veces al día, oración que le recuerda al israelita que Dios está por encima de todas las tareas que ocupan el día y que debe amar al prójimo como a sí mismo. Jesús acentúa que no es cuestión de distinguir entre mandamientos y preceptos más importantes y menos importantes, sino de señalar el que manifiesta la única voluntad de Dios más allá de todo el conjunto de la Ley, pero que, a la vez, la funda y la justifica como principio fundamental. Se refiere al mandamiento que Israel recuerda mañana y tarde:  Amarás al Señor tu Dios con todo el corazón … (Dt 6,4-5); Amarás al prójimo como a ti mismo (Lev 19,18).
2.- La Escritura no compara el amor a Dios y el amor al prójimo, porque, entre otras cosas, Israel distancia al máximo la incidencia y el valor de Dios para su vida y la presencia de sus prójimos o próximos, los demás judíos y los extranjeros asimilados por la convivencia social, aunque todos pertenezcan al pueblo de Dios (cf Lev 19,34). Por eso el amor al prójimo se dispone como un precepto más entre otros muchos en el código de santidad (cf Lev 19,3-37). Sin embargo, Jesús los une en la línea de condensar el Decálogo o de legislar teniéndolos presentes: a Dios se dirigen los tres primeros mandamientos, el resto al prójimo, que ya está en la tradición judía y en el contexto de Jesús. La unión que establece Jesús constituye valorar a Dios y valorar al prójimo como principios que dan unidad a los demás mandamientos y preceptos. De ahí su importancia y fundamentalidad. Por último, la relación entre los dos mandamientos supone concretar el criterio de verificación de uno y otro. El amor de Dios será auténtico si se ama al prójimo, y viceversa.
3.- Lucas cambia la exigencia de perfección de los discípulos que dice Mateo por la exigencia de la misericordia, que refleja la actitud de Dios que deben reproducir los creyentes: «Sed misericordiosos como vuestro Padre es misericordioso» (Lc 6,36). El tercer evangelista explica cómo debe ser la actuación de los discípulos. Ellos han de responder con amor al mal que reciben de los demás. Los discípulos deben hacer el bien, bendecir y orar ante la enemistad, el odio, la maldición y el maltrato de los hombres (cf Lc 6,27-28). Y lo simboliza en el comportamiento del samaritano con el herido o medio muerto que se encuentra abandonado en el camino (cf  Lc 10,29-37). El programa evangélico que Jesús establece y que tiene su origen en Dios supone interiorizar por medio de la plegaria el amor a todos; en este aspecto se contesta al mal con el bien y se desacelera el poder de la violencia, la persona se ofrece sin límites el servicio del amor, no reduciéndolo al ámbito sectario de la raza, la amistad y la familia; por último, invita Jesús, si es necesario, a ofrecer la vida por los demás (cf Jn 15,13). Se pasa de amar al prójimo como a sí mismo al don de sí mismo a todos, en el que se contempla el sacrificio extremo que envuelve el amor: «Quien se aferre a la vida la perderá, quien la pierda por mí la encontrará» (Mc 8,35par). Es la única manera de adquirir el estatuto de ser hijos de Dios, porque, con esta actitud, se alcanza la auténtica dimensión divina que entraña el amor universal: «… y seréis hijos del Altísimo, porque Él es bueno con los desagradecidos y los perversos» (Lc 6,35).

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