LAS SIETE ÚLTIMAS PALABRAS/FRASES DE CRISTO EN LA CRUZ

1ª Palabra
«Padre, perdónales, porque no saben lo que hacen» (Lc 23,34).
Jesús ora por los que le han crucificado: los soldados y verdugos que tiene en su rededor. Ora también al Padre por los que han sido responsables de su muerte, Pilato (Lc 23,24), los sumos sacerdotes y escribas (Lc 23,13.21.23). Recordamos la propuesta de Jesús: «debemos amar a todo el mundo, amigos y enemigos». La raíz de esta afirmación está en la fe en el Señor, que es Padre para justos e injustos y a todos les alcanzan los rayos solares (cf Mt 5,45). Al tener un solo Padre y Madre, todos somos hermanos, sea cual fuere la relación concreta que tengamos con los demás. Y en estas estamos. Jesús defiende el amor hacia los que no nos quieren en la dimensión de los hechos, que no de los sentimientos. Sea cual fuere lo que sintamos hacia nuestros enemigos, si nos necesitan, les ayudamos sin más. Es la única forma que se den cuenta que existe el amor, como la confesión del Centurión al ver morir a Jesús: «Verdaderamente este hombre es Hijo de Dios» (Mc 15,39).
2ª Palabra
«Yo te aseguro que hoy estarás conmigo en el paraíso» (Lc 23, 43).
Nos dice el evangelista San Juan: «Queridos, ahora somos hijos de Dios, pero aún no se ha manifestado lo que seremos. Sabemos que, cuando se manifieste, seremos semejantes a él, porque lo veremos tal cual es» (1 Jn 3,2). Es lo que desea Pablo ardientemente: morir para reunirse con el Señor (cf. Flp 1,23), como Esteban cuando sufre el martirio (cf. Hech 7,59), o Jesús cuando recibe al buen ladrón en el paraíso en el día de su muerte (Lc 23,43). No hay que esperar a la resurrección colectiva al final de los tiempos, sino que nosotros, al morir, podremos reunirnos y conocer al Señor cara a cara (cf. 2Cor 5,8; Lc 16,22; 1Ped 3,19). El encuentro motivará la semejanza con Cristo como hijos de Dios, que en la vida presente la experimentamos en un estado imperfecto. La visión de Dios como vida y amor (cf. Mt 5,8; 1Cor 13,12; 1Jn 3,1; etc.) se transforma poco a poco en vivir con Cristo, convivir con Cristo, ser con Cristo.
3ª Palabra
« Jesús, viendo a su madre y al lado al discípulo predilecto, dice a su madre: Mujer, ahí tienes a tu hijo. Después dice al discípulo: Ahí tienes a tu madre. Desde aquel momento el discípulo se la llevó a su casa» (Jn 19,25‑27).
El discípulo amado es el que está junto a Jesús en la Última Cena y al pie de la cruz, pero también el que reconoce al Resucitado por la fe (Jn 21,7). El abarcar la vida histórica de Jesús y la de la resurrección, le acredita a mantener una función dentro de la comunidad cristiana de intérprete del «todo Jesús», del hijo de María y del Hijo del Señor. La revelación que Jesús hace del Padre, su voluntad salvadora, la donación del Espíritu y la vocación filial a la que están llamados todos los hombres caen bajo la responsabilidad del discípulo amado, que debe discernir el mundo que rechaza al Hijo y ratificar a los que pertenecen al mundo de la luz, de la verdad y la vida. Que este discípulo permanezca en la historia hasta que Jesús vuelva en la Parusía (Jn 21,22-23) es una muestra de que es garante de la última y definitiva revelación del Padre al mundo por su Hijo. Y María siempre nuestra Madre que nos guía para acceder al verdadero Jesús.
4ª Palabra
«A media tarde Jesús gritó con voz potente: Eloi eloi lema sabaktani (que significa: Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?» (Mc 15,34; Mt 27,45).
