LA RESURRECCIÓN

II
1º La vida y la muerte en Israel
a) La presencia divina invade la cotidianidad de la vida, y la persona es capacitada para establecer las relaciones de comunión con Él. No se concibe una existencia sin Dios, y Dios, además de crearla, la cuida y asume como una realidad propia. Dañar la creación es herir a Dios, como cuidar la creación es amar a Dios. De ahí que se identifiquen la vida como don y la vida como conquista y quehacer terrenos. Esta experiencia fundante de Israel se celebra con la visita al templo, en el que se intensifica y expresa mejor dicha comunión con la alabanza, la acción de gracias y las peticiones (Sal 84,11).
b) La rotura de las relaciones con Dios implica la muerte y, a la vez, la separación del pueblo. Este alejamiento se concreta con la muerte natural, porque «los muertos ya no alaban al Señor ni los que bajan al silencio» (Sal 115,17). Todo, pues, se resuelve en la historicidad de la vida, sin contemplar una recompensa y vida de Dios más allá de la muerte. No hay necesidad de un más allá cuando la tarea primordial de Israel es servir a Dios en todas las dimensiones humanas y creadas posibles en la historia. Esta es su conciencia primordial.
2º Dios se hace responsable de la vida humana y asegura el hilo conductor de todos los actos que se realizan, si buenos para bien, y si malos para mal. Pero esta tradición que entrelaza el premio con recompensas y el castigo con penas históricas, tanto individual como colectivamente, llega un momento en que se rompe, porque no siempre acontece dicha retribución o penalización de Dios al hombre. Como botón de muestra tenemos a Job y las sentencias del Eclesiastés, además del testimonio personal de Jeremías: «Por qué prosperan los malvados y viven en paz los traidores (12,1); […] en cambio su fidelidad a Dios se convierte para él en «escarnio y bufas constantes» (20,8)
3º La salida a esta situación para Israel, tan real como trágica, es lenta y discurre en dos direcciones: la intensificación de la relación del creyente con Dios y la aparición del juicio divino sobre la vida humana.
a) En primer lugar la comunión con Dios se estimula cada vez más y cubre bastantes ámbitos de la vida humana. La presencia divina, además de abarcar la creación y dirigir el destino de Israel, se centra en la persona a la que manifiesta su fidelidad y su confianza y a la que hay que responder en el mismo nivel. el que permanece fiel a Dios siente en su corazón: «Dios rescata mi vida, me arranca de la mano del Abismo» (49,16).
b) En segundo lugar, se vislumbra la convicción de la correspondencia de Dios a la conducta humana. Como ésta se experimenta fallida en la vida cotidiana del pueblo, paulatinamente se abre paso la doctrina de un juicio en el que Dios condenará al malvado y premiará al justo, es decir, Dios seguirá siendo fiel al principio tradicional de hacer justicia con respecto a las obras humanas. El cambio habido con respecto a la conducta anterior de Dios consiste en pasar su recompensa del presente al futuro. Es la única manera de salvar la gloria que le corresponde exclusivamente a Dios. El Salmo 1,5-6 afirma el premio a los que obedecen la ley de Dios y el castigo a los que se burlan de ella: *Por eso los malvados en el juicio no estarán de pie ni los pecadores en la asamblea de los justos, pero el camino de los malvados se extravía+. Y junto a la idea del juicio después de la muerte aparece por lógica la resurrección y la eternidad como medios para implantar la justicia divina al fiel e infiel.
c) —Con el tiempo desaparece como límite de la retribución de Dios al bueno y al malo. Ahora se traslada al futuro con la resurrección de los muertos. La justicia de Dios se une a su poder, que vence la muerte de sus criaturas. Es la forma para implantar su promesa de ser fiel al justo que le obedece y desterrar al malvado que se ríe de dichas promesas y fidelidades. Los mártires de la revolución contra Antíoco IV Epífanes se se afirma explícitamente la resurrección (2Mac 7,11).
—Si la fidelidad y justicia de Dios es lo que importa, la resurrección de los muertos aparece como un medio para alcanzar aquel fin. No es una cuestión antropológica en la que el hombre aspira y desea la continuidad de su vida para siempre, sino una cuestión teológica, en la que se defiende la coherencia de Dios ante el pueblo y nacida de la alianza. No se busca el pago o retribución de Dios a una vida justa y maltratada por los demás, sino la gloria divina y su fidelidad a la criatura, que resplandece especialmente con los mártires. La evolución se observa con claridad: Dios resucita a los judíos, a los judíos justos y perseguidos, a los judíos mártires. Después se universaliza: Dios salva a los justos y condena a los pecadores.
—Al justo, pues, se le promete la inmortalidad (Sab 1,15), al pecador la muerte (1,16). El alma del justo va a Dios (4,14), y la del pecador a la muerte (4,20), cambiando la suerte de los que en esta vida padecen por su justicia o disfrutan en su maldad (5,1-3). El alma o la vida del justo es objeto de los beneficios de Dios; es inmortal en la medida en que es un don divino, que no exigencia de la naturaleza. Por consiguiente, y en términos de inmortalidad, permanece la defensa de un juicio divino en el más allá sobre la vida en el tiempo y en el espacio con unos términos distintos a los de resurrección. La justicia de Dios, pues, garantiza el juicio para sus criaturas y las retribuye y las compensa según su historia. Para cumplirlo, Dios utiliza su poder para superar la muerte y hacer posible el juicio.
4º La forma de la resurrección
a) Después de la destrucción del Templo, hacia el año 70 d.C., el libro 4Esdras separa la edad del Mesías, que vendrá a reinar durante unos cuatrocientos años, y la resurrección final. Después de morir el Mesías, todos resucitarán, incluido él, para someterse al juicio final realizado exclusivamente por Dios
b) El libro 2Baruk concreta la forma en la que vivirán los muertos una vez que resuciten. Cuando termine el reino mesiánico sobre la tierra y el Mesías vuelva al cielo de donde vino, los muertos resucitarán como eran antes de fallecer para ser identificados por todos, por los mismos muertos y los que aún viven. No se especifica si los malvados resucitan.
c) La tendencia de los escritores judíos después de la invasión romana del 70 d.C., la antropología hebrea se interrelaciona con la potente antropología griega, en la que el alma posee una dimensión muy rica, y su naturaleza entraña la eternidad por ser espiritual, o la eternidad es debida a Dios según la creencia judía. En esta perspectiva las imágenes elaboradas para significar la recuperación de la vida después del juicio no tienen importancia al situar el tiempo y la historia dentro de la caducidad propia de un mundo cambiante. Pero el humus judío no se pierde nunca; en él se asienta la resurrección a la vida de los difuntos a partir de un juicio por el cual Dios ejecuta su justicia sobre los hombres, restableciendo su valor en la historia.