Teólogos no profesionales

 

Por Patricio Peñalver

 Se ha podido decir alguna vez que la teología es demasiado importante como para dejarla en exclusiva en manos de los teólogos. Cabe pensar por lo pronto en algunos ejemplos intuitivos de teología no profesional, característicamente muy diferentes entre sí: la obra ensayística de Chesterton, el capítulo 9 de Paradiso de José Lezama Lima, La tierra baldía de T. S. Eliot o, desde luego, la Comedia bien llamada divina de Dante. Es fácil creer que mucha creación poética es ya teológica a su manera.   Pero también por el lado del muy diferenciado gremio de los filósofos, querríamos interesar en esta busca de teólogos no profesionales relevantes. En especial el filósofo metido en camisa de teólogo ponderará los motivos racionales de la religión, no quita que sin dejar de tener buen oído para las indestructibles palabras de la mística verdadera.

A unos y a otros motivos, han hecho significativa referencia sabias doctrinas que vienen de Roma en los últimos años. Unas veces más bien místico, otras más bien capaz de buen entendimiento con el entendimiento y con la razón misma, el Cristianismo en su rica tradición de dos milenios ha podido situarse no sin resistencias jerárquicas en la línea de los primeros: el Canto espiritual de San Juan de la Cruz es testimonio máximo de un Cristianismo místico, pace Santa Teresa de Ávila. Pero, y a eso vengo o quiero llegar, verdaderamente cristiano es también, o eso me parece, el cristianismo hiperbólicamente racionalista de un Kant. Es éste autor de una obra cuyo título promete todo un programa (escandaloso en sus términos seguramente para muchos): La religión dentro de los límites de la razón. El libro suscitó inquietud y malestar entre los intelectuales ilustrados de la época, el serenísimo Goethe a la cabeza. Y luego, en progresivo alejamiento del gran racionalismo kantiano, el pequeño racionalismo del siglo XIX ilustrado a su manera persistió en su combate contra el Cristianismo (y así, hasta El País, el diario manipulador por excelencia, sí, cuando de la Iglesia católica se trata). En efecto el Kant racionalmente cristiano no le hizo gracia al ilustrado corriente.

Pero también pudo ser rechazado inclementemente desde una defensa a ultranza del privilegio absoluto, exento, de la religión revelada, defendido por una Facultad de Teología “a la defensiva” si cabe la reiteración: desde esa posición suspicaz, típica del clericalismo (denostado implacablemente por el Príncipe de la razón moderna),  la interpretación del Cristianismo mediante la razón práctico-moral correría el peligro de “naturalizar” y en suma destruir la religión positiva revelada históricamente de un Dios encarnado, mortal y resucitado, y expresada entre mil equívocos en la Santa Escritura. No sólo el cura clerical sometido a un magisterio jerárquico muchas veces mejorable recurre a la primacía de la Revelación: también lo hace el respetabilísimo teólogo profesional hodierno metódicamente exegético de documentos históricos, o, en fin, de la Palabra de Dios. Pero la apelación a la razón en los parajes fronterizos entre nuestra universal conciencia racional moral (accesible ya hasta para un niño de doce años, según el optimista en esto Kant, quien seguramente no debió conocer seriamente a ningún preadolescente), y la Palabra de Dios históricamente revelada, puede tener un sentido cuando menos esta vez sí legítimamente defensivo: defenderse de que la Biblia y en especial el Nuevo Testamento devengan banderas de los insurgentes fundamentalismos o teo-populismos de nuestros pecados, y que asociamos mayormente a la religiosidad de la América “profunda” (el Biblical belt), el siniestro cabecilla de los cuales enseñó orgulloso una Biblia como estandarte del ataque al Capitolio, pero que nacen por doquier también en la vieja y “culta” Europa. Todo esto en suma para sugerir que en las zonas fronterizas entre la razón, y sobre todo la razón práctico-moral, universal o cuando menos general, rasgo propio de nuestra especie, y la Revelación, tiene que haber negociaciones y traducciones, en el mejor sentido, y no rupturas, escisiones, o, menos todavía, cerrazón pusilánime de un lado y otro a toda forma de Verdad.

 

 

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