Las palabras de Jesús manifiestan una situación personal que venimos observando a partir de Getsemaní: el abandono de Dios. No solicita Jesús a Dios el porqué le están sucediendo estos hechos, sino expone la queja del justo por su alejamiento y falta de ayuda en la última etapa de su vida. Con todo, la frase, al incluir el «Dios mío», indica que Jesús permanece en la relación de toda criatura con su Creador, de Jesús con Dios, aunque no en el nivel que él ha experimentado en su vida: la relación filial con el Padre. Jesús experimenta a Dios como tantas veces sucede en nuestra vida, donde la percepción de sus silencios no son otra cosa que la expresión de nuestra sordera o ceguera que no de su fiel compañía.
5ª Palabra.
«Después Jesús, sabiendo que todo había terminado, para que se cumpliese la Escritura, dice: —Tengo sed. Había allí un jarro lleno de vinagre. Empaparon una esponja en vinagre, la sujetaron a un hisopo y se la acercaron a la boca.
Jesús da su vida como la expresión máxima del amor: «Nadie tiene amor más grande que el que da la vida por los amigos» (Jn 15,13, cf. 13,1). El amor como único horizonte vital para los discípulos (Jn 13,34-35) hace posible la comprensión y experiencia del contenido de su obra, la que ha cumplido Jesús en estos momentos de pasar de esta vida a la gloria del Padre. La filiación divina de las criaturas, nacida y cultivada en la relación de amor entre el Padre y el Hijo y de la Trinidad con los hombres, es la obra que ha llevado a cabo Jesús en su ministerio desde que puso su morada entre nosotros (Jn 1,14); y, con ello, ha cumplido la Escritura y ha finalizado su existencia en la historia humana. La tarea que le ha encomendado Dios ya está hecha (14,31; 17,4). Ha obedecido con precisión su voluntad. Por eso provoca con su petición, «tengo sed», que le den vinagre para beberlo y observar la Escritura, petición muy distante de lo comentado de Marcos, Mateo y Lucas donde los soldados o asistentes son los que se la ofrecen para seguir martirizándolo.
6ª Palabra
«Todo está cumplido». – Consummatum est (Juan, 19,30).
Jesús da su vida como la expresión máxima del amor: «Nadie tiene amor más grande que el que da la vida por los amigos» (Jn 15,13, cf. 13,1). El amor como único horizonte vital para los discípulos (Jn 13,34-35) hace posible la comprensión y experiencia del contenido de su obra, la que ha cumplido Jesús en estos momentos de pasar de esta vida a la gloria del Padre: «Vino a los suyos, y los suyos no la [Palabra] acogieron. Pero a los que la recibieron los hizo capaces de ser hijos de Dios: a los que creen en él» (Jn 1,12). La filiación divina de las criaturas, nacida y cultivada en la relación de amor entre el Padre y el Hijo, es la obra que ha llevado a cabo Jesús en su ministerio desde que puso su morada entre nosotros(Jn 1,14); y, con ello, ha cumplido la Escritura y ha finalizado su existencia en la historia humana. La tarea que le ha encomendado Dios ya está hecha (14,31; 17,4). Ha obedecido con precisión su voluntad: «La copa que me ha ofrecido mi Padre ¿no la voy a beber?» (18,11). Esa voluntad es su alimento (4,34). Por eso provoca con su petición, «tengo sed», que le den vinagre para beberlo y observar la Escritura, petición muy distante de lo comentado de Marcos, Mateo y Lucas donde los soldados o asistentes son los que se la ofrecen para seguir martirizándolo.
7ª Palabra
«Jesús gritó con voz fuerte: Padre, a tus manos encomiendo mi espíritu» (Lc 23,46).
El punto de partida de la oración de Jesús es la experiencia humana nacida del sufrimiento extremo que supone ser abandonado por todos, no comprender su misión, cambiar la causa por la vivió y ser crucificado. No se enjuicia la actitud divina ante tales acontecimientos provocados por los hombres. Dios, por ahora, guarda silencio en el orden de la salvación de su Hijo; aunque es patente en la atmósfera evangélica que Dios está pendiente de todo y que todo cae bajo su voluntad, por más que la cruz desapruebe su ser creador de la vida. Lo importante aquí es que Jesús es fiel, como fiel ha sido el Señor a Isael a lo largo de su historia. Jesús, como su Padre, sabe cumplir sus misiones por más que nuestra maldad desapruebe, persiga y haga sufrir a los que, precisamente, sólo buscan el bien para todos los hombres.